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Tengo un cuento para tí, papá

Como cada noche desde hacía 4 años, se preparaba para la liturgia del cuento. Al principio no los leía, simplemente iba inventando, o le contaba alguno de los clásicos que aprendió siendo niño.
Pero, de un tiempo a esta parte, la necesidad de exactitud que pedía el niño hacía poco menos que imposibles las improvisaciones. Los tres cerditos de hoy debían coincidir palabra por palabra con los tres cerditos de ayer.
Como siempre el niño esperaba ansioso en la cama, abrazado al muñeco de turno: ora un ratón Mickey, ora un Gusiluz, ora Andresín, el osito de peluche heredado del primo. Entonces comenzaba la negociación del cuento. El padre, empeñado en leer alguno nuevo, y el niño insistiendo en los de siempre. Al final terminaban haciendo lo que quería el pequeño y el padre leía nuevamente las páginas gastadas del uso. Luego terminaba las narraciones con un "colorín, colorado, este cuento se ha acabado" y un beso de buenas noches en la mejilla.

– Papa, hoy tengo yo un cuento para tí –dijo aquella noche. El padre, asombrado, se sentó junto a él en la cama y le pidió que se lo contara.
– Había una vez tres cerditos ...

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