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La improbable paloma de la paz

– Arriba, en lo alto del tejado. ¡Allí! –Su mano diminuta señalaba hacia la paloma que acababa de iniciar el vuelo.– Esa es la paloma de la paz. – Claro hijo, esa y millones más... – Papá no te rías. La hemos visto en un cuadro en el colegio, y era como esa. – La del cuadro tiene una ramita de olivo en el pico. Ésta no. – Pero eso es porque se le ha caído. – Vaaaale, para ti la peseta. – Se le debió caer cuando le dispararon. ¿No ves que tiene una mancha roja en el pecho?

Alzheimer

En el último momento no me atreví: clavado en el sofá, con las manos posadas sobre el teclado, con el índice a punto de pulsar en "aceptar". Tuve que viajar en el tiempo, 20 años atrás. Tuve que ver de nuevo el deterioro de mi padre, olvidándose poco a poco de todos, para acabar también olvidándose de sí mismo. Recordé el alivio con el que conocí su muerte y la búsqueda de este servicio. Sencillo, barato y eficaz. Una especie de hermandad en torno a la muerte digna. Ellos se encargan de eliminarte, sin dolor, sin aviso, sin pérdida de pólizas de seguros. Sólo hay que ser un poco previsor. Yo lo fui, el recuerdo era demasiado cercano y doloroso. Tuve que viajar en el tiempo y recordar para encontrar la energía con la que mover el dedo.

¿Abducido?

He vuelto a tener el mismo sueño. Estoy tumbado en una sala similar a un quirófano. Alguien a mi alrededor se mueve con premura. Noto, o presiento, que me están analizando. Hace frío y la luz es blanca, muy blanca, intensamente blanca. No se oye nada más que un leve zumbido: tal vez un roce; tal vez el rumor lejano de una máquina. No tengo miedo, aunque no concibo nada que me produzca más pánico que esto: en un lugar extraño, cubierto sólo de luz, que no te permite esconderte, ciego e inmóvil: a merced de cualquiera. He tenido otra vez el mismo sueño, por lo que me levanto con una sensación extraña, y cansado, muy cansado... Así que tendré que doblar la dosis de café antes de regresar al trabajo, en el tanatorio municipal.

Dios Azar

– No hay sitio para dios en el Universo. Somos fruto del más puro azar, de una cadena de grandes e improbables casualidades. Por eso, haberte conocido, haber compartido tu cama y recibido tus besos, son para mí tesoros imperdibles. No me dejas, aunque me abandones. En mis brazos quedará siempre recuerdode tu cuerpo. Y la casualidad que nos juntó será desde ahora mi Dios y mi esperanza.

El amante doble

A veces Ana hacía de Laura. Otras, Laura hacía de Ana. Su perfecta similitud daba pié a su juego favorito, en el que engañaban a sus padres, a sus profesores, a sus amistades. Cuando Ana comenzó a salir con Alberto, tal y como habían hecho antes otras muchas veces, se dieron el cambiazo. A esas alturas su compenetración era perfecta, de forma que resultaba prácticamente imposible saber quien era cada una. Pero sucedió algo que no estaba previsto: ambas hermanas se enamoraron del joven e, incapaces de renunciar ninguna de ellas, acordaron continuar con el engaño hasta que fuera posible. Con el paso de los meses el asunto se fue complicando, de forma que ambas sufrían celos de la otra, esmerándose por permanecer cuanto más tiempo mejor con él. Una noche, el enfrentamiento entre ellas llegó a las manos y, así, acabó su madre conociendo el problema. Alberto le había pedido a Laura que vivieran juntos y ella había aceptado. En esas condiciones ya no era posible demorar por más tiempo el des...

El accidente

Mira hacia atrás. Al otro lado del pasillo le espera su cuerpo vacío, muerto. En realidad, aunque no quiere creerlo, piensa que aún es posible el milagro, que ese cuerpo que le piden reconocer no es el suyo: que esta desgracia no es la suya. Quiere creer que no subió al avión, que se quedó atascado en Buenos Aires, o en Santa Cruz, y que aún no ha podido llamarla. O, en el peor de los casos, también posible que esté entre los heridos y que no hayan podido identificarlo. Los latidos acelerados de su corazón ahuecan los sonidos, por lo que no entiende las palabras que le dice el policía mientras levanta la sábana. No es él. Está segura. De regreso a la sala de los familiares llora. No sabe si de alegría, porque es posible que siga vivo, o de tristeza, pues su terrible espera deberá continuar. _ _ _ Nota del autor: Mi más sentido pésame a los familares de los muertos en el accidente de Barajas.

El extraño caso del profesor Feliú

Todo en él parecía normal. Sus ojos, profundos, inteligentes, vivos y brillantes seguían a las enfermeras por el quirófano, mientras sus manos se movían de memoria en las entrañas del paciente. Todo parecía normal: un caso más, seguramente un milagro más de Feliú, el Dios de la cirujía. De fondo sonaba casi como un susurro el Carmina Burana, con el respirador funcionando al compás de la música. Parecía una operación normal, una de tantas de las que se realizaban al día en el enorme hospital universitario. Todo dentro de lo previsto, clavando incluso los minutos de intervención. Sin embargo, a la puerta del quirófano, dos hombres de gabardina gris esperaban para llevarse esposado al Doctor Feliú, el Dios de la cirujía, que durante años había estado practicando en casa con prostitutas y mendigos a los que luego dejaba flotando, huecos, en las aguas del río que atravesaba la ciudad.