Ir al contenido principal

El fetichista cúbico

Pasear es un entretenimiento muy aburrido, a no ser que se haga por un objetivo más elevado, como renovar el vestuario, despellejar a media escalera o poner coto al colesterol. Y, a veces, ni aún así.
Mi caso, como el de muchos, tenía que ver con los malditos triglicéridos, que aún no sé que son, pero sé que no son buenos.
Comencé a dar largos paseos por la ciudad, con una querencia casi natural hacia la orilla del mar. Al principio me entretenían los paisajes pausados de la propia urbe, tan extraños para un animal sedentario como era mi anterior yo. Pero pronto los árboles mecidos por el viento y las nubes de formas caprichosas me comenzaron a hartar. Afortunadamente, una moda nueva vino en mi ayuda. Por aquel entonces, con la excusa de las transparencias, las mujeres comenzaron a llevar tanga y me sorprendí a mi mismo intentando averiguar si las paseantes con las que me cruzaba lo portaban o no. Mis ojos se especializaron en dicha materia y expertos escudriñaban en la parte alta de los glúteos, buscando la sombra triangular que confirmara mis sospechas. Al final, incluso eso dejó de ser necesario y el propio movimiento al caminar de la pieza observada ya me daba la clave de su ropa interior. Volví a aburrirme.
Ahora ya no me fijo en las mujeres, sino en los hombres que se fijan en las mujeres. Otros que, como mi yo anterior (pero menos), se dedican a escudriñar los culos ajenos en busca de la prueba de un tanga. Los adivino en la distancia, siempre manteniéndose unos pasos por detrás de la presa, observando las redondeces sospechosas y enunciando una sonrisa pícara cuando la pesquisa termina con éxito. Y, cuando ellos sonríen, sonrío yo también y marco una nueva muesca mental en la culata de mi pistola imaginaria.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…

La ruleta del culpable

Uno: "Los tres tenemos ya una edad, hemos vivido razonablemente bien y nos enfrentamos a demasiadas incertidumbres. Esta es objetivamente la mejor solución".
Dos: "Pero no es justo. Yo solo continué con vuestro sistema. Mi responsabilidad no es tan grande como la vuestra".
Tres: "Perdona, tú no lo inventaste, pero fuiste el más beneficiado. Si usamos criterios objetivos, yo estuve menos tiempo, y soy el más joven de los tres".
Uno: "No tiene sentido que discutamos. Esto ya lo hablamos en su momento, uno de nosotros tiene que asumir toda la culpa. Lo necesitamos el resto, lo necesita el partido y hasta la sociedad. Tenemos que jugar esta partida".
Tres: "Pero, ¿y si no sirve de nada? ¿Y si la justicia sigue tirando del hilo?"
Uno: "Eso no sucederá, él nos ha dado su palabra. Quien pierda será el señalado por las pruebas y los testigos. Los demás recibirán castigos menores, pero para todos solo uno de nosotros será el mayor de los c…

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía.
En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle.
La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente este su…