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Mostrando entradas de 2009

Sayonara, baby

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado...
Este es el único post de la bitácora que no es un cuento. Es una explicación y una despecida. Cuando comencé hace más de un año, mi apuesta era escribir un cuento cada día. Pronto me di cuenta de que, aunque eran relatos cortos, muy cortos, el objetivo de un día, un cuento era irrealizable: no tengo tanta voluntad.
Sin embargo, si quise llegar a los 365 cuentos, 365 días aunque sólo fuera en sentido metafórico.

Esta historia se termina, pero ahora me propongo otra aventura: escribir una novela por entregas. En lugar de relatos independientes, formarán parte de una historia mucho más amplia. Eso sí, ya de antemano no me propongo ni plazos ni metas. El título ya existe: "Crónica de Muchedumbres", basada en un cuento largo que escribí hace muchos años, y que nació con vocación de ser mucho más amplio.
Así que, querido lector, hasta la vista...


F I N

El último cuento

Durante 365 días escribió 365 cuentos. Al principio soñó con un libro infinito, de infinitos relatos ligeramente parecidos, probablemente distintos. Luego quiso emular a los maestros orientales y se puso de límite mil y una noches. Finalmente, agotado y aburrido de si mismo y de repetir una y otra vez los mismos cuentos, quiso alcanzar los 365. Un año, lo que le permitiría jugar con los títulos del libro que se esforzaba en imaginar: "Un año de cuentos", "No más de 15 ni más de un año", etc.
El reto cumplido a medias, pero finalizado dejaba paso a una nueva aventura, mucho más atrevida: releer todos aquellos pedazos de imaginación, ordenarlos y procurar un editor para los mismos. ¿Lo lograría?

Realismo social

Buscó entre las novelas del estante. Estaba seguro de haberlo leído antes, no recordaba exactamente cuándo. Las baldas sobrecargadas crujían cada vez que alguno de los volúmenes las abandonaba o volvía a ser depositado en ellas.
Desde los titulares de la primera página el diario gritaba al mundo el derrumbe de la Unión Soviética. Jesús seguía buscando, mirando apenas el título de cada libro. Pero pronto se vonvenció que ninguno de sus tesoros narraba la hecatombe del régimen comunista más poderoso del planeta. Así que se rindió.
Mientras, en lo más profundo de una de las cajas del trastero, un viejo relato escolar sonreía de orgullo a pesar del suspenso en rojo y la nota manuscrita de Don Jesús: esto es ciencia ficción, no realismo social.

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Versos que se disparan

Me gustan los versos que disparas para matar mi ensueño, aunque prefiero los silencios compañeros de noches de bailes clandestinos. Esos que susurramos ante las habitaciones del los niños, temerosos y deseosos de que nos sorprendan de una vez.
Me gustan tus dardos procaces, disparados al abrigo de unas sábanas culpables, engarzados entre tus labios cálidos.
Me gusta oirte y que me oigas.
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El fin

Probablemente seamos los últimos. Vimos en la escuela el final de la Tierra y de nuestro sistema solar de origen, sabíamos que la entropía acabaría venciendo, que la gravedad desaparecería para siempre y que el Universo acabaría convertido en una sopa fría de partículas.
Antes éramos miles. En los mejores tiempos del Arca todos los módulos estaban operativos y llegamos a pensar que podríamos sobrevivir vagando eternamente. Pero ya nadie tiene Fé. Las mujeres han renunciado a los hijos y los suicidios son ahora la principal causa de muerte.
No queremos seguir. Y no seguiremos. Hemos puesto rumbo a la Estrella Términus en la que carbonizaremos los últimos sueños de la humanidad.
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La última humillación

Nunca pensó que llegaría este extremo. Pero la espiral de degradación personal que comenzó con el consabido "Pelaez, no se lo tome a mal, pero está despedido", le hacía ahora descender un nuevo peldaño. Con un gorro de Papá Noel y una diadema de reno rescatada de la basura, convencido de que a mayor humillación. mayor limosna, comenzó un nuevo día de trabajo.
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Tengo que escribir algo

Tengo que escribir algo, se dijo. La virginal imagen de la pantalla en blanco esperaba inocente la primera palabra. Pero sus pensamientos se encontraban a eones de distancia de su voluntad. Pensó, como otras veces, en una palabra poderosa, en un título del que tirar, dejando a las palabras fluir desde la punta de sus dedis. Intentó en vano imaginar un personaje que fuera capaz de generar un relato.
El cursor parpadeante sobre los mismos píxeles se aburría infinitamente.
Venga, que sólo son 15 líneas, se animó. El silencio que le devolvió el teclado le hizo darse cuenta de que la aventura de los cuentos llegaba a su fin.
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La nostalgia es el infierno

Fue justo cuando el cantautor se acomodó en el borde del escenario y empezó los acordes de una canción de su primer disco. En ese momento José abandonó la calidez del público y se trasladó muy, muy lejos de allí. A un lugar indeterminado y frío.
Y frente a él apareció ese joven con la cabeza llena de pájaros y la certeza de saberse incombustible, inasequible, invencible. Sus ojos reflejaron los de aquél y comprendió que sólo los distinguía la luz que ya jamás se asomaría a los suyos. El tiempo, las derrotas y la desesperanza se agarraron a sus entrañas sin compasión alguna.
Al terminar la canción, entre aplausos, ella lo vio llorar, con la mirada dirigida a un punto muy profundo de su propio interior y recordó también a aquel joven. Y comprendió todo lo que habían perdido.

Vivir un día más

Lo decía como una cantinela diaria, como un mantra con el que comenzar o terminar el día: "hay que pasar el día para llegar a mañana".
Los amigos y sus compañeros de trabajo nunca pensaron demasiado en ello. Era demasiado alegre y optimista como para pensar que vivía de prestado.
Hoy todos lo entendemos y algunos hemos adoptado esa máxima como parte de nuestra propia existencia.
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Barriendo hacia dentro

Lola sufría unas jaquecas demoledoras. El dolor era tan agudo que la dejaba prácticamente inerme. En esas ocasiones cerraba las persianas de su habitación y se refugiaba en la profundidad silenciosa de sus sábanas. Dejaba de ser persona; enrollados los brazos alrededor de las rodillas, en posición fetal, rogaba a su improbable Dios para que el sueño ahogara las punzadas de dolor.
Los médicos no eran capaces de sanarla. La mayor parte de los que consultó concluyeron que debía acostumbrarse a vivir con él para el resto de su vida. La otra Lola, la abuela a la que honraba con su nombre, una viuda joven de la postguerra, fue la que le ofreció el diagnóstico más certero: "niña, lo que a ti te pasa es que lo barres todo padentro".
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La última frontera

Durante milenios hemos vagado por el espacio. No sabemos si en la Tierra sigue habiendo humanos, o si siguen siendo como nosotros. A lo largo de todo este tiempo se han sucedido más de 10.000 generaciones, la nave ha sido reparada centenares de veces y en algunas contadas ocasiones hemos dado lugar a colonias humanas en lejanos mundos. No teníamos prisa, puesto que nuestro viaje debiera haber sido eterno. Sin embargo, hoy vamos a vivir lo más importante que jamás le haya sucedido a ninguna otra tripulación. El vacío cada vez más oscuro y frío en el que nos movemos se acaba. Las mediciones no fallan. Estamos a punto de traspasar los límites del Universo y no hay forma de saber si más allá hay algo más: tal vez un Dios, tal vez la vigilia de un durmiente, tal vez las pesadillas de los primeros navegantes del mar terrestre.
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La trinchera

Bajo el fuego enemigo, sobre el cadáver amigo. Soñando con estar en otro lugar y en otro tiempo. Las fosas nasales saturadas de pólvora, disparando como un autómata, esperando la orden de avanzar.
Y la orden se grita. A lo largo de la trinchera se mueve la orden con presición militar, a pesar del número de voces. Comienzan a salir hombres del agujero, y comienzan a caer. Los ve alejarse a la carrera, camino de una muerte segura.
El oficial le zarandea, le exige por el emperador que se una a la carga. Le insulta, le golpea, y solo deja de hacerlo cuando una bala atraviesa la visera de su casco.
El soldado se tira al suelo, acurrucado, y comienza a taparse con una mezcla de sangre y barro. Y sueña de nuevo con estar en otro lugar y en otro tiempo.

1982

En 1982 yo tenía 13 años. El futuro me parecía lejano y me costaba imaginarme más allá de la frontera del 2000. En aquel año yo terminaba la EGB y comenzaba el BUP. Comenzaban también los cambios que irremisiblemente me dirigían a este momento en el que aprovecho un rato perdido para escribir.
Aquel verano viví los primeros fracasos amorosos, se pusieron a prueba amistades de la infancia y España no fue capaz de ganar su mundial. Aquel verano tuve la revelación que marcaría mi vida: el fracaso es una palanca. Así que el final de la larga cadena de equivocaciones que ha sido mi vida, sólo podía culminar en este instante en el que dejo en el papel el peso de mi mayor certeza: en 1982 cambió mi vida.
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15 rosas

El ramo de rosas le aguardaba sobre la mesa. Aunque no le gustaban estas cosas, en el fondo las esperaba cada año, y ya comenzaba a pensar que él se habría olvidado. Incluso llegó a ensayar mentalmente algunos reproches airados.
Hasta que los rojos pétalos de la flor símbolo le gritaron desde el otro lado del pasillo. Quiso ocultar su sonrisa, pero el joven observador al que machacaba a diario para hacerle aprender, captó el leve gesto en la comisura de sus labios, y pensó que su jefa, después de todo, también tenía corazón.
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Cambio

Para Eráclito el cambio era consustancial a la realidad. El agua que fluye por el río es siempre distinta, aún cuando el propip río sea el mismo. Aunque el río, a fuerza de transportar aguas extrañas, también se desdice en cada tramo.
Yo no soy río, ni agua, aunque por mis venas la sangre pretenda ser metáfora de ellos. Pero soy cambio. Y, como tal, soy río. Y persona, y ave del paraíso.
Tú que me escuchas dirás que estoy loco. Y es verdad. Pero como todo cambia, lo que hoy es mi locura, mañana puede ser la tuya. Y entonces seré yo el que mira con benevolencia. Y tú, serás río.
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El perro negro

El perro era enorme. El lomo negro brillaba con los rayos del sol de medio día. Correteaba por el jardín saltando los macizos de flores, mientras doña Gertrudis aterrada dudaba entre gritar o correr. O directamente gritar corriendo. La duda la tenía paralizada.
Afortunadamente llegó el vecino, el dueño de aquel ser del Averno que estaba arruinando sus parterres. Bastó una orden seca para que el animal se frenara.
El vecino le puso el collar y salió del jardín pidiendo disculpas y mascullando improperios al can. Doña Gertrudis les gritaba con toda la rabia que el terror había atascado en su laringe. Y, mientras se alejaban con la cabeza gacha el uno, y el rabo entre las piernas el otro, la señora pensó en el buen servicio que podría proporcionarle tan estupendo semental.
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Entre la oscuridad y la sombra

Entre la oscuridad y las sombras. Entre lo negro y lo más negro.

- ¿Qué haces? - le pregunta la niña.
Le ha visto enfrascado en una pequeña pantalla, moviendo torpemente dos dedos sobre unas teclas dibujadas en el cristal.
- Escribo un cuento. - le dice.
- ¿Uno para niños?
- Uno para todo el mundo.
- ¿Y como empieza?
- Entre la oscuridad y las sombras -lee molesto -. Entre lo negro y lo más negro...
- Ya veo.
- ¿Qué ves? - Pregunta intrigado.
- Que en realidad no sabes contar cuentos. Sólo escribir palabras complicadas.
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El piropo

"Anoche me hice una paja pensando en mí haciéndome una paja pensando en tí".
Estaba acostumbrada a exabruptos de ese calibre. Era la manera en la que ellos le recordaban que, por encima (más bien por debajo) de su hábito y de las leyes, ella era una mujer. Nunca antes como en aquel lugar le habían hecho sentirse tan femenina.
Aunque mostraba desprecio y enfado por las groserías proferidas por los reclusos, en el fondo, se vengaba mentalmente de los que consideraban natural su opción por la vida en religión. Cada uno de los "claro", "ah" o "ya", eran una manera de confirmar su fealdad.
En esta ocasión, no reaccionó como el resto de las veces. Miró al hombre que había gritado aquella obscenidad: un bruto y violento confeso, enormemente resentido con todos, y al que todos apodaban el feo. Desvió su camino normal y se acercó a la puerta de su celda. "Gracias", le dijo. Y se alejó luciendo un coqueto contoneo que pensaba olvidado en la puerta …

Esperando

Se retrasa mi cita. Decido esperarle junto a la tienda de electrodomésticos, así aprovecho y curioseo las pantallas de televisión. Entonces me fijo en él: desgarbado, con los pantalones medio caídos; uniformado, pero dejando claro que es diferente. Como el resto. Creo que espera a alguien, como yo. Y como yo hace 25 años: esperando cada sábado a la puerta de un edificio a que ella bajara alguna vez.
Nunca bajó. El Chico parece cansado de esperar. Recoge su mochila del suelo y comienza a andar, con uno de esos andares entre chulesco y cansino. Como yo.
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El diálogo del besugo

No espero nada de la vida, más que seguir con mis correrías submarinas, cazar sin ser cazado y desovar millones de posibles futuros besugos.
Es simple, pero tremendamente complicado, mucho más desde que esos extraños seres de fuera del mar y que tan mal nadan, han comenzado a venir. La mayoría son inofensivos. Se limitan a estarse quietos y mirarnos con sus horribles ojos frontales. Sin embargo, algunos de ellos son muy peligrosos, suelen generar muchas burbujas a su alrededor y disponen de unos tremendos aguijones que lanzan a gran distancia. Uno de ello me rozó en una ocasión la aleta caudal.
No espero nada de la vida, pero a veces me pregunto cómo será el mundo fuera del agua. A veces me gustaría ser como esos seres que nos visitan, capaces de estar a ambos lados, aunque sólo sea un rato. Me gustaría pararme ante ellos y verlos desarrollar sus vidas: la caza, el desove, la muerte. ¿Será igual a la de un besugo?

Tengo un cuento para tí, papá

Como cada noche desde hacía 4 años, se preparaba para la liturgia del cuento. Al principio no los leía, simplemente iba inventando, o le contaba alguno de los clásicos que aprendió siendo niño.
Pero, de un tiempo a esta parte, la necesidad de exactitud que pedía el niño hacía poco menos que imposibles las improvisaciones. Los tres cerditos de hoy debían coincidir palabra por palabra con los tres cerditos de ayer.
Como siempre el niño esperaba ansioso en la cama, abrazado al muñeco de turno: ora un ratón Mickey, ora un Gusiluz, ora Andresín, el osito de peluche heredado del primo. Entonces comenzaba la negociación del cuento. El padre, empeñado en leer alguno nuevo, y el niño insistiendo en los de siempre. Al final terminaban haciendo lo que quería el pequeño y el padre leía nuevamente las páginas gastadas del uso. Luego terminaba las narraciones con un "colorín, colorado, este cuento se ha acabado" y un beso de buenas noches en la mejilla.

– Papa, hoy tengo yo un cuento para tí…

TQM

Con la enorme agilidad que dan años de escritura móvil, Alicia hizo aparecer las tres letras en la pantalla. Sin embargo apretar el botón de envío le llevó más tiempo. Le había conocido a través de tuenti y le daba un poco de corte que él pudiera sentirse acosado. Pero lo cierto es que soñaba cada noche con su alma gemela, jugando a ponerle las caras de sus actores y cantantes favoritos. Finalmente se decidió.
Unos minutos más tarde, el padre de su mejor amiga escribía desde su teléfono secreto: kedamos?
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El bastardo bienvenido

Puso buena cara. No hay problema, se dijo. Ella estaba entusiasmada con la visita. Un viejo amigo de la facultad, dijo.
Pero era algo más, se reprochó. Mucho más que un viejo amigo. ¿Te acuerdas aquella vez que pensamos que estabas emarazada? Preguntó en mitad de la cena. Entonces lo supe. Ese bastardo la había amado, y a tenor de la intencionalidad de la pregunta, lo seguía haciendo.
Y en la mirada de ella supo que desde siempre había sido su peor rival y que le había ganado la partida muchos años antes.
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el rincón de los sueños abandonados

Besar a Mariángeles a la orilla del mar, ser biólogo, doblar el Cabo de Hornos, todos ellos son los sueños que se amontonan en un rincón de mi alma que no suelo visitar. Normalmente no me pesan, pues han sido muchos los deseos colmados pero, de vez en cuando, hago inventario y no puedo dejar de preguntarme qué hubiera sido de mi vida si alguno de ellos se hubiera hecho realidad.
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El enjambre

No hay un camino señalado, pero todos los individuos parecen saber cual es el suyo. Tan atareados están, que no es difícil imaginarlos infinitamente solos en medio de la multitud.
Algunos parecen conocerse, y se paran unos instantes para reconocerse. Pero la inercia es tanta, y tanto el movimiento a su alrededor, que se ven impelidos a continuar con sus carreras.
En ocasiones, alguno de los del enjambre se para, repentinamente iluminado por la inutilidad de su quehacer. Pero los otros, simplemente, le toman por loco y procuran que sus desordenadas sendas no vuelvan a pasar junto a él.
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Moría de celos

Informe del atestado número 56/2009: 15 de enero de 2009.
11:35 AM. Se recibe una llamada en comisaría. Una mujer en evidente estado de nerviosismo anuncia que ha matado a su marido.
12:40 AM. Llegamos al domicilio de la denunciante. Encontramos a la susodicha sentada tranquilamente en el salón. El marido estaba muerto sobre la cama matrimonial. Tenía el rostro totalmente desfigurado a cuchilladas. Preguntada por la razón de tal ensañamiento, la mujer afirmó: "es que hasta muerto estaba guapo". Ante esta respuesta le interrogamos por los motivos del homicidio: "era tan guapo que yo moría de celos".
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El sueño recurrente

El avión se mueve violentamente. No son turbulencias, el avión pierde altura rápidamente y los viajeros gritan aterrados. La azafata pregunta si alguien sabe pilotar. El pánico se convierte en un pasajero más.
Yo sé, al menos en ese sueño sé. Acompaño a la azafata hacia la cabina. A la entrada hay un hombre atado de pies y manos que tiene mi misma cara. Y dentro puedo ver al piloto con una gran herida abierta. Cojo los mandos y sin tener claro cómo, consigo aterrizar.
Siempre me despierto en la celda encharcado en sudor sin saber aún por qué nunca logro soñar que soy el secuestrador.

La pelea

Una sola vez. He bajado la guardia una sola vez y se ha dado cuenta. Me ha impactado en la ceja: creo que la tengo abierta. Quiero poner en práctica mi famoso juego de pies, pero me ha castigado tanto el hígado que no puedo mover las piernas.

– ¡Eh, arbitro! ¡Me ha pegado después de que sonara la campana!

Tengo la pelea perdida a los puntos. Sólo un milagro me salvaría. Si le enganchara la mandíbula con mi gancho... Si pudiera.

Ya estamos de nuevo: moverme, mantenerme lejos de él, que no me alcance y esperar mi momento. Se sabe vencedor y esa es su debilidad.

El público silva, me silva. A mi. Al viejo héroe, al que ha vuelto después de 10 años. Malditos.

– ¿Queréis que me pegue? ¿Eso queréis? Pues va a ser que no.

Mierda. Me ha dado, se me aflojan las piernas, voy a caer.

Y no me levantaré más.

El autobús

Marcos es un tipo como tú o como yo. Bueno, quizás más como tú… ya sabes… un poco «pringadillo». No me mires así, que tú mismo lo dices siempre.
Total, que Marcos va a la universidad —y a cualquier otra parte— tirando de bonobús. Y, como no es que sea el tipo más popular del mundo, le suele tocar ir solo. ¿Y qué hace para pasar el rato un tipo sin iPhone, ni PSP, ni ningún otro chisme fabricado a partir del 2000? Simplemente se imagina la vida de la gente ¿triste, no?
«Esa que habla con el tipo bajito, en el fondo, lo odia. Lo que querría es irse a la ciudad que lleva en la foto de su carpeta. Sí, irse lejos, mucho.» «Aquél que se ha sentado en el extremo, con la mirada triste, va camino del laboratorio porque hoy deberá diseccionar a la rata de laboratorio que considera su mejor amiga»
«Ese hombre moreno que parece que no ha roto un plato, ese, acaba de matar a su vecino. Con sus propias manos. Y lo tiene escondido en el sótano… no, no, en el congelador de su bar. Sí, eso» pensaba Marco…

De cañas

Comenzamos en La Charca, con el pinchito y el lomo. La cerveza no es de mi marca predilecta, pero las tapas merecen la pena. De ahí nos vamos al Puga, donde nos esperan los boquerones rebozados. Allí caen dos o tres más. Las risas suben de volumen y las conversaciones de tono a medida que avanza el tiempo. Entonces alguien lanza la idea: cama redonda.
Aún me pregunto como terminamos aceptando. Desde entonces ir de cañas adquirió otro significado para nosotros.
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Fundido a negro

Él le dice que no quiere seguir. Ella le responde que han sido muchos años y que no entiende como es posible que piense que se ha acabado el amor, que en realidad debe haber otra. Él dice que no, que no hay otra, que simplemente ya no la quiere y que le parece que confesarlo es lo más honesto para con ella. Pero ella le abofetea, le llama mentiroso y rompe a llorar mientras él se aleja con la maleta en la mano izquierda.
Mira a cámara y dice: "Nunca te olvidaré". Fundido a negro y FIN.
Un gran plano, se dice. Lástima que lo que ella imagina cómo una escena cinematográfica en realidad sea su vida, y que la palabra fin no sea una promesa de nuevas aventuras, sino el cierre de uno de los capítulos más importantes de su existencia.
Ya no llora, no puede, ahora se enfrasca en encontrar una banda sonora acorde con los últimos acontecimientos. Y, mientras la busca, se da cuenta de que él tenía razón: incluso ella ya no le amaba y se sentía, hasta cierto punto, aliviada.
En realidad era…

Tipos de almas

No se confundan ustedes. Lo mío no tiene que ver ni con Dios y su Corte Celestial, ni con los marcianos de Ganímedes. Lo mío es difícil de creer hasta para mí. Así que antes de comenzar a querer reírse a mi costa, dejen que les explique. Si es que puedo.
Algunos le llaman aura, yo prefiero llamarle alma, porque no es sólo un círculo de luz alrededor de una persona; ese alma que yo percibo (no sólo la veo) cambia, es cierto, con los estados de ánimo; pero también tiene tendencias que se mantienen en el tiempo, y que son el reflejo de la personalidad de su poseedor.
A algunas personas, el alma se les derrama literalmente, de forma que logran abrazar las de otros seres. Otras, sin embargo, son pequeñas o incluso menguantes, y pertenecen a sujetos normalmente abyectos o resentidos. He llegado a ver un alma que era llorada: se diluía a goterones junto con las lágrimas de una mujer.
Se preguntaran qué pasa con el alma cuando uno muere. Ya les dije que no creo que sea cosa de Dios, no creo siqu…

El Universo se expande

Ella está acostada a pocos centímetros y, sin embargo, la nota cada vez más y más lejos. El Universo debe estar expandiéndose. En realidad, el Universo procede de un enorme movimiento respiratorio. Primero fue la inspiración, en la que contra todo y contra todos, lograron unir sus vidas. Pero ahora viven en medio de la gran expiración. Aunque, paradójicamente, ninguno se ha movido y se ven cercanos y lejanos al mismo tiempo.
La tiene a pocos centímetros, observa ese cuello que siempre le volvió loco, y siente que no está allí, que se distancia irremediablemente de él: el Universo se expande.

La mujer fría

Su madre le contó que en cierta ocasión, siendo niño, le preguntó por quién era aquella mujer del parque que siempre estaba desnuda. Ya entonces la estatua ejercía sobre él una enorme atracción. Con el tiempo, esa atracción inicial fue convirtiéndose en una pérfida obsesión en la que cada vez más y más espacios de su vida se veían involucrados.
Aquel cuerpo de mujer desnuda había sido obra de un oscuro escultor del siglo XIX que lo había donado a la ciudad a cambio de una calle con su nombre (única forma de la que podría pasar a la posteridad). Los próceres de entonces lo ocultaron en un rincón poco frecuentado del parque, para evitar las miradas lascivas de los jóvenes. Pero cuando volvió la democracia, alguien pensó que la estatua merecía una posición más a la vista y terminó luciendo su pétrea desnudez en una de las fuentes principales.
Ella era de mármol. Estaba fría. Pero su cuerpo era perfecto y su rostro representaba la belleza absoluta. Por eso, cuando por fin se dio cuenta de q…

El googleadicto

Todo está en Google, todo. Cada mañana me levanto y busco entre sus enlaces los trozos de mi vida que quizás alguien haya colgado en la red. Mis fotos, mis escritos, mis conferencias, mis amores, mis olvidos. Todo.
Y, sin embargo, cada noche, justo antes de apagar el ordenador, y el teléfono, y el GPS portátil, y la luz, me siento completamente vacío.

El primer cuento del año

La primera sensación del nuevo día fue la de tener algo pastoso y ácido en la boca. Inmediatamente reparó en el cerebro, intentando mantenerse a flote en medio de la tormenta. Inequívocamente se trataba de una buena resaca (y esta vez sin metáforas marineras). Así que abrió los ojos temiéndose lo peor. Y lo peor tomó forma de habitación ajena, de cama ajena, de una piel ajena junto a la suya.
Intentó recordar cómo llegó a parar ahí, de qué modo —entre copa y copa— se olvidó de su matrimonio, de sus hijos, de su buena reputación y acabó en los brazos de una desconocida con la espalda tan… ¿peluda?
Se dispararon todas las alarmas de su cerebro y, de golpe y porrazo, las últimas horas pasaron frente a sus ojos. ¿Qué le diría a él cuándo despertara? ¿Y a su mujer? ¿Y a la mujer de él?
Respiró profundamente en esa soleada mañana del primero de enero. Muy profundamente. Pensó «Bueno, año nuevo: vida nueva» y se dejó llevar de nuevo por el más plácido de los sueños.