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Mostrando entradas de 2012

El maestro de escritura

– ¿Habéis llorado alguna vez ante la belleza de un solo verso? ¿Habéis mirado al mar y habéis pensado en una isla? ¿Habéis adivinado el momento de una sonrisa o de un llanto en otras personas? Si a todas estas preguntas habéis respondido que sí, significa que ya podéis.
– ¿Ya puedo qué?
– Escribir vuestra primera novela...
– Ya he escrito muchas.
– Escribir vuestra primera novela original...
– Para ser un maestro imaginario te das muchos aires...
– No menos que vos, que os imaginas a Miguel de Cervantes como maestro y ponéis en duda todas sus enseñanzas.
– Es que nunca lloré frente a un verso.
– O no sabéis qué es la belleza o aún no la habéis encontrado y, por lo tanto, no la podréis expresar... Y aún no estáis preparado.
– Seguiré leyendo.
– Seguiréis aprendiendo.

Cuando se acabe el mundo

Lo imagino siempre distinto. En realidad imagino sólo un número de posibilidades limitado, pero nunca repito los detalles. En algunas ocasiones es un aumento descontrolado del nivel del agua por culpa del calentamiento global. Eso me lleva a ser uno de los supervivientes, encaramado a las alturas del Teide; o a morir ahogado en una isla que poco a poco se va tragando el mar. Una vez, incluso, me transformé en una especie de holandés errante, perdido en un océano infinito a bordo de un pequeño velero.
Otra de las posibilidades que más me atraen es la destrucción acelerada del sol. Este sueño (porque mi imaginación se dispara en los sueños) comienza casi siempre con el anuncio de algún científico en un congreso, o en un artículo en Science al que nadie hace caso. Los finales hasta ahora han sido, la muerte por el exceso de calor, incluso la muerte abrasados en el estallido solar. Pero en alguna ocasión he soñado en un absurdo plan de huída interplanetaria en el que veía desde un ojo de …

El beso que nunca te di

Añorado primer amor:
No sé a ciencia cierta en qué momento de mi vida tu recuerdo dejó de intimidarme. Fueron muchas las noches de mi adolescencia soñando con refugiarme entre tus labios, tantas que tu sonrisa de entonces quedó grabada a fuego en mi memoria; tantas que aún en mis tiempos de universidad buscaba tus ojos castaños en otras miradas.
No soy consciente del momento exacto en el que te olvidé, no los ratos que compartimos, no los besos que quise darte. Tan sólo, tu recuerdo dejó de perturbarme y pude comenzar a buscar ojos totalmente nuevos.
Y hoy, al fin, viendo en la tele cómo el protagonista de una serie dejaba atrás a su gran amor, me he dado cuenta...



La isla

Acompañaba al sol por en su peregrinar horizontal. Cada mañana abría los ojos con los primeros rayos y comenzaba su deambular hacia el oeste. Como el ancho de la isla era corto, podía ir haciendo diversas paradas en el camino. Siempre encontraba algún tempo para pescar, normalmente al medio día, que es cuando calculaba que era más fácil obtener una presa. Antes, recogía cocos, remarcaba las letras de la orilla (un enorme S.O.S.) y se bañaba con detenimiento, intentando sacar de su cuerpo cualquier recuerdo de su pasado. Después de comer tocaba recoger algo de agua dulce, para lo cual debía internarse un poco en la jungla y, al caer la noche llegaba al límite occidental.
Se sentaba un rato mirando como el horizonte se teñía de rojos y naranjas y, luego, en apenas un par de horas, volvía por la orilla hasta el comienzo para sincronizar su sueño con la luna y esperar sin esperanza la llegada de un nuevo día.

El bienestar humano

Nunca le había preocupado más bienestar humano que el suyo propio... Hasta que la escuchó a ella. Sus palabras le conmovieron. Entiéndaseme, no tanto lo que dijo sino el cómo lo dijo: su acento canario y dulce, sus expresiones faciales y orales, su forma de moverse por el escenario.
Al día siguiente era el voluntario más activo que nunca tuvo la congregación. Acudió a África en pos de ella y allí aprendió lo que era el hambre, lo que eran la miseria y la enfermedad, y lo que era el rechazo. Y el amor se le borró de golpe. Apenas duró dos meses allí y, durante el tiempo que se demoró el regreso, no fue capaz de mirar un calendario sin ponerse a contar los días.
Y cómo el único bienestar que siempre le había interesado era el suyo propio, se trajo de vuelta a España una maleta llena y una mujer de ébano a la que posiblemente no quería, pero que sabía contituiría la mejor coartada para tan pronto regreso.

De pronto la realidad

De pronto la realidad se hizo ominosa. El pequeño reflejo de su rostro en Skype le sorprendió; no reconocía a aquel hombre de mediana edad. La voz que le preguntaba si estaba bien comenzó a sonar hueca y, sin poder evitarlo, vomitó sobre el portátil. Cuando cesaron las arcadas, se levantó de la silla, no quiso mirar hacia el monitor, y salió de la oficina, del edificio y de su propia vida dejando apenas un olor a neumáticos quemados. Mientras conducía intentaba encontrar una pista de si mismo mirándose los ojos en el retrovisor. Pero era imposible. En su casa nada mejoró: los que allí estaban le eran tan extraños como él mismo. Y también tuvo que huir. Sólo paró cuando el motor del vehículo dejó de rugir. Se apartó a un lado de la carretera, bajó del coche y decidió que seguiría caminando.

Se hizo del mar

El marino pensó con extrañeza en lo raro que se le hacía mantenerse en pie cuando estaba en tierra firme. Alejado del mar sus movimientos se volvían torpes y se veía aquejado por una constante sensación de mareo causado por un suelo demasiado quieto. Si se empeñaba podía recordar cuando era al contrario, cuando quien le provocaba mareos era el vaivén del barco. Y si se empeñaba mucho, hasta podía rememorar el día en que al fin se hizo del mar.
Le dijeron que en aquel barco sólo se notaban las olas cuando éstas superaban los ocho metros; una fortaleza, le dijeron. Miles de contenedores se apilaban en sus bodegas y cubiertas y con precisión suiza se cargaban y descargaban cientos de ellos en cada puerto. Pero un 17 de octubre, en medio del Atlántico, las olas de 8 metros se quedaron pequeñas.
El mar se movía en sierras de tres montañas. Enormes olas barrieron la cubierta y provocaron la pérdida de gran parte de la carga, entre ella un contenedor lleno de patitos de goma que tenían como…

La obsesión del consejero

No hay solución, todo está perdido. El enemigo está a las puertas y ya apenas nos defiendes niños asustados con fusiles descargados. Adolf nos ha reunido y se ha despedido de cada no de nosotros. Sabemos que ha decidido no rendirse, él no será exhibido por los rusos como un trofeo de guerra.
Pero no todos tenemos esa fortaleza de ánimo. Se avecinan tiempos difíciles y a falta del máximo cabecilla, nosotros seremos los que soportaremos el castigo. Tampoco será para tanto. Muerto el fürer, ya no podrá negar ninguna responsabilidad. Dará igual que todos compartiéramos la solución final. Siempre podré decir que yo no tenía opinión al respecto, o que no podía disentir. O que no sabía.
Los tiros se acercan. Muchos han comenzado a huir, la derrota y el miedo se lee en todas las miradas. ¿Y si me mezclo entre los refugiados? O les explico que mi abuela es de ascendencia judía: el mejor escondite está entre los propios lobos. Siempre estuve bajo sospecha. Por eso mis consejos no eran escuchado…

La savia huele a bosque

La savia de las plantas huele a bosque. A húmedos amaneceres, envueltos en la penumbra caduca de los montes. Y huele al recuerdo de una noche desvencijada en la que perdí la virginidad. Ella era la picardía de una sonrisa, la timidez de una caída de ojos y la urgencia de la juventud. Ella era una pared contra la que se estrellaban todos los aspirantes a besarla. Nunca te daba la más mínima oportunidad.
Hasta la noche de la savia. La noche en que pasó su lengua por el borde de mi navaja ensangrentada del alma de las plantas. Y me dejo besarla, y me plantó su sabor a bosque entre los labios.

Un cuadrado de cristal

A través del pequeño cuadrado de cristal de la puerta seguía el movimiento apresurado de los zuecos de médicos y enfermeras. Tras varias horas de espera ya sabía quienes estaban de paso y quienes se encargaban de la sala en la que tenían a su reina.
Nadie le decía nada y, cada vez que intentaba saber algo, se encontraba con la incomprensión de sus interlocutores. Entonces volvía a pensar en la de veces que su reina le había pedido que fuera a la academia de español. Y pensar en la reina sólo le producía dolor y angustia.
Ajeno a la punzada de la espalda y a las miradas de los que pasaban, estuvo mirando por aquel ventanuco hasta que vio un zapato azul asomar de una camilla que abordaba el pasillo.
Y se temió lo peor: su reino conjunto se había terminado.

A primera vista

Sintió que le miraban y se dio la vuelta. Unos ojos verdes, como el verde de los mares de película, se cruzaron con los suyos. Y de pronto pensó que era posible el amor a primera vista. Que no le costaba nada imaginarse recibiendo la mañana cada día sumergido en las aguas de aquella mirada. Le sonrió e inclinó la cabeza, queriendo decir "hola, yo también me he fijado en ti".
Sin embargo, ella no hizo ningún gesto de respuesta, ni siquiera apartó la mirada de forma airada. Sus ojos seguían fijos en un punto más allá de él, un punto de fuga en el que se movía otro hombre. Y pensó que era una estupidez creer en los amores a primera vista y en los ojos verdes como el verde de los mares de película.

El hombre seguro

Mirada al frente, mandíbula encajada, apretando los dientes. La voz, la voz tiene que sonar segura y grave. No dejar de mirarle a los ojos, que no vea una sola duda, porque se quién soy, se lo que valgo. La espalda derecha en el asiento, el lenguaje corporal no puede contradecir al oral. Estoy asegurando, me inclino hacia delante, sólo un poco, es seguridad, no intimidación.
Las palabras van saliendo de la otra boca, dicen cosas esperadas, dicen cosas buenas del hombre seguro. Pero, siempre hay un pero, y esta vez no es distinta.
Ha vuelto a pasar, primero fue la entrevista de trabajo y ahora, mucho peor, la otra boca se ha deshecho en halagos para rechazar su petición de mano.
El hombre seguro se queda en el local y vuelve a casa el hombre que llora.

Una noche con dos lunas

La extrañeza se inició con dos lunas sobre el horizonte. Al principio pensé que era un efecto óptico, pero cuando me di cuenta de que ambas lunas seguían el mismo trayecto sobre la línea de tierra, me preocupé. Podía ser un meteorito coincidente, o el reflejo de una nueva estrella, tal vez una supernova. Incluso pensé que me había trasladado al mundo paralelo de1Q89. Pero los policías vestían el uniforme correcto. Nada explicaba aquello y nada explicó luego como desapareció tras 28 días.
A los pocos días, Los telediarios ya no hablan del asunto, y es una pena, porque rara vez la realidad se pliega sobre sí misma sólo para dar la razón a un escritor.

Vivir frente a Lolita

Gestionar el corazón no siempre es fácil. Y, menos, si la tentación es tu vecina. Su padre es un ruso de espaldas tan anchas como Siberia, y con tatuajes que cubren toda su piel. Al menos toda la piel que yo le he podido ver. Su madre tiene también aspecto patibulario aunque, sin duda, debió ser bellísima no hace demasiado: es la única explicación para que de ambos naciera un ángel como Lola. Rubia como los trigales de su Estepa y con los ojos de un azul profundo que miran con la desvergüenza de la lujuria. Sus curvas jóvenes prometen placeres carnales simplemente al moverse. Incluso su voz parece que acaricia cuando me habla.
Un día se estos, ni el recuerdo gangsteril de sus padres, ni el doloroso de mi mujer e hijo podrán refrenar por más tiempo mis deseos. Y entonces Lola tendrá que decidir si cumple todas las promesas que me ha hecho desde que un camión de mudanzas la metió en mi vida, o si prefiere seguir jugando con el fuego de mi alma para el resto de la eternidad.

Temer el tiempo

Tener tiempo. Tener tiempo. Tener tiempo. Temer al tiempo. El mantra de tantos años se había convertido en una realidad. Las prisas, los agobios de última hora, que siempre fuera última hora. Las noches sin dormir pensando en todo por hacer, dejando de lado lo superfluo (familia, amistades: hijos).
De pronto la prisa cesó. Salí de golpe de la galerna y me vi en medio de un eterno mar de los sargazos. Al fin tengo tiempo. Pero ya nadie lo tiene para mi: mi mujer hace mucho que dejó de serlo, mis hijos no saben reconocerme y no me quedan amigos. Ni siquiera mis antiguos compañeros de tormentas; tienen ahora sus proas apuntando hacia mares que yo ya no surcaré. Y tengo tiempo, y ahora me da miedo...

A tiempo

A veces, acontecimientos que tuvieron lugar antes de tu nacimiento, marcan tu destino con tinta indeleble.
Desde que recuerdo siempre tuve una agenda; primero la escolar, que me producía un enorme vacío al no tener ni julio, ni agosto; meses que siempre temía perder en el vacío del calendario. Tampoco pude esperar a la primera comunión para tener reloj, y nunca, nunca, he soportado la impuntualidad, ni la propia, ni la ajena. "Maníaco compulsivo", piensan todos. "Especialmente sensible al paso del tiempo", pensaba yo.
Pero la verdad suele encontrar el camino apropiado para llegar a su destino en el preciso momento. Fue en la espera de mi primera sobrina; mientras mi hermana gritaba improperios al género masculino, mi madre rememoraba mi propio nacimiento. Justo el 1 de agosto de 1967, el día que comenzaban las vacaciones judiciales. Tal y como ella había programado para minimizar el efecto en su trabajo; tal y como había calculado su ginecóloga, tal y como ella hab…

El informático que se hizo mayor

Recordar una décima de segundo

Hay muy poca gente con memoria perfecta, una maldición que haría las delicias de Borges, pero que implica recordar incluso aquello que se quiere olvidar. En mi caso, además, puedo remontarme hasta el mismo momento de mi nacimiento. Recreo los jadeos y gritos de mi madre, la voz acariciante de la matrona (supongo) animándola, y el diagnóstico del ginecólogo: “Definitivamente, es un niño”.
Sin embargo, hasta donde yo sé, no hay nadie que sea capaz de vivir el tiempo real. Desde que suceden las cosas hasta que nuestro cerebro las procesa pasa una décima de segundo. Vivimos en un falso directo continuo. No quiero presumir, no voy a decir que mi proceso mental sea más rápido que el del resto, lo que sucede es que mi recuerdo es consciente de ese retardo y lo procesa.
Por eso, mi percepción de los sucesos pasados es mucho más completa en el recuerdo que en el momento en los que los viví. Y por eso digo que lo mío es una maldición, porque recuerdo nítidamente el momento en el que Aurora dij…

Abuela

Hoy he vuelto a ver tus ojos grises. Desde hace días me asaltan a la menor oportunidad. Están en mis sueños, pero también en la realidad cotidiana. Hoy, sin ir más lejos, los he visto en la cara de un niño. No eran exactamente los tuyos, porque les faltaba el apagamiento de los últimos años, pero tenían tu color y la intensidad de tus miradas inquisitivas.
Y con los ojos llega siempre tu recuerdo: sabes que no creo en almas ni espíritus ni santos: soy más bien animista: vives porque los vivos te recuerdan. Y yo te recuerdo cada vez que me asaltan tus ojos. "Ponte derecho". "Estudia". "Los moscos no me dejan vivir". "De segundo hay... croquetas".
Vuelven tus manías, tus rígidos pensamientos y también, no te creas, el cariño que a trompicones eras capaz de dar. No te preocupes por la resurrección de los cuerpos, tú sigues viva porque, a menudo, vuelvo a ver tus ojos grises.

Play Again

Play again. Dos palabras, eso era todo. Los meses transcurridos desde el hallazgo en la Casa de la Contratación de Sevilla, los complejos rompecabezas para desentrañar el código y, finalmente, las idas y venidas por las selvas de Guatemala se cerraban en dos palabras, como los mandamientos. Se miraron de nuevo como queriendo corroborar por medio de los demás lo que cada uno ya pensaba. Tal vez alguna vez hubo enterrado un tesoro, pero ahora no era más que una broma. Alejandro lloraba desconsolado, Alberto daba patadas de rabia al suelo, pero Arturo sacó su rotulador rojo y escribió sobre el pergamino "Llegaste tarde".
– Devolveremos el mapa a Sevilla –dijo–, y así otros podrán tener la posibilidad de vivir esta aventura.
Y los tres comenzaron a echar tierra sobre la caja con el mismo entusiasmo que un rato antes habían invertido en desenterrarla.

Yo escribí la Wikipedia

Tener un conocimiento enciclopédico no es una de las cualidades más sexis que se me ocurren. De hecho, tengo la constancia de que a las mujeres les resulta casi más repelente que atractivo. Nací con la doble maldición de una curiosidad infinita y una memoria absoluta. La una y la otra enlazadas siempre terminaban torciendo mi voluntad y, por más que me propusiera ir a jugar con los amigos o salir al cine con las chicas, mis pasos terminaban perdidos entre las páginas de un libro. Desde pequeño mi hábitat natural fueron los libros, concretamente las bibliotecas, espacios en los que mi sed de conocimiento podía ser calmada con relativa rapidez. Aunque siempre había lagunas de información, algún dato perdido, resultado del enlace de unas preguntas con otras, que finalmente terminaba chocando con una versión demasiado desactualizada de la Espasa Calpe o, simplemente, con el vacío más absoluto. Afortunadamente, casi al mismo tiempo que se me acababan las páginas en la Biblioteca Pública Mi…

Una sombra en el espejo

En casa no hay espejos, ni siquiera para afeitarme. La gente piensa que la muerte, excepto en el caso de los enfermos y de los ancianos, llega sin avisar, pero no es cierto. A la muerte le gusta conocer previamente a sus víctimas y se pega a ellas durante unos días, acompañándolas a todas partes. A todas. Lo sé desde hace años. De pequeño era incapaz de asociar aquella sombra que acompañaba a algunas personas con la desgracia. De hecho pensaba que todo el mundo la veía como yo. La adolescencia me trajo por fin la iluminación y me di cuenta de que esas sombras aparecían dos o tres días antes de la muerte. La vi junto a Teresa y lo supe. Iba de monitora a un campamento por primera vez y estaba muy ilusionada. Un día antes de la acampada fueron algunos monitores a hacer una inspección del lugar, pero no todos volvieron. Un vuelco del coche lo impidió. Yo les vi partir y me fijé en las dos sombras que entraron con ellos en el coche. Al principio intentaba avisar, buscando alguna manera de…

La mujer de la barra del bar

Mantenía su barbilla apoyada sobre el dorso de sus manos entrecruzadas. Éstas descansaban sobre la propia barra y la mirada la mantenía sumida en algún poro de la taza donde humeaba un café. El humo revocaba en las corrientes secretas de aire que surcaban el local e iba a parar a sus gafas, empañándolas levemente.
Era un trozo de mundo estático. A su alrededor todo se movía: las personas, las palabras, las manos, los sentimientos. Pero junto a ella había un campo de ingravidez extraño que ralentizaba el tiempo hasta dejarlo parado.
En un extremo de la barra, sola y extraña, finalmente rompió el hechizo y se bebió el café de un solo trago. Luego salió disparada del bar. Junto a la taza marcada por sus labios permaneció un manoseado diario abierto por una página de ofertas de empleo repleta de cruces rojas.

La piedra de David

No soy un arqueólogo como los demás. Suelo cometer dos tipos de errores: siempre me hago preguntas que no debería hacerme y, lo que es peor, casi siempre me propongo responderlas. Esta es la razón principal que me ha traído a Israel. La lectura de la Biblia es una inspiración para cualquiera con un mínimo de conocimientos y algo de imaginación. Y una de las historias más increíbles es la de David y Goliat. Resulta evidente que la piedra que usó el primero no podía ser normal, pues a buen seguro que el guerrero Goliat ya había sido atacado con ese tipo de armas en otras ocasiones y llevaba impedimenta protectora suficiente. Y, si David no era especialmente fuerte (hablamos de un pastor), entonces la clave estaba en la piedra.Supuse que el futuro rey debió guardarla tras la batalla, si no esa exactamente, sí algunas como esa. La suposición me llevó a seguir la pista por Palestina, Egipto y Roma, para luego volver a las ruinas del templo de Jerusalén. Debajo del muro de las lamentacione…

Nueve años de esclavitud

El nueve es un número mágico. No es una década, pero casi. En el cubo de tres, por lo que incita a pensar en triángulos. De todo tipo. El nueve no llega a ser un siete, pero es lo más parecido. Una relación de nueve años es algo más que un noviazgo. Se trata casi de una eternidad en la que todas las células del cuerpo de los amantes se han renovado.
Tal vez hayamos estado tanto tiempo juntos que ya no somos los mismos, y tampoco somos capaces de volver a enamorarnos el uno del otro, como dos completos desconocidos que se ven a diario. Eso es lo que le he explicado a ella. La verdad es otra.
Siempre he necesitado alguien a mi lado con una personalidad fuerte, alguien que me ayudara a elegir el camino a seguir o que, directamente, me lo indicara. Blanca lo tenía claro, había trazado un plan milimétrico en el que mis opciones se reducían a formar parte de su sueño. Y eso me gustaba, porque me hacía sentirme seguro.
Pero llegó la herencia de la tía Martirio y, de pronto, me di cuenta de …

La mariposa

Nueve años y sólo una llamada. "Necesito estar solo". Y luego, el pitido entrecortado del teléfono y nada más. Lloró. Primero fue dolor, luego rabia y, finalmente, costumbre. Él le había prometido un futuro juntos y ella no fue capaz de imaginar otra vida. Sus sueños y anhelos se habían convertido en el reflejo de los suyos. Su vida era el guión de un romance perfecto. Y él era el protagonista absoluto de la película. Los meses que pasó vaciándose de lágrimas la transformaron. Su casa fue el castillo en el que culminó su metamorfosis. Ya mariposa, bella porque quiso ser bella, reunió su ropa, sus recuerdos y regalos y los abandonó junto al contenedor. Luego, marcó su número, le dijo "ya no te necesito" y echó a volar.

El nacimiento

“Empuja. Un poco más, bonita, que lo estás haciendo muy bien”. Ella empuja con todas sus fuerzas mientras presiona la mano izquierda de su marido. Nunca antes se había esforzado tanto. Nunca antes hubiera imaginado que sería capaz de forzar su cuerpo hasta este extremo. Al principio, los empujones eran silenciosos, pero en la medida que el agotamiento crecía, tuvo que recurrir a los gritos para seguir apretando.
“Uno más, venga, que ya lo tenemos. Uno más y descansas”. Ella suelta el último grito y aprieta la mano de su pareja con mayor fuerza que antes. Él también grita. “Ya está, ya está”. La comadrona la besa en la frente: “lo has hecho muy bien, chiquitica” y el llanto del bebé llena pronto el silencio que la madre ha dejado.
El ginecólogo entrega el bebé a la enfermera para que lo lave y se acerca al emocionado padre: “Enhorabuena, papá. Mire que he visto cosas raras en este paritorio pero es la primera vez que alguien me pide escribir en directo lo que sucede antes que grabarlo …

Adicta al texto

Las palabras leídas le traspasaban el alma. Desde niña. No se trataba de reconocer la buena literatura, aunque también sabía apreciarla, eran las sinuosas curvas de las letras, la rítmica nada de los espacios... Ahí es dónde ella encontraba la verdadera poesìa. Por eso también prefería leer sobre escritura a mano: las variaciones y los motivos de disfrute se multiplicaban. Cuando se topaba con algún papel especialmente bien escrito, en el que la letra y la música acompañaban, el impacto la sumía en un estado semicatatónico por espacio de horas. Cuando por fin volvía del "viaje" –así lo llamaba–, lo hacía pletórica de felicidad. La adrenalina le impedía dormir durante días y la obsesión por la lectura se le acrecentaba. Sin embargo, cada vez era más difícil encontrar textos tan perfectos. Ni siquiera entre los clásicos. Internet la indignaba, plagado de millones de "autistas aulladores", con egos del tamaño de montañas y talento de ratón, pero como adicta al texto l…

Amor hipocondríaco

Una noche con el cielo plagado de estrellas, invisibles por la contaminación y las luces de la ciudad, nos besamos. Mis gérmenes y tus gérmenes mezclaron su material genético y volvieron mutados a nuestros torrentes sanguíneos. Tú me dijiste "te quiero". Yo pensé en una canción de los Beatles y no supe que decir. Aproveché el ruido infernal del tráfico que se colaba por las ventanas mal aisladas de la casa y balbuceé algo que sonó parecido a "y yo a ti". Volvimos a los besos sobre el sofá sembrado de ácaros. De fondo, el eterno programa de telerrealidad emitía su basura catódica. Todo parecía indicar que acabaríamos la noche fusionando nuestros gametos y sudores. Entonces tosiste y se rompió el hechizo. Y no tuve más remedio que poner tu corazón en cuarentena.

Ruido de huesos

El ruído se apretaba a sus sienes y tiraba de su estómago hacia fuera. Los martillazos ya no dolían, el dolor siempre tiene un límite físico. Pero podía ver y escuchar cómo sus huesos crujían y se aplastaban con cada golpe.
Hablar hubiera significado el final, posiblemente el final de todo; por eso seguía callado. Por eso, y porque en la vida, como en las buenas películas, nunca sabes detrás de que segundo va a producirse un giro de guión.



Musa de curvas

Te elegí como musa. Puede que jamás logre relevancia como escultor, pero cada una de las curvas que he modelado a lo largo de estos últimos 15 años han sido copias de las tuyas. No te sorprendas, cuando te miro no sólo lo hago por halagarte, te estudio. La leve desviación del meñique izquierdo de tu pie está en el pico del Ave que come, tus pechos son la hoja de La hoz del tiempo, y la ese que forman tu cintura y cadera la tienes en Herramienta para cortar las nubes 3.
No exagero, todas mis curvas son tuyas: están o estuvieron en tí. Sin ellas mis obras serían menos veraces, estarían muertas.

La sombra cabrona

En la literatura, también en la esotérica, es posible encontrar casos de sombras rebeldes e independientes, de sombras que desaparecen, o de sombras que cometen asesinatos. Incluso en entre la creciente colección de relatos de No mas de 15 al día hay alguno sobre sombras que pasan hambre. Pero no he logrado encontrar nada parecido a lo que me sucede. En cierta forma, podría decirse que mi sombra se encuentra en el grupo de las rebeldes, aunque su rebeldía consiste en hacerme pequeñas maldades; putadillas que contadas de forma individual hasta resultan graciosas, pero que por repetición y acumulación son un verdadero problema.
Una de las cosas que más a menudo me hace es ponerme la zancadilla, especialmente cuando estoy haciendo deporte o caminando deprisa. Obviamente su objetivo es que caiga y, en la mayor parte de las ocasiones lo consigue. Por eso he tenido que dejar de salir a correr y de jugar al fútbol con los amigos. Para mantenerme en forma corro sobre una cinta casera a oscura…

123.485 SP

Miraba pasar los coches sentado en el bordillo de la acera. Día tras día. Ni siquiera eran lunes al sol. Porque no había sol en aquella maldita ciudad del Norte. Demasiado lejos de casa para volver. Demasiado tiempo y fracasos como para regresar tal y cómo partió. Los días pasaban del albergue a la calle, de la calle a la cola del comedor, del comedor a la calle y de la calle al albergue. Los dias se fueron sumando implacables y terminaron convirtiéndose en años. Su ropa, su aspecto, su sombra lo notaban, pero para él los días eran idénticos y seguía ajeno a los cambios que se producían en los compañeros de mesa a la hora de su única comida, siempre aguada. "Aquí soy un número, pero allí seré una historia de fracaso. Nada más".
Y para acallar sus ganas de retornar se obligó a olvidar su infancia y juventud, sus amigos y, lo más duro, su familia. Simplemente se convirtió en el 123.485 SP. Y nada más.

Lamento de lombriz

La Creación fue injusta con nosotros. Nos privó de patas, de esqueleto y de inteligencia. Ni siquiera alcanzamos a tener una metamorfosis que nos transforme en bella mariposa. Nuestra vida apenas tiene sentido fuera de la cadena trófica; si acaso nuestra labor de taladradores de suelos podría repercutir favorablemente en la calidad de los suelos agrarios. Nada más.
Por no tener, no tenemos ni sexo. Un simple accidente puede provocar que nos dupliquemos, con algo tan sencillo como un corte.¿Y eso alguien puede considerarlo una ventaja? No entiendo cómo es posible que sigamos sobreviviendo, a pesar de nuestra evidente nanidad? Daría mi fina capa de queratina por vivir la vida de un insecto o, mejor, la de un ave: volar. Ver la tierra desde el aíre y no desde dentro, poder desarrollar pensamientos complejos. Dejar de ser simple...

El sistema contra Messi

Messi no tiene la movilidad lateral que tengo yo. Ambos somos delanteros centro, ambos metemos goles de dos en dos y hasta vestimos camisetas similares, pero el famoso es él. Es posible que la razón sea la inflexibilidad de nuestro sistema, siempre un 3-4-3, con demarcaciones posicionales inamovibles. Ya me gustaría que me dejaran subir la banda desde el medio campo, que pudiera lucir mi regate y llegar con el balón hasta la misma línea de meta. Pero, por más que cambiamos de entrenadores, no hay forma de que me dejen la libertad que necesito. Sólo una vez en mi vida pude ser casi como Messi. Quise llegar a un balón aéreo, salté por encima de la defensa, volé incluso por encima del portero, y terminé cayendo a medio metro del futboling, dejándome para el resto de mi vida un desconchón en la cabeza y la pierna derecha torcida.

Quise ser Gaia

De joven yo veía los programas de Punset. Recuerdo con especial fuerza uno dedicado a las transformaciones de nuestro cuerpo merced a la tecnología y a la alteración genética. Según veía las imágenes, venían a mi memoria fragmentos de la película Gattaca o de la novela Los propios dioses, de Asimov. Aquella fue la primera vez que quise ser Gaia. Debió ser en 2010, o 2012 a los sumo; fui consciente de que el futuro del hombre trascendería nuestra propia humanidad y me dio miedo. Una humanidad no carnal, o escasamente carnal, me producía terror. Por eso quise pensar como Lovelock y fundirme en una conciencia planetaria; ser parte de un ser mucho mayor como estrategia para proteger lo que de vida natural había en mi.
Quise ser Gaia y pensé en Pandora, el planeta conectado de Avatar. Durante años busqué la forma de fundir mi conciencia con la biosfera terrestre: medité, estudié los lenguajes animales y, finalmente, me topé con la tecnología. Hoy soy inmortal, soy uno con la Tierra, pero e…

Doce migas de pan...

Una marca sobre el borde la taza, doce migas de pan sobre el mantel naranja, la cucharilla ribeteada de espuma marrón reposando en el plato, el tarro de mermelada de arándanos abierto y llamando a la mosca. Ese era el paisaje que la desolación había sembrado en la cálida mañana de agosto.
En realidad falta citar algo: un teléfono móvil dejado de cualquier manera sobre la mesa. Se nota que alguien lo ha tirado allí hace un momento, casi se podría decir que aún se mueve. Incluso, aún podríamos oir el eco de las últimas palabras que transmitió.
El narrador ha visto en la terraza esa mesa y ha seguido con la mirada los gestos del comunicante que ahora mira al mar, reflexionando sobre sus últimos actos y en el motivo último que le ha llevado a arrojar el móvil. Mientras el narrado lo mira intrigado y piensa en las miles de razones que le podrían haber llevado a tirar el móvil.
La mosca ha entrado en el tarro.

Escribir por defecto

Tengo un problema serio. Al menos eso dicen los demás. A mi me parece una exageración. Más que un problema, o un defecto, o un demérito, es una virtud. Es posible que esta virtud la tenga en un grado impropio, tal vez si quiere el lector, en un grado exagerado, al menos en un grado mayor que el resto de los mortales que conozco (no puedo escribir sobre los que me son desconocidos). Escribo. Escribo como habla el que sufre de verborrea, mis manos se desplazan por el teclado o por el papel, según escriba en el ordenador o a mano, con la velocidad que permiten mis ojos y la conjugación de mis extremidades y sus tendones. Y, una vez que empiezo, me cuesta acabar. Siempre encuentro una frase más, la expresión escrita de un pensamiento que debe ser reflejado en el papel. O en la pantalla. Porque hoy la pantalla es tanto como el papel. Resumiendo, que escribo por defecto...
Que escribo.

El siervo de Amón

El desierto esperaba amarillo y seco su llegada. El templo quedaba atrás, junto con sus sueños de servir al Dios para el resto de sus días. Su pecado: haber descubierto la verdad. No había magia en las predicciones de los sumos sacerdotes, todo lo que decían ya estaba escrito en los pergaminos más viejos. Y, si las predicciones no eran de origen divino, tampoco las crecidas de río debían serlo. La arena quemaba sus pies; no era una hora apropiada para deambular fuera de la ciudad. Los hombres se refugiaban bajo los techos a la espera de que el sol perdiera algo de intensidad. El calor mantenía vivos sus pensamientos. ¿Cómo habían podido engañar durante tanto tiempo a tanta gente? Sólo una mezcla de poder e ignorancia lo había permitido. Cuando alguien, como él mismo, reconocía el fraude, simplemente se le expulsaba del Templo. Ahora tendría que vivir de la caridad de los campesinos, usando sus pocos conocimientos de curación y haciendo creer a todos que aún era un devoto siervo de Amó…

La colección magallánica

Posiblemente la idea se fue incubando poco a poco en su cabeza. El aire cada vez estaba más contaminado, más enrarecido, cada vez era menos aire y menos respirable. Seguramente por eso no le pareció mala idea embotellar aquel aire de mar, tan fresco, tan oloroso que le regalaba la tarde de abril. Desde entonces los tarritos de aire habían ido llenado cada vez más espacio en su casa y en su vida. Y como el aire de hoy no es como el de mañana, porque las corrientes lo mueven de forma caprichosa por la atmósfera, a la etiqueta con el lugar le fue añadiendo cada vez más datos: la fecha, la hora, la dirección del viento, la velocidad, la temperatura, el grado de humedad, la altitud.
Tenía aires caribeños, alpinos, magiares, esteparios, amazónicos, oceánicos, mesetarios... Una colección como ninguna. Un regalo para el futuro de la humanidad que sólo sería apreciado cuando ya no quedara un gramo de aire respirable en el mundo y los niños tuvieran que ir por la calle con escafandras. Cualquie…

Un arte manual

En sus manos grandes cualquier cosa parecía pequeña. Tampoco nadie podía dejar de fijarse en ellas, desproporcionadas con el resto del cuerpo, con dedos alargados. Manos de monstruo, le decían en el colegio los otros niños. Manos de elfo o de Paganini o de violinista, le decía su madre cuando lo descubría llorando.
Las palabras de su madre, su voz tranquila y de terciopelo, eran siempre el bálsamo que calmaba su desprecio al dios que le había marcado de tal forma. A veces soñaba que una máquina gigante las cortaba, y que todos lloraban menos él.
Su madre intentó que tocara el violín o el piano, convencida del alma de artista de su hijo. ¿Por qué si no Dios le había dotado de tan magníficas manos? Pero ni aquellas manazas ni su oído daban la talla de las aspiraciones maternas. Tan sólo un arte encajaba en aquellas manos: el de la muerte. Los cuellos se vencían entre sus dedos con la sencillez de los tallos tiernos. Y siempre había alguien dispuesto a pagar por sus actuaciones.

El dato perentorio

–Vamos, que es para hoy. ¿No ve usted la cola tan larga que hay?
– Si que hay cola, sí. Ni que esto fuera el fin del mundo. Tampoco creo haya mucha prisa, yo no los veo impacientes. Le decía que mi fecha de nacimiento es el 15 de octubre de 1967, aunque me adelanté 3 semanas. Al menos eso me contó mi madre que dijo el médico. Es posible que ese adelanto, por supuesto esto es sólo una conjetura, haya tenido que ver con la forma en la que se ha desarrollado luego mi vida.
– Eso ya me lo había contado hace un rato. Además, no es esa la fecha que le he pedido.
– Ya, pero es que precisamente usted debería comprender que nada es tan sencillo. Algunas cosas requieren una explicación. Desde pequeño me enseñaron que las cosas dependen siempre del color del cristal con que se miren. Y, dada la importancia del trámite, creo que debo ser especialmente exhaustivo en este caso.
– Claro que el trámite es importante, pero con sus circunloquios lo único que consigue usted es retrasarlo. Y es una estu…

Una vela y un mástil

Los atardeceres en las grandes ciudades se tiñen de un rojo sucio que se expande por el cielo hasta las cumbres de los rascacielos. Sólo en invierno, cuando las nubes dejan un rastro blanquecino, el rojo reverbera e incendia los escaparates de los bajos comerciales. En una tarde así, en un Madrid de enero, decidí dejarlo todo por una vela.
Soy de interior, tan de interior que no conocí el mar hasta bien entrado en la veintena. Y aquella visión no produjo en mí ninguna de las sensaciones grandiosas de las que está llena la literatura. Antes al contrario, tanto azul, tanto horizonte, produjo en mi espíritu un miedo ancestral a lo infinito, a lo inabarcable.
Vendí mi casa, logré un despido ventajoso y me mudé a un velero de 11 metros amarrado a un puerto mediterráneo: una vela y un mástil que no sabía manejar. Durante semanas mi tiempo lo ocupó el estudio de varios manuales de navegación, ninguno de los cuales era capaz de transformar las enseñanzas escritas en los automatismos que requi…

Frío financiero

No es sólo frío. Es una mano helada que te atenaza. Son los pies congelados pesando una tonelada. Es temblar hasta que suenan los dientes.
Y no es por el frío; al menos, no todo. La temperatura lleva ya varios días por debajo de cero, algo ya de por sí bastante infrecuente aquí. En un primer momento bastaba con abrigarse; no era cómodo para caminar pero era suficiente. Sin embargo, hoy, justo después de que Standard & Poor's bajara la calificación del reino otra vez, los ojos de la gente comenzaron a contagiarse el helor los unos a los otros, y el vapor de las respiraciones comenzó a escarcharse antes de abandonar el cuerpo.
No es sólo frío. Es algo más.