Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de abril, 2011

Germán Gloria

Una vida no es espacio suficiente para juntar todas las letras escritas desde los orígenes de la humanidad. Partiendo de esta premisa, la historia de Germán Gloria resulta aún más increíble.
Germán, siendo aún casi un niño concibió el loco proyecto de copiar de forma manuscrita todos los libros del planeta. Eso sí, decidió eliminar del listado todas las traducciones y reediciones para no sobrecargar su objetivo. A los 25 años ya había copiado todos los textos en castellano de la Biblioteca municipal y se había convertido en el mejor cliente de la papelería local. A los 35, la papelería era suya y el municipio había habilitado una nave para el almacenaje de los manuscritos.
Hoy, con 70 recién cumplidos continúa afanándose en su tarea. La nave repleta de folios manuscritos se ha convertido en el mayor atractivo del pueblo, aunque tuvo que vender la papelería por falta de tiempo para atenderla. Germán continúa escribiendo impertérrito, ajeno al mundo que le rodea, convertido en un símbol…

La rata

Durante generaciones ella y sus antepasados habían vivido a la sombra de la gran casa. Para ellas, un auténtico oasis en medio del implacable desierto, a pesar de los perros, los gatos y las trampas con los que los humanos de la casa intentaban acabarlas. A pesar de ello, en cuanto el viento de su desgracia comenzó a soplar, lo notó en lo más profundo de la espina dorsal. Y cuando el viento tiró el candil que prendió la cortina en la que se inició el incendio más pavoroso que jamás registraron las crónicas de la villa, ella ya estaba corriendo hacia la noche profunda y fría del desierto, sabiendo que desde ese mismo instante su vida no volvería a ser la misma.

Antes la noche

No miró más allá de las montañas, como le explicó su padre. Tampoco quiso que sus pasos cruzaran el río, como le pidió su madre. Prefirió quedarse en aquella oquedad oscura y húmeda que el miedo había convertido en refugio. Prefirió postergar la huída o la venganza por sollozar su desgracia a cubierto. Pensaba que así su destino sería menos pesado, que su pesar trascendería a dolor físico y que con algo de sueño éste desaparecería. Pero no fue así. La tarde le sorprendió aún doblado sobre sí mismo, rumiando un plan que le permitiera cruzar el río limpio de deudas con su pasado.
Pero antes de eso, antes de expiar con sangre sus culpas, debería esperar a la noche en la que las venganzas cobran sentido y los pecados se ocultan con mayor facilidad. Acarició el acero del cuchillo y sintió cómo su poder le llenaba las manos. Deseó que para la noche, ese mismo poder le hubiera inundado el corazón.

El roto

Siempre es como un juego. Tus dedos acarician el tejido, lo manosean por todas partes hasta que finalmente encuentran el punto débil en la delicada urdimbre de los hilos. Entonces paran de buscar. Ya no hay necesidad de seguir haciéndolo.
El roce digital se concentra en el eslabón débil, en unos pocos milímetros cuadrados que terminan cediendo por esfuerzo. Y aparece el roto. Es posible que inicialmente sólo quepa el extremo de una uña, puede que la del meñique, pero el juego debe continuar, exige continuar, para que el dedo penetre la tela. Ahí es cuando te das cuenta de que has ido demasiado lejos.
Y el juego comienza en otra prenda.

Imperio

- ¡Alea iacta est!
Aquellas palabras recién pronunciadas volvieron a sonar en su memoria. Estaba entrando en la historia de Roma posiblemente para siempre, pero no deseaba este desenlace. Incluso ahora, con sus partidarios humillados, con sus legiones al otro lado del Rubicón, creía que el asunto se arreglaría sin que se llegaran a cruzar las armas. Su última propuesta no podía ser más ecuánime: Pompeyo y él fuera de juego a la vez. Seguramente, el viejo Cicerón no podría volver a acusarlo de querer controlar Roma a cualquier precio.
No obstante, había meditado mucho este paso y estaba dispuesto a llegar hasta el final que no era otro que conquistar todo un imperio, casi a la manera de Alejandro.
Miró a su alrededor y fijó su atención en los ojos de un legionario cuyo cuerpo surcado de cicatrices dejaba constancia de sus largos años de milicia. Allí fue dónde César vió que ningún Pompeyo o Cicerón podría torcer su voluntad y se supo, por primera vez en esa campaña, vencedor.