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Miedo a los días de lluvia

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Llegó a mi puerta empapada, en medio de la peor tormenta del invierno. Pensé que estaba perdida.
La invité a entrar y le ofrecí una toalla. Ella me contó que había dejado el coche un par de calles más arriba y que le había costado encontrar la casa por culpa de la manta de agua. Pensé que estaba desorientada.
Le ofrecí un café para que entrara en calor. Ella me contó cómo me había localizado, las horas que había estado delante del ordenador filtrando información. "Tu nombre es muy corriente", me dijo. Pensé que estaba loca.
Quise mandarla de vuelta a su coche, ya ni siquiera me parecía atractiva. Ella me dijo que todos sus encargos le habían abierto la puerta, pero que yo era el primero que le había servido café. Y que no sabía cómo agradecérmelo. Yo le sugerí que me dijera un nombre o un porqué. "Secreto profesional", respondió, "pero como favor especial lo dejaré para otro día". Y se fué.
Desde entonces temo los días de lluvia y evito tener luces encendidas en casa.

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