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La obsesión del consejero

No hay solución, todo está perdido. El enemigo está a las puertas y ya apenas nos defiendes niños asustados con fusiles descargados. Adolf nos ha reunido y se ha despedido de cada no de nosotros. Sabemos que ha decidido no rendirse, él no será exhibido por los rusos como un trofeo de guerra.
Pero no todos tenemos esa fortaleza de ánimo. Se avecinan tiempos difíciles y a falta del máximo cabecilla, nosotros seremos los que soportaremos el castigo. Tampoco será para tanto. Muerto el fürer, ya no podrá negar ninguna responsabilidad. Dará igual que todos compartiéramos la solución final. Siempre podré decir que yo no tenía opinión al respecto, o que no podía disentir. O que no sabía.
Los tiros se acercan. Muchos han comenzado a huir, la derrota y el miedo se lee en todas las miradas. ¿Y si me mezclo entre los refugiados? O les explico que mi abuela es de ascendencia judía: el mejor escondite está entre los propios lobos. Siempre estuve bajo sospecha. Por eso mis consejos no eran escuchados. Echaré mi uniforme a la hoguera de fuera, eliminaré mis papeles e intentaré escapar a pie de la ciudad. Todo se perdió... Y yo no tuve ninguna responsabilidad.

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