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La vecindad de la muerte

Desde muy temprano Adelina había vivido muy cerca a la muerte. Ya incluso antes de nacer. Su hermana gemela, que se hubiera llamado Gabriela, murió pocas horas antes del parto. Aquello provocó que la madre de Adelina sufriera mucho durante el alumbramiento y que, tras una semana de agonía, terminará caminando junto a la Parca. Durante su infancia desaparecieron sus abuelos, y en la guerra cayeron, repartidos entre ambos frentes, su padre y todos sus hermanos varones. También perdió Adelina a un novio piloto, que sobrevivió a la contienda, y le prometió un futuro regalado trabajando para una aerolínea comercial. Muchos de sus muertos sufrieron largas esperas en cama, a otros la vida se les escapó la vida de improviso, en una apretura del corazón o en una bala. Pero en todos los casos, Adelina creyó ver a la muerte viniendo a darle el pésame. Y era su rostro de arrepentimiento el que le ayudaba a perdonarle las enormes pérdidas que esta le provocaba. Adelina tuvo que sobrevivir a su marido, a dos de sus hijos y a un nieto que se perdió con las drogas. Por eso, cuando la muerte vino a por ella una noche reposada de verano, le sorprendió mucho que le tendiera la mano en lugar de simplemente decirle lo siento.

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