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Mostrando entradas de mayo, 2011

La posibilidad de una caja

Siempre he odiado las mudanzas. Como hijo de emigrantes y habiendo vivido parte de mi vida en casas de alquiler, cada cambio era una guerra en la que desaparecían muchos recuerdos y quedaban atrás paisajes y personas que hubieran podido ser mías.
Esta mañana la oficina era una calle de Mostar y las mesas eran empalizadas improvisadas con cajas. En medio del desorden nos afanábamos por encontrar los restos de nuestros naufragios, repartidos con metódico descuido por todas partes. Entonces tuve la idea. Amontoné las cajas alrededor de mi puesto, construyendo con ellas un improvisado refugio de recias y efímeras paredes. Y, luego, debajo de la mesa, vacié dos cajas más con las que me hice un pequeño féretro en el que acurrucarme tranquilo hasta el final de la batalla. [Posted with iBlogger from my iPhone]

La camarera

Ella sonreía a todos. Desde su posición al otro lado de la barra, de cara a la puerta del local, aquella pequeña camarera controlaba a todo el mundo. Al mismo tiempo que servía las copas al grupo del extremo, conversaba con las chicas del centro y le indicaba al compañero que el trago al señor mayor con bigote debía ser largo, porque éste los agradecía repitiendo la suerte un par de veces.
La chica no era guapa, aunque contaba con el indudable atractivo de los que se saben ganadores. Ella hoy podía ser el objeto de deseo de los borrachos más noctámbulos, pero su destino de princesa tarde o temprano le saldría al paso, bien en forma de príncipe azul, bien en la forma de un trabajo como actriz. Y mientras yo dudaba entre un brugal cola o un gin tonic con alguna ginebra de moda, ella me sonreía con paciencia, seguramente por costumbre, pero y también porque nunca se sabe detrás de qué curva se esconde tu destino.

Amnesia

No puedo encontrar el nombre entre las notas que se alinean en mi agenda. Tampoco la memoria me ayuda a aliviar la sensación de desasosiego. A veces, un rostro te para por la calle, te sonríe, te saluda, y te pregunta por la familia. La costumbre de fingir y la curiosidad te hacen parar y responder con simpatía. Incluso, le tocas el hombro para que se sienta cercano y le preguntas cómo le va. En realidad no te interesa saberlo, sólo estás ganando tiempo para que tal vez su voz, tal vez sus palabras terminen por darte la pista de su identidad. Suele ser suficiente, pero hoy no lo ha sido.
Se ha despedido con un "a ver si me llamas por fin algún día". Lo he visto alejarse, igual de sonriente que cuando nos encontramos, y unos metros más abajo se ha parado con otro transeúnte. He pensado que, de la misma forma que yo tengo costumbre de fingir que recuerdo a la gente que me conoce, él puede hacer lo mismo. Igual que yo saludo a los que me mantienen la mirada al menos dos segundo…

Contrarreloj

Sus ojos se han cruzado un par de veces en medio de la pista. El sonido atronador y el ritmo asincopado  que el DJ lanza desde su ordenador provocan juegos de luces que intensifican sus miradas. Él la sigue hasta la puerta del baño y le dice:

– No puedo dejar de mirarte.
– A lo mejor no lo intentas lo suficiente – le responde cortante ella.
– A lo mejor es que no quiero intentarlo. Y tú también me has mirado.
– Es que tienes pinta de loco.
– Y los locos hacen locuras.

Todo el diálogo transcurre a gritos y deben acercar sus cabezas para que las palabras atraviesen la barrera del ruido. Tras pronunciar locuras, los labios de él buscan el camino hacia los de ella. Y lo encuentran. Y ambos se enzarzan en un abrazo que les desgarra. En los 1,5 por 1,5 del retrete se desarman los peinados y se susurran tequieros sin oírse. Ahora la música marca el ritmo de su amor.
Una patada en la puerta revienta el momento. Otello les arranca de su instante de eternidad y empuja al amante contra el lavabo…

Y el general levantó la cabeza

Le pareció que había dormido demasiado. No recordaba el momento en el que había cerrado los ojos y cualquier recuerdo le resultaba demasiado lejano. Esa fue la primera fuente de extrañeza. La segunda provino del lugar. A poco de abrir los ojos pudo darse cuenta de que descansaba en un espacio estrecho pero enormemente apolillado. Con apenas un gesto pudo desencajar lo que quedaba del féretro y así ganar algo más de espacio. La tercera fue no necesitar respirar. Añoraba la vieja sensación del aire atravesando sus fosas nasales, resbalando hacia dentro de su cuerpo. Después de eso, dejo de extrañarse.
Salió del mausoleo con menos trabajo del supuesto. La verja estaba desvencijada y era obvio que el mantenimiento de la tumba se había suspendido hacía años. Luego encaminó sus pasos hacia la calle, atravesando el camposanto que una vez inauguró bajo palio, y al que había entregado muchos de sus más secretos inquilinos. Pudo notar las miradas de los pocos visitantes, pero no descubrió en el…

Nena Daconte no tenía iPod

Fue dejando el rastro de su sangre en la nieve mientras él conducía como un salvaje. Los kilómetros vaciaban lentamente su cuerpo y ni él, ni ella, se daban cuenta. Nena dormitaba camino de París, soñando que caía lentamente desde un globo aerostático pintado de un solo color. Cuando por fin se dio cuenta de que el filo hilo rojo que había empapado su ropa le estaba vaciando el alma, ya era tarde. El salvaje apenas pudo llevarla al hospital y luego esperar a que el destino se la birlara y se burlara de él.
Mientras estuvo viva, me dijo ayer tarde, siempre tuvo música en su cabeza. Incluso cuándo hacíamos el amor apremiados por el tiempo y el miedo a ser descubiertos.
— Entonces hubiera alucinado con un iPod — respondí para arruinar su recuerdo. Pero mirando la foto de bodas desde la que sonreía a través del tiempo y del espacio, no pude por menos que imaginarla bailando con unos cascos blancos encajados en sus oídos.

Dejar de caer

A veces sueño que dejo de caer. En medio de la bajada, cuando la presión del aire que atravieso me deforma la cara en una sonrisa triste, el tiempo se para de golpe y la tierra rechaza mi abrazo atroz.
No sucede siempre, la mayor parte de las veces, la incomparable sensación de libertad se interrumpe por el dolor físico de la caída, o por el brusco despertar (que no es más que otro dolor aún más físico). Pero cuando dejo de soñar que caigo, a la libertad le sustituye la sensación de poder. Sólo entonces, y sólo dentro de ese sueño, me siento capaz de pedirte perdón.
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El cordón umbilical

En la oficina las noticias y las personas corren casi a la par. En un día normal es difícil ver a las secretarias atarear sus tacones por los pasillos; pero en los finales de mes, con el cierre de procesos y los contables apretando a todos los departamentos, el nerviosismo y las prisas se dan la mano para hacer de nosotros una caricatura del hundimiento del tercer Reich.
Hoy es 30 de mayo. No digo más. Los incentivos están a la vuelta de la esquina y a las carreras habituales se le suman las risas más tontas que de costumbre y un mayor servilismo por parte de todos. Siempre he pensado que, en esta empresa, el 30 de mayo debería considerarse el día de los reptiles.
Pero a media mañana ha pasado algo inaudito: en mitad del vórtice de actividad que es el final del mes de los incentivos, nuestros equipos eléctricos han sucumbido y se han interrumpido las comunicaciones. Adiós a Internet, adiós los servidores de trabajo, al correo, al teléfono, al fax; a todo. En un primer momento ha reina…

Una muerte más

Un solo disparo, limpio y certero. La bala le atravesará el cerebro y no sentirá nada... Y todo habrá terminado. El francotirador se concentra con su propia respiración y centra su mirilla en el enemigo. Las órdenes no se discuten, pero no puede dejar de pensar que este enemigo, y todos los demás, son personas que tienen familias, que tienen sueños y esperanzas y que él será el responsable del dolor de las familias y de la ruptura de sus sueños. Da igual que sean terroristas, traficantes, revolucionarios o políticos corruptos. La sombra de la duda siempre existe.
El dedo del gatillo se tensa y tras una profunda aspiración termina de recorrer el trayecto hacia el disparo. Al mismo tiempo que el sonido silenciado termina de extinguirse, el enemigo cae. Han muerto sus sueños y da comienzo el dolor de los suyos.

Ahora que ya no importa

Es una pena. Una verdadera pena. He elegido el nombre de Judas I y nadie le ha dado mayor importancia. He preferido vestir de negro y sólo ha despertado la ira de un par de famélicas monjas del servicio de cámara. Durante siglos hemos estado luchando por infiltrarnos en la institución, hemos hecho todo lo posible por pervertirla desde arriba hacia abajo y desde abajo hacia arriba con bastante éxito, por cierto. Y ahora que el hijo del oscuro ha cumplido la profecía y ha alcanzado el gobierno del pueblo de dios, ya no importa.
Los hombres ya no creen en dioses, o al menos en los dioses antiguos. Nada de lo que yo pueda decir logrará arruinar más este edificio que ya está apolillado. He conquistado un país fantasma en el que casi nadie cree: unos porque consideran superflua nuestra existencia para explicar el mundo y otros, porque nos han sustituido por los más poderosos dioses del poder y el dinero.
Ahora que ya no importa, hemos ganado la guerra y nadie se ha dado cuenta...