Ir al contenido principal

Entradas

El pie perdido

Jugueteaba con la arena. En cuclillas, con una palita de plástico amarilla intentaba llenar un cubo decorado con peces de colores. Concentrado en el esfuerzo de mantener la pala lo suficientemente recta como para que no se vaciara en el camino, no se percató de que, poco a poco, la misma arena que intentaba encerrar en el cubo, estaba cubriéndole el pie. Cuando vino a darse cuenta, lo primero que hizo fue llorar pidiendo ayuda a su madre, a la que no le quedó otro remedio que apartar la tierra con sus manos mientras le consolaba y aguantaba las ganas de reír. El niño, entonces, cambió de juego y pasó directamente a cubrir sus pies con la arena, ayudado de la pala, para poder luego gritar y que su madre nuevamente viniera en su auxilio.

El alma blanca

Desde pequeña se supo especial. No era solo que la gente se lo dijera, que también; sino que en su fuero interno se daba cuenta de que su forma de ver las cosas era diferente de la del resto de los humanos. Por eso no entendía los chistes con doble sentido, aunque reía cuando veía hacerlo a los demás, por mera cortesía. Por eso era incapaz de manifestar algo en contra de sus pensamientos, o de mentir sobre cualquier cosa. Mientras fue niña, el resto del mundo la soportó, pero en el momento en que su cuerpo comenzó a parecer adulto, aquellas gracietas infantiles se convirtieron en aristas afiladas de un carácter inmaduro, como decía su madre. Por eso acabaron llevándola a un psiquiatra que puso un extraño nombre de enfermedad a lo que ella simplemente llamaba su alma blanca.

Muerte en la Playa de los Muertos

La bandera roja comenzaba a hacerse trizas a causa del viento. Olas de tres metros azotaban la orilla de manera inmisericorde y el nombre del lugar hacía juego con el espectáculo organizado por la naturaleza: Playa de los Muertos. "¿Y qué puñetas importa todo eso cuando eres inmortal?", pensó el bañista acercándose a la orilla. Sabía que todos los ojos estaban puestos en él. Por unos minutos él sería el centro de atención de todos. Logró avanzar unos metros sin caer abatido por la fuerza de la rompiente, situada un poco más adentro y hasta se sonrió cuando estuvo a punto de zozobrar por culpa de una roca del fondo. Pensó que parecería mucho más valiente superar la rompiente. Eran pocos los metros que lo separaban de ella. Se sabía observado y hasta admirado por la mayor parte de los bañistas de la cala. Así que continuó andando. Traspasar la rompiente le costó un buen susto y bastante más trabajo del que pensó inicialmente, pero al final logró situarse detrás de ella, lejos d...

Anoche

Anoche quise navegar entre tus piernas, mientras estabas dormida. Anoche quise dejar en tu piel las huellas de mis besos, quise abrazarte con los brazos y las piernas. Pero me contuve perturbado por tus sueños. Hablabas. Si, hablabas con los ojos cerrados, sin saber lo que decías, o sabiéndolo demasiado bien. Tus palabras pedían caricias, besos, arañazos de pasión. Palabras que encendían aún más mi deseo, que me provocaban un estado de excitación difícilmente imaginable. Porque amar a una mujer dormida, a la mujer que es pero que no está, es una de mis fantasías más secretas. Anoche estuve a punto de poseerte mientras dormías. Pero luego pusiste nombre a tus deseos. Y ese nombre no era el mío. Anoche quise navegar entre tus piernas y acabé deseando ahogarme entre mis lágrimas.

El amor de Manuel

Manuel había vivido la experiencia de sentirse despreciado desde niño, desde que sus aficiones comenzaron a diferir de las de los restantes chicos de su edad. Manuel había tenido que ocultar sus sentimientos detrás de una gruesa cortina de desconfianza. Por eso le resultaba tan extraño y, a la vez, tan excitante, que Daniel viviera su sexualiad a la vista de todo el mundo y de una forma tan natural. Sólo unos meses antes había tomado la decisión de vivir por fin según sus deseos. Dejó un matrimonio eternamente en ciernes, un trabajo "respetable" y una familia contrariada. A cambio logró la libertad que siempre había deseado y el amor de aquel joven. Un amor que, paradójicamente, le producía reparos morales ya que, como tantos hombres de su generación, había ido a liarse con alguien veinte años menor.

El amigo traicionado

En los últimos tiempos apenas permanecía despierto más que durante algunos momentos del día. Entonces se le veía como siempre, alegre, inteligente y adornado de todas esas cualidades por las que me enamoró. Sin embargo, de pronto, se venía abajo sin previo aviso, y sus ojos dejaban de brillar. Y entonces yo me sentía inútil y desesperado a la vez. Fue en uno de esos momentos en los que comencé a buscar un sustituto. Y, cuando volvió a despertarse me sentí como un traidor, como un ser frío y sin entrañas que ya preparaba el relevo antes de haber enterrado el cadáver de mi gran amigo. Desde la mesa, el viejo PowerBook de 12 pulgadas me miraba inocente, mientras mis manos tecleaban culpables esta confesión.

La nueva Eva

En el año 2027, la Guerra del Ártico acabó derivando en una confrontación nuclear a nivel mundial. Y, aunque se pensaba que el arsenal de este tipo de armas se había destruido en su mayoría, el mundo retrocedió más de un siglo en menos de un mes. Luego vinieron las epidemias, que diezmaron varias veces a la debilitada población. Cuando todo terminó, apenas quedaban unas decenas de miles de personas en todo el planeta, sin capacidad ya para explotar los recursos naturales que dieron comienzo al holocausto. Poco a poco la población fue descendiendo por el empeoramiento de las condiciones de vida y el aumento de la infertilidad. Escribo esto en torno a 2115 (no estoy del todo seguro); tras la muerte de Horacio solo quedamos Eva y yo. Hace mucho que no tenemos contacto con otras poblaciones, por lo que no sería descartable que seamos los últimos de nuestra especie. Eva está embarazada.