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Mostrando entradas de enero, 2013

Buscando el Sur

"Tiene que haber una fórmula para viajar al Sur sin moverse de casa", pensó durante años. Luego creyó haberla encontrado a través de la televisión, los documentales e Internet.
Pero aquello no era el Sur. Así qué pensó en recrearlo y batió todas las tiendas de su ciudad buscando los objetos, olores y sabores del Sur. Más tarde, se empeñó en imaginarlo y soñarlo, pero nunca era el Sur de sus anhelos.
Y viajó al Sur.
Pero tampoco era su Sur.

Desventajas de ser ambidextro

La mayor parte del mundo piensa que ser ambidextro sólo tiene ventajas. Yo tambien pensaba así, al principio, cuando esta cualidad me permitía enfrentarme a los copiados eternos de la pizarra sin temor al cansancio en los brazos, o cuando me encontraba solo delante del portero y éste no podía adivinar con qué pierna dispararía.
Pero para tiene un problema que no se compensa con ninguna de las supuestas ventajas, al menos para mí. Y es que cuando me miro al espejo, sobre todo cuando llevo algo en la mano, por un momento, por un instante que se me hace eterno, no soy capaz de distinguir quién de nosotros es real y quién el reflejo.

El Caníbal

Con el hambre agarrada a tus tripas no piensas con claridad, ni te mueves con la suficiente rapidez. Estaba solo, entre dos ejércitos que no me conocían, rebuscando entre los escombros algo que comer. Pero era evidente que alguien con más hambre que yo había pasado antes y era incapaz de encontrar nada. Es en ese momento que probé la carne humana. Bajo los escombros de una tapia derruida vislumbré un pie. Me dio la impresión que era de mujer, aunque no estaba para fijarme demasiado. Tiré de aquel pie para sacar el cuerpo de los escombros, pero no pude moverlo. Me di cuenta de que estaba frío y, por tanto, muerto, aunque aún el olor a podredumbre no había sido capaz de vencer al de la guerra. Entonces lo vi, casi enterrado por los cascotes de la pared: un chusco de pan, una joya para un hambriento. Apenas lo sacudí un poco, con ansia me llevé el pedazo a la boca y lo mordí con fuerza. Junto con el tacto del pan en mi boca, noté un intenso dolor en la mano. Me había seccionado el dedo. D…

El juego

– ¡Vamos! Amárgame el día...
– Era alégrame el día...
El disparo ha interrumpido la sonrisa que comenzaba a dibujarse en sus labios.
– No puedo con los que siempre andan corrigiéndolo todo. ¡Y no era desconocimiento, era sarcasmo! Imbécil...
Otro cargador. Y van tres. La puerta del gimnasio está abierta, y puede que haya mucha gente escondida dentro. A estas horas todo el centro sabe que hay un tirador dentro. Se encamina hacia allí.
– ¡Ha llegado el barrendero! ¡Es la hora de la limpieza!
La limpieza ha supuesto dos cargadores más. Han sido más balas que impactos, eso baja la media.  Las sirenas de la policía atronan por encima del ruido de su respiración. Último cargador. Lo justo para acabar con los más cercanos a la puerta, proveerse de nuevas armas, acaso un coche patrulla y huir provocando el caos a su paso por las avenidas del centro de la ciudad. Se imagina el helicóptero siguiendo la persecución y su imagen en todos los telediarios del país. Sonríe.
– ¡Vengo a sacar la mierda…

El rincón de soñar

La montaña se ha movido. Ha sido sólo un instante, pero toda su masa se ha desplazado unos metros hacia la derecha. O a lo mejor sólo han sido unos centímetros. Pero cosas así pasan a diario, cada vez que me asomo por esta ventana. Sí, es la misma ventana por la que vi la desaparición de Pompeya. También contemplé por ella el primer instante del Universo. Y el momento de mi muerte, dentro de unos 20 ó 25 años.
Vengo a este sillón a diario. Primero miro hacia allí, al lomo de ese gran león dormido que es el Peñón y me concentro en las nubes que ascienden desde la vertiente de Levante. Comienzo por buscar imágenes conocidas en las manchas blancas. Pero luego la ventana empieza a mostrarme todos los sueños en los que pienso despierto: un primer beso que nunca fue, una novela que tal vez algún día sea, decenas de amaneceres extraños y viajes propios de un aleph. Vengo a soñar, sí; pero hoy juraría que se movió la montaña.