Ir al contenido principal

A través de una botella de Alhambra 1925

Nadie más parecía darse cuenta de ello, pero allí estaba. A la izquierda del Sol y un poco por encima de la línea quebrada por la sierra que formaba el horizonte, un pequeño objeto brillante le hacía compañía durante las últimas dos horas. Sentado en lo alto de un columpio infantil, bañado por la cegadora luz del medio día, y por su propio sudor fruto del calor, Alberto miraba a través de una botella de cerveza Alhambra 1925 el sorprendente fenómeno.
Al principio pensó que podría tratarse de un reflejo producto de un trozo demasiado grande de la llamada basura espacial, o un satélite o de la reentrada en la Atmósfera de alguna nave espacial americana, o china, porque los chinos estaban sumándose a cuanta carrera tecnológica hubiera. Sin embargo, sus conocimientos no alcanzaban más lejos y su natural pesimista señalaba en otra dirección. Tal vez se tratara de un meteorito en trayectoria de colisión; tal vez todos los gobiernos del mundo estaban ahora reunidos intentando evaluar las consecuencias, o tal vez ya lo habían hecho y ahora estaban todos en sus búnkeres esperando sobrevivir al impacto, mientras el resto de ciudadanos seguían con sus ignorantes vidas. O puede que sólo fuera un simple efecto óptico, una caprichosa deformación en el vidrio de la botella que provocara el reflejo.
Apartó la botella de sus ojos y con ellos apretados miró hacia el lugar donde había estado mirando. Allí, un poco por encima del horizonte y a la izquierda del Sol una nueva luz más pequeña y más brillante rivalizaba, desde hacía dos horas, con el astro rey.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…

La ruleta del culpable

Uno: "Los tres tenemos ya una edad, hemos vivido razonablemente bien y nos enfrentamos a demasiadas incertidumbres. Esta es objetivamente la mejor solución".
Dos: "Pero no es justo. Yo solo continué con vuestro sistema. Mi responsabilidad no es tan grande como la vuestra".
Tres: "Perdona, tú no lo inventaste, pero fuiste el más beneficiado. Si usamos criterios objetivos, yo estuve menos tiempo, y soy el más joven de los tres".
Uno: "No tiene sentido que discutamos. Esto ya lo hablamos en su momento, uno de nosotros tiene que asumir toda la culpa. Lo necesitamos el resto, lo necesita el partido y hasta la sociedad. Tenemos que jugar esta partida".
Tres: "Pero, ¿y si no sirve de nada? ¿Y si la justicia sigue tirando del hilo?"
Uno: "Eso no sucederá, él nos ha dado su palabra. Quien pierda será el señalado por las pruebas y los testigos. Los demás recibirán castigos menores, pero para todos solo uno de nosotros será el mayor de los c…

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía.
En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle.
La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente este su…