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Un muerto sin memoria

Una vez salí del agujero y recorrí la tapia hasta dar con la puerta del cementerio. Así confirmé que mi tumba no estaba dentro, y comprendí porqué no había lápida en ella. El agujero de mi calavera puede que sea la razón de mi falta de memoria. En cualquier caso sé que estoy muerto, que habito una tumba anónima y que no recuerdo nada de mi vida.
A veces llegan hasta mi fosa las voces de los muertos al otro lado de la tapia. Se nota que ellos si saben quienes son. Se pasan las noches discutiendo sobre si el purgatorio existe o no, y si era peor la vida o esta muerte. Y la víspera del día de los difuntos cruzan apuestas sobre el número de visitas o de ramos que logrará cada uno.
A veces he estado tentado de atravesar la tapia y relacionarme con ellos, pero siempre me he echado para atrás en el último momento, siendo éste un gesto que no sé si corresponde con mi forma de ser en vida o es un añadido que me sobrevino con la muerte. Es lo malo de ser un muerto sin memoria.

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