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Libertad sin cargos

Nuevamente estaba en la calle. Nuevamente paseaba su chulería por las tabernas del puerto. Bebía y reía. No paraba de decir que nada ni nadie podía pararlo. Y no sólo se lo espetaba a las putas asustadas y a los parroquianos acostumbrados a sus bravuconadas, sino que también se lo soltaba a los municipales que tantas veces lo habían llevado preso. Las palizas y los pequeños hurtos, comenzaron a venirle pequeños. Así que quiso probarse con algo de más fuste, algo que adornara definitivamente su fama de pendenciero. Así que la funesta nochebuena de 1925 salió de su casa con la faca decidida a hundirse en alguien. La mayoría de los locales estaban cerrados y en los pocos que estaban abiertos apenas quedaba nadie capaz de mantener una riña. Siguió rodando por los alrededores del puerto hasta el amanecer, momento en el que sus pasos fueron a dar con los de La Bella, una conocida cupletista. Sin mediar palabra avanzó hacia ella y la apuñaló tres veces. Sentado junto al garrote vil no compren...

La primavera esquiva

Antes esperaba con ansia los primeros síntomas. Espiaba el cielo en busca de las primeras golondrinas, oteaba el monte para identificar las primeras manchas de amarillo, y hasta observaba el comportamiento de las personas a la espera de descubrir los desvaríos inducidos por la primavera. Ahora no me siento capaz. Es cierto que cada vez la primavera es más esquiva, pues el mutante clima parece que nos la quiera hurtar. Pero esa no es la razón, sólo es la excusa. La razón quedó hace un par de meses oculta bajo una sábana culpable, murmurando las consabidas palabras: "no es lo que parece". Posiblemente le hubiera perdonado todo menos esa flagrante falta de imaginación,.Aunque puede que esto también sea una escusa, como la primavera esquiva.

Olor a oscuridad

La casa huele a oscuridad de años. Nada más abrir la puerta comienzo a vislumbrar la tristeza que se encierra entre estas cuatro paredes. A medida que libero las ventanas el aire fresco y la luz van desalojando los aromas rancios y me doy cuenta de que apenas quedan muebles. Entonces comprendo que sus últimos años han sido un lento viaje a la locura, adobado con la venta de sus viejos muebles. Y todo para mantener en secreto la vergüenza de su mal vivir. El polvo se acumula en las paredes de las habitaciones cerradas, algunas por más de una década, y comienzo a pensar en las posibilidades inmobiliarias que ofrece un piso así. Pero, de inmediato, me arrepiento de un pensamiento tan poco apropiado al luto. Llego por fin al que fue su dormitorio y observo su último refugio. En una esquina, sobre lo que fue una mesita de noche, se acumulan estampillas de santos y restos de velas. Aunque, entre los santos, veo la foto de mi primera comunión y entonces no puedo dejar de sentir una enorme t...

El poema japonés

Aquellos 4 versos del siglo IX le habían costado un mundo. Estaban escritos con una caligrafía confusa, acelerada, muy lejana de la preciosista que caracterizaba el apogeo del período Heian. Además, la referencia inicial al cedro le hizo creer que se trataría de versos de amor cortesano, al estilo de los de La novela de Genji , o de contenido religioso. Sin embargo, a medida que las palabras cruzaban los siglos hasta el presente, fue emergiendo del delicado papel algo totalmente inesperado. Ante sus ojos, una mujer (supuso que era una mujer) lloraba bajo el sagrado cedro la muerte de su flor más amada, cortada por ella misma, llenando sus mangas con el rocío rojo de su anochecer.

Terremoto

El tejado se vino encima sin aviso previo. Apenas habían pasado un par de segundos desde que el suelo comenzó a temblar. No le dio tiempo ha seguir las instrucciones que tantas veces había leído y que tanto se repetían en un lugar propenso a los terremotos como aquel. Pero no supo reconocer con la suficiente anticipación qué estaba pasando. Debajo de la mesa, o bajo el hueco de la escalera, o en el dintel de la puerta, decía la teoría; debajo de los escombros dictó la realidad. Durante las horas que siguieron se entretuvo intentando oír voces. Al principio, eran bastantes los que gritaban o lloraban, pero según pasaba el tiempo el silencio se fue adueñando de todo, hasta que sólo pudo escuchar su propia respiración cada vez más agitada. Tras el silencio vinieron la sed y el hambre; y el miedo en medio y encima de todo. Cuando la luz por fin regresó a sus pupilas, y una mano entró por un agujero quiso creer que nunca más volvería a estar solo.

El desfiladero de las pesadillas

Una caída de 3.000 metros y apenas unos pocos rasguños. Los árboles amortiguaron el brutal golpe y la suerte, esquiva casi siempre, hizo el resto. Los médicos asombrados, no podían dar crédito a lo que veían reflejado en la pantalla del escáner. El hombre del milagro, le llamaron. El Hombre del Milagro acaparó espacio en los informativos, visitó algunos platós y, en el momento álgido de su popularidad comenzó a recibir cartas de personas que le pedían milagros. Nunca pensó que eso fuera posible, pero una generosa oferta de dinero le persuadió de intentarlo. Y, ante su sorpresa, la mujer de la silla de ruedas se levantó y anduvo. De la noche a la mañana se transformó en el Hombre de los Milagros y su casa se convirtió en un lugar de peregrinación y el almacén de los miles de regalos de todo tipo que los fieles agradecidos le hacían. Pero por las noches, el Hombre de los Milagros soñaba una y otra vez que caía por el mismo desfiladero que el día de su accidente. Cada noche volvía a sent...

La sinfonía del Apocalipsis

Había comenzado su peregrinación dos semanas antes y aún no había salido de los dominios de su rey. Le daba miedo la inmensidad de la distancia, mucho más que los peligros del camino, enormes, en una Europa incendiada por las tropas de Napoleón. A lo largo de las jornadas previas había estado tomando notas de los paisajes y de las gentes que se encontraba. También esbozó en sus cuadernos de notas la pobreza, el frío, el hambre y la desesperación. Su destino era la tumba del apóstol, en España, pero apenas llegó a Viena decidió que no podía seguir; su alma sufría a cada paso. Y allí, en aquella ciudad, pasó el resto de su vida dando forma de partitura a los males de la humanidad. Una gigantesca sinfonía dedicada a los cuatro jinetes del Apocalipsis, tan terrible, tan descriptiva, que a su muerte, los próceres de la Iglesia decidieron reducirla a cenizas para proteger a la humanidad.