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El fetichista cúbico

Pasear es un entretenimiento muy aburrido, a no ser que se haga por un objetivo más elevado, como renovar el vestuario, despellejar a media escalera o poner coto al colesterol. Y, a veces, ni aún así.
Mi caso, como el de muchos, tenía que ver con los malditos triglicéridos, que aún no sé que son, pero sé que no son buenos.
Comencé a dar largos paseos por la ciudad, con una querencia casi natural hacia la orilla del mar. Al principio me entretenían los paisajes pausados de la propia urbe, tan extraños para un animal sedentario como era mi anterior yo. Pero pronto los árboles mecidos por el viento y las nubes de formas caprichosas me comenzaron a hartar. Afortunadamente, una moda nueva vino en mi ayuda. Por aquel entonces, con la excusa de las transparencias, las mujeres comenzaron a llevar tanga y me sorprendí a mi mismo intentando averiguar si las paseantes con las que me cruzaba lo portaban o no. Mis ojos se especializaron en dicha materia y expertos escudriñaban en la parte alta de los glúteos, buscando la sombra triangular que confirmara mis sospechas. Al final, incluso eso dejó de ser necesario y el propio movimiento al caminar de la pieza observada ya me daba la clave de su ropa interior. Volví a aburrirme.
Ahora ya no me fijo en las mujeres, sino en los hombres que se fijan en las mujeres. Otros que, como mi yo anterior (pero menos), se dedican a escudriñar los culos ajenos en busca de la prueba de un tanga. Los adivino en la distancia, siempre manteniéndose unos pasos por detrás de la presa, observando las redondeces sospechosas y enunciando una sonrisa pícara cuando la pesquisa termina con éxito. Y, cuando ellos sonríen, sonrío yo también y marco una nueva muesca mental en la culata de mi pistola imaginaria.

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