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Se hizo del mar

El marino pensó con extrañeza en lo raro que se le hacía mantenerse en pie cuando estaba en tierra firme. Alejado del mar sus movimientos se volvían torpes y se veía aquejado por una constante sensación de mareo causado por un suelo demasiado quieto. Si se empeñaba podía recordar cuando era al contrario, cuando quien le provocaba mareos era el vaivén del barco. Y si se empeñaba mucho, hasta podía rememorar el día en que al fin se hizo del mar.
Le dijeron que en aquel barco sólo se notaban las olas cuando éstas superaban los ocho metros; una fortaleza, le dijeron. Miles de contenedores se apilaban en sus bodegas y cubiertas y con precisión suiza se cargaban y descargaban cientos de ellos en cada puerto. Pero un 17 de octubre, en medio del Atlántico, las olas de 8 metros se quedaron pequeñas.
El mar se movía en sierras de tres montañas. Enormes olas barrieron la cubierta y provocaron la pérdida de gran parte de la carga, entre ella un contenedor lleno de patitos de goma que tenían como destino Nueva York y que terminaron repartidos por la mayor parte de las playas del mundo. En aquella tormenta, el marino vomitó hasta los calostros, como solía decir su padre. Y ese día se hizo del mar y ya nunca más volvió a sentirse seguro en tierra.

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