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La reveladora

La vida es eso que pasa en las fotos de los demás, mientras que tú vas de la casa al minilab, del minilab al banco, y del banco al minilab y a la casa. Así pensaba Alicia antes, durante la mayor parte de su vida, una vida en la que solo contaban como tal algunos fines de semana y algunas vacaciones de recién casados. Ni siquiera sus tres maternidades las recordaba con cariño, ya que llenaron de más rutinas su día a día y dejaron menos espacios para el resto de cosas, para la vida. Además, los tres habían salido clavados a su padre. A pesar de que había aprendido en la escuela que los hijos portan la mitad de los genes de cada uno de los progenitores, en el caso de sus niños parecía que la genética de Antón se había apoderado de todo el espacio. Ahora que tenía tiempo para pensar elucubraba teorías de todo tipo para cualquier aspecto de la realidad. Así, sus hijos en realidad serían clones de su marido, sus espermatozoides habrían colonizado el núcleo de sus óvulos de forma que ella solo había sido cubículo vital necesario para que él se reprodujera a sí mismo.


Antón a priori no parecía un mal partido, no era feo del todo, tampoco era demasiado bajo y tenía un brillo en los ojos que le hacían acreedor al éxito en la vida. Por eso dejó sus estudios cuando él le pidió matrimonio. Demasiado pronto, le dijo su madre. Demasiado pronto, les dijeron sus suegros, pero ellos tenían un sueño y ese sueño no debía, no podía, esperar. El plan era abrir un minilab, un laboratorio de fotografía capaz de revelar un carrete en apenas una hora. España estaba entonces estirando sus brazos tras la larga siesta de la dictadura y los hogares comenzaban a equiparse con más y más electrodomésticos. Las vacaciones se convirtieron en un lujo al alcance de muchos y las fotos eran el almacén ideal para los recuerdos felices. La tecnología ahora permitía que esos recuerdos estuvieran en las manos de los fotógrafos en apenas unos minutos; así que aquella mezcla de riqueza, necesidad de atesorar recuerdos y acelero convirtió su negocio en un éxito.

Un éxito que se cimentaba en el sacrificio de ambos. Y, como nunca se sabe cuando se pueden torcer las cosas, no contrataron nunca más que a una o dos personas para atender el mostrador durante la campaña de verano, la más fuerte. El resto del trabajo lo hacían ellos. Él atendía el mostrador, explicaba a los clientes el proceso de revelado, les aconsejaba para mejorar sus resultados, o les vendía el material necesario para que siguieran tomando más y mejores fotos. Ella se pasaba las horas sentada frente al monitor, corrigiendo los negativos de temperatura y contraste y printando los mejores momentos de las vidas de los demás.

A veces, en medio de los cientos de carretes que revelaba cada semana, alguno le llamaba especialmente la atención. Podía ser por el colorido, o por la aparición de algún cuerpo desnudo; en ocasiones por un lugar reconocido a causa de las repeticiones (se conocía la mayor parte de los destinos caribeños de viajes de novios como si ella misma los hubiera visitado).

Reparó en las fotos de Camacho (ese era el nombre que había en el sobre) porque le llamó la atención el cuerpo casi perfecto que de inicio le pareció desnudo. Solo cuando aplicó el zoom se dio cuenta de que el color del bañador le había gastado una mala pasada. Pero, aún así, el tal Camacho lucía un torso espectacular. Salía del mar cogido de la mano de una chica morena que, obviamente, no estaba a su altura. Él era alto, guapo, fuerte y ella era perfectamente anodina, el complemento ideal para hacerle destacar aún más. No le cupo duda de que aquella pareja no duraría. Se equivocó. Durante años siguió la pista de aquel fiel cliente que cada año les llevaba las fotos de sus vacaciones a revelar. Las imágenes en las que la chica insulsa del primer carrete salía fueron aumentando en frecuencia. Antes de que Camacho les llevara los carretes del viaje de novios supo que se habían casado, ya que muchos de los invitados hicieron fotos del evento que terminaron reveladas en su minilab. Sintió un bocado en el estómago durante el proceso de corrección de aquellos ocho rollos del viaje repletos de abrazos, besos y sonrisas junto a un Mar Caribe que parecía amar a aquel hombre, resaltando cada una de sus aristas. Luego llegaron los nacimientos, él con un aire claramente a su padre y ella a su madre: los camachitos, les llamó. Los vió crecer casi con más atención que a los suyos propios. En el fondo, sentía que aquella chica morena estaba viviendo exactamente la vida que ella hubiera deseado. Y, cada vez más a menudo, el hombre con el que hacía el amor los fines de semana tenía la cara de Camacho y el olor de Antón.

Seguía allí por inercia y porque sus ahorros iban creciendo y se iban convirtiendo en locales comerciales, en pisos y en plazas de garaje, bienes que les permitirían disfrutar de una jubilación tranquila y en la que soñaba con hacer todos aquellos viajes que solo habían podido mirar desde las fotos de otros. Entonces llegaron las cámaras digitales. Al principio eran caras y su venta dejaba un beneficio muy atractivo, pero con demasiada velocidad comenzaron a abaratarse y a reducir sus márgenes. Ella tenía claro que cada cámara digital que vendían eran unos cientos de carretes menos que entrarían en el negocio. Pero al principio no importa, porque las ventas de cámaras compensaban con creces los descensos en el revelado. La carrera por los píxeles en la que se habían enfrascado los fabricantes y la borrachera económica de los primeros años del 2000 les hicieron confiar en el futuro.

Las fotos de Camacho dejaron de llegar para su revelado y, con ellas, las de la mayoría de sus antiguos clientes. Poco a poco el tiempo del que podía disponer fuera de la máquina de printado era mayor, y el contacto con el público le permitió salir un poco del agujero de sus pensamientos y su vicio de voyeaur se calmó. Sus hijos ya no precisaban su atención, los tres estaban estudiando fuera de casa, y comenzaron a recuperar viejas amistades y antiguos planes de vacaciones. Por fin su saldo neto de vida comenzaba a ser positivo. Sin ser muy conscientes de ello, la crisis de 2009 se los llevó por delante. Las ventas se desplomaron. Ya nadie compraba cámaras, ni siquiera digitales. Los móviles habían ocupado el espacio de estas, de los reproductores MP3, de los GPS y se habían convertido en los mayores ladrones de intimidad de la historia de la humanidad. Los gastos se fueron comiendo el patrimonio mucho más deprisa de lo que les había llevado construirlo y Antón comenzó a beber para convivir con el fracaso. Llegó un punto en el que ni siquiera la inercia fue capaz de mantenerlos juntos. El divorcio fue la ruta de escape de él. Le dejó el negocio, una deuda que la mantendría atada a la printer los siguientes diez años y un piso minúsculo al que apenas le quedaban tres años de hipoteca. Cuando obtuvo los papeles, viajó a México y desde Cancún le mandó una carta (de las escritas a mano y franqueadas con sello) en la que le pedía perdón por no haber cumplido sus promesas y en la que le decía que se había propuesto comenzar de nuevo en aquellas playas. No sintió nada, ni siquiera alivio.

Alicia tenía ahora que atender el mostrador y la máquina, pero las prisas ya no eran necesarias. El revelado en una hora no tenía sentido en un mundo en el que las pantallas permitían la observación inmediata de la foto. A su tienda solo entraban los refugiados del papel, aquellos que seguían anclados en el negativo, los mismos que seguramente fueron los últimos en abandonar el barco del VHS, y unos pocos que habían decidido apostarlo todo por el digital profesional, que se distinguían del resto de los morrales en que gastaban ingentes cantidades de dinero en cámaras y equipamiento y no solo en teléfonos de última generación. Eran pocos, pero fieles. Y eso permitía mantener un cierto flujo de ingresos. Además, como pasó con el vinilo, poco a poco la gente fue volviendo al gusto por pasar las páginas de los álbumes de fotos sintiendo el tacto del papel. El cliente tipo llegaba ahora con una unidad de memoria, o directamente con la tarjeta de imágenes de la cámara, y se dedicaba a elegir las fotos frente al quiosco digital las fotos a imprimir. Finalmente ella siempre le daba su toque a la impresión, incluso había ajustes personalizados para algunos clientes concretos.

A esas alturas había olvidado los sueños eróticos de las noches solitarias de casada y había comenzado a salir de vez en cuando, algún fin de semana. Incluso, había mantenido una corta relación con un turista italiano que la esperó a la salida de la tienda un par de noches y hasta había vuelto a fantasear con un viaje de vacaciones. Así que cuando Camacho entró por la puerta no fue capaz de reconocerle a la primera. Habían pasado los años y estos habían dejado un velo de tristeza en la mirada de aquel hombre que, aún así, seguía siendo profundamente atractivo. Solo cuando comenzó a hablar estuvo segura del todo; la voz apenas le había cambiado. Él se excusó por los años de ausencia (me pasé al digital), le preguntó por Antón (ya no estamos casados), por los hijos (en la capital, en el extranjero, fuera). Ella le interrogó por los suyos (la niña se marchó a Barcelona, el niño se acaba de casar y me ayuda en el negocio), por su mujer (murió hace tres años; ¿cómo fue?; cáncer; lo siento mucho). Él le contó que había retomado la vieja costumbre de los viajes en familia, ahora ampliada con las parejas de los hijos y, por supuesto, había decidido hacer un álbum de los clásicos para que así un día sus hijos repasaran aquellos recuerdos compartidos con su padre y le echaran de menos.

Alicia, de pronto, sintió que aquellas fotos necesitaban estar en una hora. Aunque Camacho se marchó casi con el cierre, ella apagó las luces del escaparate, echó la persiana por dentro y se sentó en la printer emocionada ante la idea de volver a admirar aquel cuerpo en bañador. Eufórica, indentificó un escenario asiático, tal vez Vietnam, y por un momento imaginó que su destino finalmente comenzaba a dejar de ser esquivo. A lo mejor, su viejo sueño de revelar unas fotos en las que aparecieran Camacho y ella no estaba tan lejos. Encontró instantáneas de él al borde de una piscina, pero el torso de antes ahora perdía la verticalidad al desembocar sobre un michelín que rodeaba su cintura. No le importó, o no creyó que le importara. Jugó mentalmente a ubicarse en las fotos que más le gustaron, incluso imaginó la ropa que se hubiera puesto para cada ocasión. Al acabar el revelado sentía que, en cierta forma, ella también había estado allí.

De la tienda se fue a casa, cenó con una ensalada de supermercado, vio un par de episodios de Suits y se acostó con el firme propósito de soñar con Camacho. Cerró los ojos y se dejó arrastrar hacia la cuesta de la inconsciencia deseosa de entrar en ella. Soñó que estaba en la playa del viaje de novios de Camacho, soñó con la arena blanca, con el mojito, con una pamela para hacerse sombra y con tortugas saliendo del mar para desovar. Pero el hombre con el que se abrazaba en la orilla no era Camacho, ni siquiera su versión de 35 años antes. El pecho por el que ella arrastraba sus uñas mientras se retorcía de placer era el de camachito. Y no le causó ninguna sorpresa descubrirlo.

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