Ir al contenido principal

En mitad de un cortafuegos

El pelo ya ni siquiera ralea: se cae. Ves como el tiempo se acelera ante tus ojos y alrededor de ellos. Cada mañana ante el espejo asistes a un ejercicio de autoflagelación visual: aumentan la papada, las bolsas bajo los ojos, la tripa y la desesperación de saberse cada día un poco más viejo. Entonces entra la prisa. Hay que hacer todo aquello que se quiere hacer, y hacerlo cuanto antes, y porque es mejor hacerlo con pelo que sin él. Evidentemente, éste no es el mejor argumento, por eso todo se termina torciendo.
Cambias de coche, de mujer, de aficiones y comienzas a correr. Porque correr es barato, lo puede hacer cualquiera y no necesita un horario específico. Así te sientes más joven. Lo que nadie te cuenta, lo que ni siquiera imaginas, es que terminarás a la mitad de un cortafuegos escarpado de 3 kilómetros, hundido, sin un gramo de fuerza ni de autoestima, esperando que una ambulancia todoterreno te saque de allí, o que un milagro en forma de bebida isotónica te devuelva de pronto la fortaleza de los 15 años. Pero eso no pasará; lo sabes porque tienes más de 40 y ya no crees en milagros ni cuentos de hadas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

20x20x20

Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en l…

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…