Psss. Por favor, no lo digas por ahí, me da vergüenza. Ya se que hace año y medio te conté que abandonaba este empeño por otro mayor. Pero tengo que reconocerlo, ni siquiera he llegado a intentarlo. Me he puesto todo tipo de excusas, todas falsas, porque lo que de verdad me sucedía, lo que de verdad me sucede, es que no soy persona de grandes asuntos. A mi me van las cosas pequeñas, las minucias que rellenan la vida entre grandes sucesos; ahí es dónde me siento cómodo. Por eso he vuelto a casa.
A veces los humanos nos enfrascamos en manías incontrolables, en gestos que no somos capaces de evitar y que nos hacen vulnerables a los demás, pues nos dejan en evidencia y nos muestran débiles y hasta ridículos ante el mundo. Yo hace días que vengo sufriendo una, aunque no se trata de un movimiento físico. Ojalá fuera eso. He notado que, cada vez con mayor frecuencia, me pongo a hurgar en mi alma. Sé que suena raro, y hasta increíble, pero lo cierto es que desde que descubrí que la tengo, no puedo dejar de meter el dedo en ella y remover. Y, para colmo, lo que me produce más placer es rascar los residuos del fondo, los que están pegados a las paredes. Y cuando lo hago, el humor se me transforma y me vuelvo un ser arisco e irritable. No sé que hacer para deshacerme de esta funesta manía. Sobre todo porque el otro día, no sé en que zona rasqué, que sentí morir, y he cogido miedo. ¿No habría algún sistema para cambiar este tic por otro más sencillo como el de comerse las uñas?
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