Ir al contenido principal

Tipos de almas

No se confundan ustedes. Lo mío no tiene que ver ni con Dios y su Corte Celestial, ni con los marcianos de Ganímedes. Lo mío es difícil de creer hasta para mí. Así que antes de comenzar a querer reírse a mi costa, dejen que les explique. Si es que puedo.
Algunos le llaman aura, yo prefiero llamarle alma, porque no es sólo un círculo de luz alrededor de una persona; ese alma que yo percibo (no sólo la veo) cambia, es cierto, con los estados de ánimo; pero también tiene tendencias que se mantienen en el tiempo, y que son el reflejo de la personalidad de su poseedor.
A algunas personas, el alma se les derrama literalmente, de forma que logran abrazar las de otros seres. Otras, sin embargo, son pequeñas o incluso menguantes, y pertenecen a sujetos normalmente abyectos o resentidos. He llegado a ver un alma que era llorada: se diluía a goterones junto con las lágrimas de una mujer.
Se preguntaran qué pasa con el alma cuando uno muere. Ya les dije que no creo que sea cosa de Dios, no creo siquiera que exista: el alma, simplemente, se extingue. Es más, no descarto que la muerte sólo sea lo que nos sucede cuando se nos gasta el alma.

Comentarios

Irilien ha dicho que…
Me encantó la conclusión, feliz año ^^.
investigadora ha dicho que…
hola, perdona pero has investigado sobre tema de las almas? bueno pues creo que cambiarias totalmente de opinión. Pero no una investigación superficial, sino una a fondo.
Anónimo ha dicho que…
que buena vista tienes.

Entradas populares de este blog

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…

La ruleta del culpable

Uno: "Los tres tenemos ya una edad, hemos vivido razonablemente bien y nos enfrentamos a demasiadas incertidumbres. Esta es objetivamente la mejor solución".
Dos: "Pero no es justo. Yo solo continué con vuestro sistema. Mi responsabilidad no es tan grande como la vuestra".
Tres: "Perdona, tú no lo inventaste, pero fuiste el más beneficiado. Si usamos criterios objetivos, yo estuve menos tiempo, y soy el más joven de los tres".
Uno: "No tiene sentido que discutamos. Esto ya lo hablamos en su momento, uno de nosotros tiene que asumir toda la culpa. Lo necesitamos el resto, lo necesita el partido y hasta la sociedad. Tenemos que jugar esta partida".
Tres: "Pero, ¿y si no sirve de nada? ¿Y si la justicia sigue tirando del hilo?"
Uno: "Eso no sucederá, él nos ha dado su palabra. Quien pierda será el señalado por las pruebas y los testigos. Los demás recibirán castigos menores, pero para todos solo uno de nosotros será el mayor de los c…

Un hedor insoportable

Al principio solo lo notaba de vez en cuando. Era muy sutil,  de forma que podía pasar por un olor casual y pasajero. Pero a los pocos días se hizo continuo. Siempre estaba bajo mi nariz y, por momentos, se hacía más y más insoportable. Busqué por toda mi casa la fuente posible de la peste: pensé que podía deberse a una rata muerta. Incluso convencí a mis vecinos para que me dejaran revisar sus pisos. Ellos no olieron nada, ni en sus casas ni en la mía.
En un momento dado recordé haber leído algo sobre un caso similar. Los vecinos de un inmueble habían estado sufriendo un mal parecido, aunque se lo habían ido contagiando de uno a otro. Desesperado, contraté los servicios de una prostituta con la idea de pasarle a ella la maldición o la enfermedad. Pero no resultó, el olor continuó conmigo, junto con un profundo sentimiento de culpa por haber pretendido contagiarle.
La medicina tampoco encontró remedio a mis malos olores. Así que ante la tesitura de tener que sufrir eternamente este su…