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El último rigor mortis

Las muertes anteriores le habían enseñado un proceso. Primero el dolor, la herida, la enfermedad o lo que fuera que se interpusiese en su camino. Luego una consciencia suspendida, una pequeña eternidad observando, en realidad, siendo consciente sin ver de la desaparición del cuerpo. De pronto, un nuevo despertar y otra vez mirando desde unos ojos que le suenan extraños; y unas manos, y unas piernas. Un nuevo cuerpo, una nueva vida. Pero esta muerte ha sido distinta. Nota cómo su consciencia es cada vez más débil. En realidad, no sabe si sigue vivo o si es que el rigor mortis le ha alcanzado el alma. Esta muerte, por fin, parece definitiva.

Felicidad congelada

Una fotografía pegada en la nevera, una sucesión de sonrisas ciertas, un instante de felicidad congelado: hoy, un disparador de la tristeza. Pero ahí sigue, rellenando el hueco que ni los imanes de viajes, ni las listas de la compra, ni los pos-its pueden ocupar.

Mujeres sin corazón

La casualidad no siempre es cuestión de azar; en la mayor parte de las ocasiones, sí. Pero, en mi caso... En mi caso, no puede serlo. Dos veces es casualidad. Puede que tres. Pero cuatro; cuatro es demasiado. Mi madre murió de un infarto cuando supo que yo no era la niña que tanto había deseado, sino su cuarto varón en cinco intentos. Su corazón ya estaba débil tras el tercero, pero aún así lo intentó una vez más. Luego, mi abuela. Una rara enfermedad que debilita la presión sanguínea y termina provocando la parálisis del músculo cardiaco se la llevó, y me dejó solo. Eso podía explicar en parte lo de mi madre, por la vía genética. La tercera fue Alicia, mi primer gran amor. Una canaria de acento cantarín y caricias proscritas en la fila de los mancos. Ella se me quebró entre los brazos, en el silencio de su portal y mientras nuestros besos se iban haciendo adultos. Y, ahora, Alba. Me echaron del paritorio y supe de inmediato que ya no la vería nunca más. Luego me dirían que su frágil c...

Un retraso más

Intentó no desesperar. El avión salía con retraso. Otra vez. Las excusas casi nunca eran las mismas: motivos técnicos, viento en la pista de llegada, niebla en la de salida, tráfico aréreo. Siempre imaginaba a alguien en las oficinas de la compañía aérea inventando nuevas excusas para cada retraso. Porque era estadísticamente imposible que siempre que él volase sucediera un retraso. La otra opción era pensar que el Universo se conjuraba en su contra. Aquella mañana le pareció especialmente molesto, ya que había tenido que madrugar mucho tras apenas haber dormido por otro retraso la noche anterior. Cuando escuchó la voz de la azafata de tierra explicando que el avión saldría más tarde a causa del mal tiempo en Oviedo, sacó su portátil ultrafino y ultraligero de su elegante funda de neopreno y piel y la emprendió a golpes con la cabeza de la pobre mujer. Fue todo muy rápido: el ataque, la detención y el encierro. Pero en aquella oscura habitación se sintió por fin a salvo del Universo y ...