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El último

Al final de sus días tomó conciencia de la importancia de si mismo. Era el último de los suyos. Una vez que muriera ya nadie podría contar al calor de las hogueras los mitos de los antiguos. Nadie más hablaría su lengua, hecha de nombres mágicos y palabras viejas. Cuando él exhalara por última vez, no quedarían ojos que hubieran visto la ceremonia de los hombres, o los bailes frenéticos de los cazadores. Nadie, en fin, podría cantar las plegarias a los dioses del cielo para que llegara la lluvia. Sin embargo sólo lloraba cuando pensaba que tampoco habría nadie para realizar con él el rito de la muerte. Su espíritu vagaría eternamente en busca de las praderas de Manitú

Variaciones

Quiero hacerte el amor. Por encima de todo, te deseo desnuda en mi cama, fluyendo entre mis labios tus labios. Quiero que la noche no se termine nunca. Y que no nos venza el sueño. Quiero tus palabras susurradas al oído, tus piernas rodeando mi cintura y mi espalda atravesada por tus dedos hambrientos. Quiero que me hagas el amor. Por encima de todo, quiero que me desnudes sobre la cama de sábanas desnuda. Quiero que me pidas las caricias, que me exijas el supremo esfuerzo. Quiero que la noche no termine, mientras nos quede aliento. Quiero mi espalda cubierta por tus besos sedientos.

Quise ser

Quise tiempo para hilvanar palabras, y lo tuve. Quise obtener los favores de la más bella, y los logré. Quise llegar más lejos y, a base de caminar, llegué. Sin embargo, mi alma no encuentra la paz, siempre hay algo más que desear. Quise dejar de soñar, y no pude.

El envidiado

Todos la miraban. Ella era el centro de atención, el foco en el que convergían todas las miradas de la fiesta. Él, como un perro guardián, no se separaba de ella, protegiendo su tesoro. Se sabía envidiado, admirado por su enorme suerte. Pero eso no le gustaba. Hubiera deseado que ella fuera menos guapa, que no hubiera llamado la atención de los otros. Cada hombre que la saludaba, cada mirada de soslayo que sorprendía, eran una combustible para su miedo, para su obsesión: ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que se diera cuenta de que él no la merecía? ¿Hasta cuándo seguiría con él? Analizaba las sonrisas, los matices de su voz, siempre en busca de un indicio que le confirmara sus eternos temores, siempre envidiado, siempre infeliz.

Fuegos artificiales en el mar

Los racimos de mar, creados por el viento, querían participar en la ceremonia. La soprano cantaba una nana sobre el colchón que le proporcionaban el violín y el chelo. Los invitados observaban a los novios desde atrás, y se imaginaban sus rostros felices, con una felicidad difícilmente falsable. Mientras, el mar y el viento celebraban a su manera el acontecimiento. Las suaves olas acariciaban, no rompían, las rocas, generando unas ondas suaves y redondas que cabalgaban en sentido contrario a la marea. A veces, este momento venía a coincidir con rachas de viento que aceleraban la onda del choque y la terminaba haciendo desaparecer entre cientos de pequeñas lágrimas, dando lugar a un efecto similar al de los fuegos artificiales que estallan y se van abriendo en racimo, llenando de color el cielo.

La mujer de al lado

Miró a su izquierda. Lo primero que le llamó la atención fue la nariz rotunda, aunque armoniosa. Y, luego, el contraste de la blanquísima camisa con el tono tostado de su piel. Poco a poco, las conferencias fueron haciéndose más aburridas y, a modo de compensación, su atención terminó por centrarse completamente en ella: en su perfume, en sus ojos, en las curvas perfectas remarcadas por el vaquero. Quiso entonces oir su voz. Imaginó mil formas de comenzar una conversación. Pero, finalmente, su timidez casi patológica le condujo a conformarse con imaginarla. Sería acorde con el resto de su ser. Sería una voz inteligente y sensual, una voz que acariciase con las palabras. Y él se dejaría acariciar.

La atalaya

Las velas se recortaban en el horizonte. No había duda, se trataba de la escuadra inglesa: esos perros que mandaba Nelson. Jiménez avisó del hallazgo a los oficiales. Desde su atalaya estaba acostumbrado a esta escena. Ahora, los oficiales departirían con el capitán antes de que cada uno ocupase su puesto de combate. Era aún casi un niño, pero estaba ya tan ducho en estas lides que presumía de adivinar el final de la batalla solo por la forma en la que el capitán fruncía el ceño antes de entrar en combate. Pero esta mañana no hizo falta verle la cara. Jiménez supo que todo estaba perdido cuando el capitán abrazó al segundo. Nunca antes había visto tal muestra de estima entre esos hombres, por lo que solo podía deberse a una despedida definitiva.