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Nena Daconte no tenía iPod

Fue dejando el rastro de su sangre en la nieve mientras él conducía como un salvaje. Los kilómetros vaciaban lentamente su cuerpo y ni él, ni ella, se daban cuenta. Nena dormitaba camino de París, soñando que caía lentamente desde un globo aerostático pintado de un solo color. Cuando por fin se dio cuenta de que el filo hilo rojo que había empapado su ropa le estaba vaciando el alma, ya era tarde. El salvaje apenas pudo llevarla al hospital y luego esperar a que el destino se la birlara y se burlara de él.
Mientras estuvo viva, me dijo ayer tarde, siempre tuvo música en su cabeza. Incluso cuándo hacíamos el amor apremiados por el tiempo y el miedo a ser descubiertos.
— Entonces hubiera alucinado con un iPod — respondí para arruinar su recuerdo. Pero mirando la foto de bodas desde la que sonreía a través del tiempo y del espacio, no pude por menos que imaginarla bailando con unos cascos blancos encajados en sus oídos.

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