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Silencio, se rueda

El director tenía en la cabeza cada una de las escenas, incluso cada uno de los gestos que deseaba arrancar de sus actores. Pero ellos querían improvisar. Querían dejar constancia de su talento interpretativo. El director se desesperaba una toma tras otra. El cámara comenzaba a odiar esa escena eterna de la película. Y el productor ejecutivo veía pasar las horas y los metros de cinta sin resultado. Al final del día se tomó la decisión de dar por bueno lo grabado y ajustar en el montaje: tantas tomas darían para algo. Pero el día del estreno aquella escena no estaba en el metraje. Y el director achacó el fracaso a esa falta, a esos actores y a ese productor. Quiso volver a rodar la película con otros actores, con otro equipo, pero no encontraba a nadie que quisiera financiar una reedición de un fracaso de taquilla, al menos tan pronto. Hoy, el director se gana la vida rodando vídeos musicales para grupos de poca monta, en los que una y otra vez reproduce las imágenes de aquel viejo guió...

A Europa se llega de muchas formas

La patera no era una opción: demasiados riesgos. Eso sin contar la travesía del Sahara a pié, o el endeudamiento con las mafias de la emigración. Así que pensó en otras opciones. Lo intentó por avión, pero no pudo ni comprar el billete. Luego, gracias al amigo de un primo, se enroló como marinero en un crucero de bandera panameña que recorría todo el Mediterráneo. Pudo bajar a tierra en Barcelona, pero cuando llegó la hora de zarpar estaba como uno más en su puesto: demasiadas propinas, demasiadas mujeres insatisfechas. Lo del crucero duró hasta que el armador decidió retirar el barco y devolver a sus empleados la libertad de la desocupación. Pero para entonces Saulo tenía suficiente dinero como para viajar a Europa en avión. En lugar de eso, compró un viejo local desvencijado, una antena parabólica, una televisión de pantalla plana y un cartel que rezaba "La otra Europa" . Hoy es el lugar de reunión predilecto de los europeos destinados en las diversas ONG que orbitan por su...

La fan

Primero le pareció una fan más, una joven gritona y absolutamente entregada a sus canciones. Más tarde, cuando se le puso a tiro, la consideró como una buena opción para calmar su sed de amores nocturnos. Pero llegó el momento en que comenzó a considerarla un estorbo, una molestia de la que cada vez costaba más deshacerse tras un concierto. Para entonces ella no podía vivir sin él, lo consideraba una extensión más de su propio cuerpo, una extensión que tenía que obedecer las órdenes de su mente, como sus brazos o sus piernas. Hace ya tiempo que la policía ha dejado de buscarle, y él ha perdido la esperanza de recuperar su vida. Tal vez por eso, cada noche repite su concierto solo para ella, aunque sigue unido a la pared por un grillete que ha llegado a considerar como una extensión más de su propio cuerpo.

El regalo de cumpleaños

Como cada año desde hacía más tiempo del que le gustaba recordar, a eso de las seis de la tarde, comenzaban a llegar sus amigos. Al principio venían solos, pero según cambiaron sus vidas, comenzaron a venir con novias, novios e hijos. Alrededor de la misma mesa baldada se contaban en resumen los 12 meses anteriores y se dejaban arrastrar por los recuerdos comunes, cada vez más adornados por los desbarres de la imaginación. El motivo era su cumpleaños, un día de fiesta en medio de la Navidad, una tarde de pesada digestión en la que todos encontraban un hueco para pasar por su casa y tomarse un trozo de tarta infantil con él. Hacía tiempo que aquel acto se había convertido en rutina para todos y también hacía tiempo que David había entendido que ese era el mejor regalo de cumpleaños que nunca nadie le haría.

El hombre que mira al hombre que mira a la mujer que llora

El individuo A ha cruzado su mirada con la mujer. Se ha dado cuenta que está llorando. El hombre ha vuelto una segunda vez sus ojos hacia ella, seguro que se está preguntando qué le pasa. Está en la puerta de correos, lleva una carta certificada en la mano y sus rasgos la delatan como eslava. El hombre piensa que ha recibido malas noticias; por ejemplo, que su solicitud de residencia ha sido rechazada. El individuo B mira la escena desde la plazoleta de enfrente. Tiene la edad adecuada para ser un experto en observar a otros, y cree haber adivinado un ligero gesto de lástima en los ojos del individuo A. B sabe leer los ojos y sabe que por ser Navidad las personas nos volvemos más sentimentales. Piensa que probablemente A cree que la joven ha recibido una mala noticia. El individuo B, mira hacia la ventana y comienza a pensar que hay alguien jugando a saber qué piensa.

Que paren el mundo que me quiero bajar

"Que paren el mundo que me quiero bajar" ¿A quién se le ocurriría semejante memez? Bajarse del mundo es claudicar, rendirse, abdicar de la posibilidad de cambiarlo. Abandonar el mundo es de cobardes, de pasajeros medrosos que le temen al cambio. Yo quiero quedarme en este mundo, quiero poder navegar sobre una tabla de deseos y planear por entre mis sueños eligiendo al azar una nube para reposar. Yo quiero cambiar esas cosas que no me gustan del mundo, por mucho que parezca imposible que simples hormiga como tú o yo tenga la más mínima posibilidad de hacerlo. Quiero que el mundo siga dando vueltas y quiero poder seguir encima mientras lo hace. Y tú deberías hacer igual. Hazme caso: no saltes.

Rastros de melancolía

Casi todo el mundo comentaba su belleza, su mirada lánguida, la gracia de sus movimientos al pasear por la alfombra roja camino del Kodak Theatre. Al día siguiente en los programas de televisión de todo el mundo se estudiarían cada una de sus miradas, cada una de sus caídas de ojos, las arrugas de su vestido, o de los alrededores de sus ojos. En las portadas de los diarios de todo el planeta aparecería su rostro radiante al recoger la estatuilla. Pero lo único que nadie diría es que, a su paso, iba dejando un rastro de melancolía casi tan grande como el de ojos admirados que se volvían a mirarla.