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Sayonara, baby

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado... Este es el único post de la bitácora que no es un cuento. Es una explicación y una despecida. Cuando comencé hace más de un año, mi apuesta era escribir un cuento cada día. Pronto me di cuenta de que, aunque eran relatos cortos, muy cortos, el objetivo de un día, un cuento era irrealizable: no tengo tanta voluntad. Sin embargo, si quise llegar a los 365 cuentos, 365 días aunque sólo fuera en sentido metafórico. Esta historia se termina, pero ahora me propongo otra aventura: escribir una novela por entregas. En lugar de relatos independientes, formarán parte de una historia mucho más amplia. Eso sí, ya de antemano no me propongo ni plazos ni metas. El título ya existe: "Crónica de Muchedumbres", basada en un cuento largo que escribí hace muchos años, y que nació con vocación de ser mucho más amplio. Así que, querido lector, hasta la vista... F I N

El último cuento

Durante 365 días escribió 365 cuentos. Al principio soñó con un libro infinito, de infinitos relatos ligeramente parecidos, probablemente distintos. Luego quiso emular a los maestros orientales y se puso de límite mil y una noches. Finalmente, agotado y aburrido de si mismo y de repetir una y otra vez los mismos cuentos, quiso alcanzar los 365. Un año, lo que le permitiría jugar con los títulos del libro que se esforzaba en imaginar: "Un año de cuentos", "No más de 15 ni más de un año", etc. El reto cumplido a medias, pero finalizado dejaba paso a una nueva aventura, mucho más atrevida: releer todos aquellos pedazos de imaginación, ordenarlos y procurar un editor para los mismos. ¿Lo lograría?

Realismo social

Buscó entre las novelas del estante. Estaba seguro de haberlo leído antes, no recordaba exactamente cuándo. Las baldas sobrecargadas crujían cada vez que alguno de los volúmenes las abandonaba o volvía a ser depositado en ellas. Desde los titulares de la primera página el diario gritaba al mundo el derrumbe de la Unión Soviética. Jesús seguía buscando, mirando apenas el título de cada libro. Pero pronto se vonvenció que ninguno de sus tesoros narraba la hecatombe del régimen comunista más poderoso del planeta. Así que se rindió. Mientras, en lo más profundo de una de las cajas del trastero, un viejo relato escolar sonreía de orgullo a pesar del suspenso en rojo y la nota manuscrita de Don Jesús: esto es ciencia ficción, no realismo social. [Posted with iBlogger from my iPhone]

Versos que se disparan

Me gustan los versos que disparas para matar mi ensueño, aunque prefiero los silencios compañeros de noches de bailes clandestinos. Esos que susurramos ante las habitaciones del los niños, temerosos y deseosos de que nos sorprendan de una vez. Me gustan tus dardos procaces, disparados al abrigo de unas sábanas culpables, engarzados entre tus labios cálidos. Me gusta oirte y que me oigas. [Posted with iBlogger from my iPhone]

El fin

Probablemente seamos los últimos. Vimos en la escuela el final de la Tierra y de nuestro sistema solar de origen, sabíamos que la entropía acabaría venciendo, que la gravedad desaparecería para siempre y que el Universo acabaría convertido en una sopa fría de partículas. Antes éramos miles. En los mejores tiempos del Arca todos los módulos estaban operativos y llegamos a pensar que podríamos sobrevivir vagando eternamente. Pero ya nadie tiene Fé. Las mujeres han renunciado a los hijos y los suicidios son ahora la principal causa de muerte. No queremos seguir. Y no seguiremos. Hemos puesto rumbo a la Estrella Términus en la que carbonizaremos los últimos sueños de la humanidad. [Posted with iBlogger from my iPhone]

La última humillación

Nunca pensó que llegaría este extremo. Pero la espiral de degradación personal que comenzó con el consabido "Pelaez, no se lo tome a mal, pero está despedido", le hacía ahora descender un nuevo peldaño. Con un gorro de Papá Noel y una diadema de reno rescatada de la basura, convencido de que a mayor humillación. mayor limosna, comenzó un nuevo día de trabajo. [Posted with iBlogger from my iPhone]

Tengo que escribir algo

Tengo que escribir algo, se dijo. La virginal imagen de la pantalla en blanco esperaba inocente la primera palabra. Pero sus pensamientos se encontraban a eones de distancia de su voluntad. Pensó, como otras veces, en una palabra poderosa, en un título del que tirar, dejando a las palabras fluir desde la punta de sus dedis. Intentó en vano imaginar un personaje que fuera capaz de generar un relato. El cursor parpadeante sobre los mismos píxeles se aburría infinitamente. Venga, que sólo son 15 líneas, se animó. El silencio que le devolvió el teclado le hizo darse cuenta de que la aventura de los cuentos llegaba a su fin. [Posted with iBlogger from my iPhone]