Ir al contenido principal

El paseíllo

Los periodistas se arremolinaban a la puerta, pugnando por situar sus micrófonos, grabadoras y móviles en un buen lugar. Los cámaras se empujaban por obtener un buen encuadre del portal y en la acera de enfrente, un grupo de personas se preparaba para regalarle una andanada de insultos. Posiblemente fuera eso lo que más le jodía. Al hijo del calvo de la pancarta lo había colocado de barrendero; a la prima de la Santi le había arreglado los papeles de la ampliación de la casa. Y al cabrón de Cristobal le había contratado en varias ocasiones para reparaciones en el pueblo.
Lo peor siempre es la ingratitud, le dijo el alcalde saliente cuando le cedía el bastón de mando, pero nunca lo había vuelto a recordar hasta este día. Porque, hasta ese momento, todos parecían agradecidos. Y acto seguido se le pasó por la cabeza echarle la culpa al viejo de los desmanes, una especie de inercia institucional que él no había podido o sabido frenar. En el fondo, no era del todo mentira eso de la inercia.
Llamaron a la puerta y supo que en unos segundos pasaría a formar parte de la ignominia nacional, que sería arrastrado por el barro en los medios de comunicación y que hasta en su partido le negarían tres veces antes de la puesta del sol. Hacía días que era un cadáver y él no quiso darse cuenta. Para los suyos ya no era su hijoputa, sino un hijoputa muerto al que había que enterrar cuanto antes. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…

La ruleta del culpable

Uno: "Los tres tenemos ya una edad, hemos vivido razonablemente bien y nos enfrentamos a demasiadas incertidumbres. Esta es objetivamente la mejor solución".
Dos: "Pero no es justo. Yo solo continué con vuestro sistema. Mi responsabilidad no es tan grande como la vuestra".
Tres: "Perdona, tú no lo inventaste, pero fuiste el más beneficiado. Si usamos criterios objetivos, yo estuve menos tiempo, y soy el más joven de los tres".
Uno: "No tiene sentido que discutamos. Esto ya lo hablamos en su momento, uno de nosotros tiene que asumir toda la culpa. Lo necesitamos el resto, lo necesita el partido y hasta la sociedad. Tenemos que jugar esta partida".
Tres: "Pero, ¿y si no sirve de nada? ¿Y si la justicia sigue tirando del hilo?"
Uno: "Eso no sucederá, él nos ha dado su palabra. Quien pierda será el señalado por las pruebas y los testigos. Los demás recibirán castigos menores, pero para todos solo uno de nosotros será el mayor de los c…

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía.
En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle.
La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente este su…