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Mi depresión

Foto: animalesmascotas.com
Vaya por delante que estimo a Nelson Pisa y lo considero mi amigo. Es un argentino de libro: psicólogo, medio poeta, hincha de Boca y creyente del marandonismo.
Nelson tiene desde hace un par de años un perrillo de esos que destacan por su comportamiento nervioso, el poco pelo y los ojos de lunático. El perrito saltaba todo el rato alrededor de cualquiera que estuviera cerca y, si no se le hacía caso, llamaba la atención con sus ladridos chillones. Sin embargo, desde hace dos meses el perro ha dejado de caminar. En cuanto sale a la calle se sienta y se convierte en una pequeña estatua que hay que arrastrar durante el paseo. Apenas se mueve para orinar y tampoco se preocupa en marcar como antes sus esquinas favoritas.
Nelson tiene que terminar el paseo cogiéndolo en brazos, ya que arrastrar al can no sólo es incómodo, sino que tiende a concentrar las miradas de reproche de los transeuntes. El comportamiento es tanto más extraño cuanto que en casa vuelve a la normalidad, siendo de nuevo en el perro insufrible que siempre ha sido. Mi amigo ha intentado todo tipo de terapias y estrategias: desde el castigo, hasta la motivación conductual positiva pasando por la cromoterapia y los cuencos tibetanos, pero nada ha funcionado. Lo único que ha sacado en claro es lo que comenta con su acento porteño: "lo que le sucede a este perro es que es un boludo y no le funciona bien la cabeza".
¿Cómo voy a dejarle que me trate la depresión si no es capaz de comprender ni a su perro? Prefiero seguir teniendo esta angustia que me aplasta a oírle decirme "sos un boludo al que no le funciona el tarro".

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