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Escribiendo…

«Escribiendo…». Eso ponía el estado en la pantalla. La última entrada del WhatsApp era «Acabamos de salir de la consulta.». Tan solo pasaron un par de segundos, pero el tiempo parecía haberse curvado de forma caprichosa y se negaba a avanzar según las leyes de la física. «Escribiendo…». Y estaba tan concentrado en las 5 pulgadas que sintió que su mundo entero se encontraba allí, entre las 4 esquinas redondeadas del móvil. Por fin algo cambió. Los caracteres se dibujaron con claridad: «No es cáncer.». Y sintió como si acabase de sacar la cabeza del agua, como si las últimas semanas hubiese estado sumergido sin poder respirar, suspendido de alguna forma en la incertidumbre. Llenó de aire sus pulmones y sonrió como si la vida mereciera de veras la pena.

Un crimen

Ahora que en mi lado de Berlín comienzan a florecer las sonrisas y la mala conciencia se lava en juicios retransmitidos a todo el mundo, me doy cuenta. Me acusan de haber colaborado en la locura de Hitler, pero mi verdadero crimen fue haberle salvado la vida cuando siendo niños le rescaté de un agujero en el hielo del río. Si yo no hubiera tendido mi mano, si yo no me hubiera arrastrado por la fina capa para sacarlo del agua, él no me hubiera llevado consigo el resto de su vida, el mundo hubiera encontrado otras razones para matarse y yo hubiera muerto siendo un héroe desconocido y no como el más antiguo colaborador del gran monstruo nazi.

Un grifo abierto

Ha dejado el grifo correr. Mira como el agua huye por el desagüe y espera que sus pecados se vayan detrás. El agua cae sobre su cabeza, se mezcla con las lágrimas y el sudor, arrastra el jabón. Pero el dolor se queda, las miradas asustadas permanecen, el miedo de los otros le sigue impregnando. Finalmente sale de la ducha y busca la tibieza de las sábanas, el calor de un cuerpo que le ama. Pero todo revive de nuevo en los sueños, donde los torturados piden clemencia constantemente.

La sexta vida

Esta es mi sexta vida. O mi sexta iteración. O mi sexta versión. Desde hace casi dos siglos he ido creando reiteraciones de mi mismo. Clones a los que mis anteriores versiones han educado y les han explicado mi-nuestra historia. Hemos sido físicamente idénticos, pero en el fondo cada uno de nosotros ha vivido su propia vida: los genes se clonan, los recuerdos no. Por eso es tan extraña esta sensación. Debería ir preparando ya mi nueva copia y, sin embargo, siento un cansancio agónico, como si hubiera sido este mismo cuerpo el que hubiera estado sobreviviendo por más de 200 años.

El último rigor mortis

Las muertes anteriores le habían enseñado un proceso. Primero el dolor, la herida, la enfermedad o lo que fuera que se interpusiese en su camino. Luego una consciencia suspendida, una pequeña eternidad observando, en realidad, siendo consciente sin ver de la desaparición del cuerpo. De pronto, un nuevo despertar y otra vez mirando desde unos ojos que le suenan extraños; y unas manos, y unas piernas. Un nuevo cuerpo, una nueva vida. Pero esta muerte ha sido distinta. Nota cómo su consciencia es cada vez más débil. En realidad, no sabe si sigue vivo o si es que el rigor mortis le ha alcanzado el alma. Esta muerte, por fin, parece definitiva.

Felicidad congelada

Una fotografía pegada en la nevera, una sucesión de sonrisas ciertas, un instante de felicidad congelado: hoy, un disparador de la tristeza. Pero ahí sigue, rellenando el hueco que ni los imanes de viajes, ni las listas de la compra, ni los pos-its pueden ocupar.