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Mostrando entradas de diciembre, 2011

Desmoronamiento

El muro de hormigón se derrumbó de abajo hacia arriba. La base, cansada de mantener el peso de los metros superiores, se fue convirtiendo en polvo, en poco más que arena de playa gris. Y el resto de la pared fue colapsando a medida que se deshacían los centímetros inferiores.
No podía ser aluminosis, tampoco un efecto de la erosión. Detrás de aquel inexplicable fenómeno había ago más, algo inexplicable que había estado derrumbando diversos edificios alrededor de todo el mundo. Los grandes iconos de la arquitectura del siglo XX caían uno tras otro: las grandes torres del sudeste asiático o de Oriente Medio, el nido de Pekín y, ahora, la ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia... Pero también caían los edificios normales, los poblados por la gente, los que de verdad suponían una catástrofe  para sus habitantes.
No era aluminosis, pero los científicos de todo el mundo se esforzaban por encontrar una razón: una bacteria come hormigón, un sabotaje en gran escala, terrorismo islámic…

Soy bueno con las palabras

Soy bueno con las palabras, por eso ellas vienen en mi auxilio cuando las necesito. Apenas tengo que pensar. Acuden raudas a mi boca y llenan con sus fonemas el silencio. Explicar una idea, consolar, decir una verdad dura, mentir para evitar una dura verdad... Siempre encuentro las palabras adecuadas.
Por desgracia, mis ojos son rebeldes. Puede que se sientan maltratados por las gafas tempranas, las operaciones o las horas excesivas de pantalla. Lo cierto es que mis ojos nunca colaboran: cuando mis palabras quieren parecer seguras, ellos se muestran nerviosos y, lo peor, cuando uso palabras mentirosas, mis ojos componen una mirada huidiza que me delata.
Por eso procuro no mezclar ojos y palabras; por eso, usted lector, nunca me encontrará hablando en un video de YouTube o en televisión, y sólo sabrá de mi a través de los retazos de historias que tejo con las palabras para este pequeño mundo al otro lado de la Red.

Tirando a dar

El descampado sonaba tal y como lo hacen dos piedras al chocar. Jugábamos a lanzar lo más lejos posible diversos pedruscos, aunque siempre ganaba el mismo. La fuerza de su brazo era incomparable a la del resto y, una vez tras otra, sus lanzamientos nos sumían en la más profunda humillación.
No lo preparamos, surgió así. Un día decidimos cambiar las reglas y dividirnos en dos equipos. Nos situaríamos a ambos lados del descampado y arrojaríamos las piedras los unos a los otros, tirando a dar. Cada uno tendría tres vidas: herido, grave y muerto. Y estaba prohibido llorar.
Como nuestro entrenamiento había consistido en lanzamientos lejanos, lográbamos pegar duro, pero casi nunca con acierto, al menos hasta que pasados unos minutos comenzamos a acercarnos más a los objetivos. Y él era nuestro objetivo prioritario. La primera pedrada le dio en la rodilla, la segunda, casi inmediata, impactó en su pecho, y la tercera le acertó en medio del cráneo, cuando se agachaba por el dolor de las anter…

Tesoros escondidos

Comprar libros compulsivamente tiene dos graves inconvenientes. El primero es el espacio, o la falta del mismo. El segundo es la frustración que genera ver crecer de forma constante el montón de libros por leer.
Sin embargo, la acumulación y el tiempo generan también las condiciones necesarias para el descubrimiento. En ocasiones, cuando uno rebusca entre los libros del montón, descubre un tratado sobre Bizancio que no recordaba, o la penúltima novela del último premio Nobel. Y entonces, sin ni siquiera quitarles el polvo, comienzas a leer porque ya no es libro, sino un tesoro, un tesoro escondido que hay que gastar de inmediato, antes de que el tiempo u otro pirata lo vuelvan a esconder irremisiblemente.