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El cordón umbilical

En la oficina las noticias y las personas corren casi a la par. En un día normal es difícil ver a las secretarias atarear sus tacones por los pasillos; pero en los finales de mes, con el cierre de procesos y los contables apretando a todos los departamentos, el nerviosismo y las prisas se dan la mano para hacer de nosotros una caricatura del hundimiento del tercer Reich.
Hoy es 30 de mayo. No digo más. Los incentivos están a la vuelta de la esquina y a las carreras habituales se le suman las risas más tontas que de costumbre y un mayor servilismo por parte de todos. Siempre he pensado que, en esta empresa, el 30 de mayo debería considerarse el día de los reptiles.
Pero a media mañana ha pasado algo inaudito: en mitad del vórtice de actividad que es el final del mes de los incentivos, nuestros equipos eléctricos han sucumbido y se han interrumpido las comunicaciones. Adiós a Internet, adiós los servidores de trabajo, al correo, al teléfono, al fax; a todo. En un primer momento ha reinado el pánico. Convertidos en agentes del caos, administrativos, comerciales, becarios, secretarios, jefes de departamento y directores generales nos hemos cruzado miradas de desesperación y nos hemos infundido aún más pánico.
Al rato se ha corrido la voz de que no habrá solución hasta mañana y el pánico ha dejado lugar a la resignación. Sin nuestro cordón umbilical no somos nada. Unos se han aparcado en la máquina del café, otros han ordenado su escritorio compulsivamente, alguno se ha quedado con la mano apretando el ratón mirando a la pantalla inútil del ordenador y la directora general se ha ido de compras. Sólo yo seguí pulsando el teclado, con la tenue esperanza de que la conexión reapareciera milagrosamente y que todo ese esfuerzo no terminara siendo estéril.

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