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Mi depresión

Foto: animalesmascotas.com Vaya por delante que estimo a Nelson Pisa y lo considero mi amigo. Es un argentino de libro: psicólogo, medio poeta, hincha de Boca y creyente del marandonismo. Nelson tiene desde hace un par de años un perrillo de esos que destacan por su comportamiento nervioso, el poco pelo y los ojos de lunático. El perrito saltaba todo el rato alrededor de cualquiera que estuviera cerca y, si no se le hacía caso, llamaba la atención con sus ladridos chillones. Sin embargo, desde hace dos meses el perro ha dejado de caminar. En cuanto sale a la calle se sienta y se convierte en una pequeña estatua que hay que arrastrar durante el paseo. Apenas se mueve para orinar y tampoco se preocupa en marcar como antes sus esquinas favoritas. Nelson tiene que terminar el paseo cogiéndolo en brazos, ya que arrastrar al can no sólo es incómodo, sino que tiende a concentrar las miradas de reproche de los transeuntes. El comportamiento es tanto más extraño cuanto que en casa vuelv...

La pequeña necesidad

Cuánto detesto esa pequeña necesidad que tenemos los humanos. Perdemos la razón con tal de sentirnos amados. Si no la tuviéramos seríamos más libres. Cuentan que hubo un tiempo en el que los sentimientos estaban proscritos por la religión. El único amor posible era el que se debía profesar por los dioses y sus representantes en la tierra. En ese mundo habría estado prohibido enamorarse de ti, y seguramente el miedo al castigo hubiera obligado a mis ojos a no mirarte. Pero, por desgracia, no es así. Y no soy libre, ni me obligan mis dioses, pero resulta que te has convertido en mi pequeña necesidad.

Una vida de cine

Se lo oyó a un viejo profesor hacía muchos años: "la mejor versión de la vida está siempre en el cine". Él se lo creyó, y centró su propia vida en las imágenes proyectadas. La mayor parte de sus vivencias eran tomadas prestadas del cine. Incluso, las fiestas familiares sólo se fijaban en su memoria cuando las revivía a través de los vídeos caseros. Por eso, cuando escuchó de un oscuro personaje cinematográfico que "el cine siempre copia a la vida" pensó que todo su Universo era una burda copia de otra realidad.

El álbum de fotos fantasmas

En una décima de segundo todo cambia, y las esperanzas vuelan, se escapan de unos labios que ya no saben rezar. El diagnóstico es el mismo. Mi padre, mi hermano, y ahora yo. Todos marcados por el estigma del cáncer. Todos condenados a una muerte temprana y dolorosa. No me asusta la certidumbre, casi me alivia. Pero las lágrimas de mi madre son insoportables. Ella quiso seguir creyendo más allá de toda lógica, y se refugió entre las tres primeras filas de la iglesia. Al menos le quedará el consuelo de los rezos y las charlas con el cura. Y quitar de los álbumes todas las fotos en las que yo salga, como hizo con las de mi padre y mi hermano: un álbum lleno de fantasmas de fotos que, aún sin estar, provocan el dolor del recuerdo.

El fetichista cúbico

Pasear es un entretenimiento muy aburrido, a no ser que se haga por un objetivo más elevado, como renovar el vestuario, despellejar a media escalera o poner coto al colesterol. Y, a veces, ni aún así. Mi caso, como el de muchos, tenía que ver con los malditos triglicéridos, que aún no sé que son, pero sé que no son buenos. Comencé a dar largos paseos por la ciudad, con una querencia casi natural hacia la orilla del mar. Al principio me entretenían los paisajes pausados de la propia urbe, tan extraños para un animal sedentario como era mi anterior yo. Pero pronto los árboles mecidos por el viento y las nubes de formas caprichosas me comenzaron a hartar. Afortunadamente, una moda nueva vino en mi ayuda. Por aquel entonces, con la excusa de las transparencias, las mujeres comenzaron a llevar tanga y me sorprendí a mi mismo intentando averiguar si las paseantes con las que me cruzaba lo portaban o no. Mis ojos se especializaron en dicha materia y expertos escudriñaban en la parte alta de...

Los hoyuelos

Vigilaba sus pasos con el rabillo del ojo, atento al movimiento de los hoyuelos. Mientras, el masajista seguia amasando sus músculos con la determinación de un cruzado medieval. Los recios brazos sacudían sus piernas, condoliendo cada una de las fibras flexibles de sus gemelos y haciendo que un hilo de estremecimiento recorriera su espalda buscando un indeterminado lugar cerca de la sien. Los hoyuelos, simétricos y preciosos, se habían parado cerca del suelo. Unos centímetros por encima del bikini, adornados por restos de arena en sus alrededores: hasta el color de la prenda aportaba belleza al conjunto. Boca abajo, con las piernas doloridas y la espalda comenzando a ser masajeada, las miradas ya sólo podían ser a intervalos, aprovechando los momentos en los que la maza de dedos se alejaba del cuello. La dueña de los hoyuelos se movía imperceptiblemente. Cada vez que podía fijarse en ellos, estos habían modificado ligeramente su ángulo de inclinación. Puede que estuviera leyen...

Hablando de correr

Murakami escribe sobre aquello de lo que habla cuando habla de correr. Yo no podría. No podría porque la mayor parte de las veces no pienso en nada más que en mantener el ritmo del movimiento de mis piernas. Pero es que el resto del tiempo pienso en estupideces del tipo ¿seré capaz de pasar a la del culo estupendo antes de que pasen 40 segundos? O simplemente me concentro en que mi juego de brazos no me haga parecer un payaso. Supongo que la razón de estos pensamientos tan poco profundos es que no soy Murakami. Aunque también es posible que, en realidad, no seamos tan distintos y que simplemente él mienta cuando habla de correr.