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El carnicero

Cortaba la carne en finísimos filetes. La mano experta guiaba un cuchillo afilado con esmero. Y los desperdicios y recortes los iba dejando caer en un gran cubo negro. El carnicero recordaba siempre en aquellas ocasiones la primera vez que hizo un sacrificio con despiece completo: el miedo en los ojos de la criatura, los últimos intentos por zafarse del cuchillo y el olor cálido de la muerte fresca. Luego, el arduo trabajo de separar las piezas, de cortar certeramente huesos y tendones, de extraer de cada pieza su mejor corte: filetes, dados o tiras. Horas y horas de laborioso trabajo hasta convertir un cuerpo humano en un selecto mostrador gourmet.

Antes de descubrir el fuego

La última nave partió dejando tras de sí una estela de fuego. Los que quedamos, los que no pudimos comprar un nuevo destino, la vimos alejarse. Por muy duro que fuera su destino, ellos al menos lucharían por un futuro. Los de aquí ya no lo teníamos y por eso dejamos de luchar. Poco a poco se fueron apagando las emisoras de televisión, los hospitales y, finalmente, las propias centrales eléctricas. Y una humanidad estéril y rendida volvió a pasar hambre, frío y miedo. Justo como antes de descubrir el fuego.

Autismo voluntario

Cerró los oídos, los ojos, la boca, todos sus sentidos. Pero aún así seguía percibiendo su presencia, turbando su silencio sensorial, rompiendo la paz que tanto anhelaba. En medio de aquella nada irreal y asfixiante encontró un pensamiento rebelde. ¿Y si en lugar de encerrarse al mundo no le abría todas las puertas? Tal vez el ruido de la vida, el olor de la ciudad y el sabor de la gente le permitieran desprenderse de aquella presencia residual.

El humo del negociador

Le daba rabia reconocerlo, pero aún añoraba el humo protector del tabaco. Sobre todo cuando tenía que negociar: le faltaba algo con lo que entretener los dedos y alargar las pausas. No era la nicotina, sino lo que el cigarrillo tenía de liturgia en los momentos clave, la carga dramática que el humo incorporaba a cada decisión. Ahora no había más que un centro de mesa entre ellos y los otros, apenas 1 metro y varios millones. Ahora ya no podía dar una intensa calada, expulsar el aires y decir desde detrás de la nube, sin delatar una sonrisa, "pensaremos en  su oferta".

Una última toma

Primera escena: un primer plano de su rostro, con la tensión reflejada en el maxilar. Abre plano y se ve cómo el coche que pilota va ganando velocidad. La cámara avanza unos segundos con el coche y luego pasa a enfocarlo por detrás. Su mente de director imagina el final de una película. Cambio de plano: el coche va ahora hacia la cámara. Entre ellos un quitamiedos y un precipicio. El enfoque se olvida del coche y nos muestra las piedras puntiagudas del fondo. Plano lateral: el coche atraviesa el quitamiedos a cámara lenta. Zoom sobre la cara de nuevo. Ahora ya no hay tensión, pero se ve claramente el abultamiento en la cabeza: el espectador debe entender el desenlace. Se abre plano y el coche cae a velocidad normal sobre las rocas. No hay explosión, esto es la realidad. Fundido a negro.

El paseíllo

Los periodistas se arremolinaban a la puerta, pugnando por situar sus micrófonos, grabadoras y móviles en un buen lugar. Los cámaras se empujaban por obtener un buen encuadre del portal y en la acera de enfrente, un grupo de personas se preparaba para regalarle una andanada de insultos. Posiblemente fuera eso lo que más le jodía. Al hijo del calvo de la pancarta lo había colocado de barrendero; a la prima de la Santi le había arreglado los papeles de la ampliación de la casa. Y al cabrón de Cristobal le había contratado en varias ocasiones para reparaciones en el pueblo. Lo peor siempre es la ingratitud, le dijo el alcalde saliente cuando le cedía el bastón de mando, pero nunca lo había vuelto a recordar hasta este día. Porque, hasta ese momento, todos parecían agradecidos. Y acto seguido se le pasó por la cabeza echarle la culpa al viejo de los desmanes, una especie de inercia institucional que él no había podido o sabido frenar. En el fondo, no era del todo mentira eso de la inercia....