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Mostrando entradas de diciembre, 2008

El último cuento del año

Sentado en la cocina, urgando en los recuerdos de hace un año, intento reproducir el momento en el que cruzamos nuestras miradas por última vez: era 31 de diciembre y teníamos a su familia invitada a cenar.
Lo nuestro hacía tiempo que no marchaba bien, y entre las cacerolas y las sartenes con las que preparamos el menú, fuimos haciéndonos los reproches que cada uno de nosotros había acumulado con esmero desde el mismo momento en el que nos conocimos. El brindis por el futuro lo hicimos con los ojos enrojecidos y antes de marchar a la cama le dije adiós.
Por la mañana, a modo de despedida en la almohada había dejado una nota breve que aún guardo en mi cartera: "Ya no nos queda más que decirnos. Feliz año".
Me parece que nuestros ojos se cruzaron un instante último, cuando ella salía del cuarto de baño y yo entraba. Recuerdo que pensé que estaba muy atractiva con aquel camisón.

Cuento antes de Navidad

Noche Buena. En medio del ajetreo, mientras un señor cada día más viejo aparece en la tele, observo a todos moverse entrando y saliendo de la cocina. Las voces se mezclan en una algarabía incomprensible y los niños corretean nerviosos alrededor.
Es Noche Buena y nuevamente asisto a las mismas escenas de siempre: un niño choca contra la mesa y rompe una jarra. Por una décima de segundo se escucha sólo el silencio.
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El músico

El violonchelo primero le cautivó por sus formas sensuales y su tamaño. Luego, su sonido terminó por arrastrarle hacia un aprendizaje obsesivo. Veneraba cada nota que se había escrito para su instrumento y dedicaba con pasión horas y horas a practicar cada concierto, cada interpretación, cada movimiento.
Solía viajar con un par de ellos, aunque en su casa era fácil encontrar uno o dos en cada habitación. Todos tenían nombres distintos, pero siempre de mujer. Solía hablarles. Incluso comentaba que cada uno tenía un carácter distinto, y según éste así les trataba.
El que más le gustaba no era precisamente el mejor. Lo llamaba Ágata y era lascivo y caprichoso. Lo mismo era capaz de hacer sonar notas cargadas de sentimiento, apasionadas e intensas que se dejaba contaminar por reverberaciones disonantes.
Pero cuando estaba de buenas, lograba eclipsar con él al resto de la orquesta. Esas noches especiales le premiaba con un lugar en su cama. Y Ágata se dejaba acariciar emitiendo leves gemidos …

Ojos

En un momento de la fiesta, sus ojos azules se cruzaron por delante de sus ojos verdes. A lo largo de toda la tarde volvió a buscarlos una y otra vez. Y siempre los encontró mirándole. A él le parecieron del color del cielo. Y a ella, los de él, le recordaban el color del mar en un día de tormenta.
Al regresar a casa, con los ojos azules metidos en lo más profundo de su mirada verde, tuvo que borrárselos con agua fría para evitar que los ojos marrones de Gloria leyeran en ellos la ilusión recobrada.

La muerte de Torquemada

La mañana es fría en Ávila, preludio de un invierno que se acerca desde el Norte. Alguien llama insistentemente a la puerta. El monje encargado de la entrada recibe un mensaje escrito. Mientras avanza por los pasillos del palacio no puede evitar leer el contenido del mensaje: se persigna y sigue su camino a la carrera.
A los pocos minutos está franqueando el paso al desconocido, un ser de elevada estatura que viste algo anticuado y se mueve con demasiada parsimonia a su espalda. Fray Tomás está esperándolo sentado en una simple silla de enea.
– ¿Decís que tenéis noticias del futuro? ¿Acaso sois brujo, o simplemente estúpido?
– Ni lo uno, ni lo otro, señor. Digamos que soy un viajero que hoy, 15 de septiembre de 1498, os viene a anunciar dos sucesos de importancia mayúscula. Sabed que el papa de Roma, a principios del siglo XXI pedirá perdón por los excesos de vuestra Inquisición.
– Comprended que a mis años no me sorprenda en exceso por nada, los reos han revelado cosas mucho más increíbl…

El psicomago

El viejo actor la miró a los ojos, y la chica bajó los suyos a la espera de la respuesta a su problema:
– Lo que te sucede a vos es que piensas que eres menos que tu hermano por ser mujer. Debes revalorizarte. Vete a una joyería, compra tres monedas de oro y mañana, después de ducharte, te las metes en la vagina, y las llevas ahí todo el día. Cada vez que te sientas inferior por no disponer de pene, piensa en lo que llevas dentro, ¿puede un pene ser más valioso que tu tesoro escondido? Seguro que no.
– Pero es que... No sé, me parece absurdo.
– Tu otro problema es que no crees, no mereces ser curada.

El amante bulímico

Es un hombre extraño, pero sus abrazos y sus besos son ya para mí una parte irrenunciable de la vida. En cada una de sus caricias me siento morir y renacer de nuevo. Ningún otro de mis otros amantes había logrado hacerme sentir así: tan afortunada de ser mujer.
Sin embargo, es un hombre extraño. Se vacía en cada encuentro, como si le fuera la vida en ello, como si cada vez fuera la última. Con él, a veces me siento como la mujer del último deseo. Como si diera mi amor a un hombre que no va a volver a ver un nuevo amanecer.
Le veo esforzarse tanto... Es como una especie de bulimia. Siempre está dispuesto a hacerme el amor, como si después de cada orgasmo vomitara su cansancio, para poder seguir comiendo mi cuerpo y mi alma poco a poco, beso a beso.

Entrando

Llevaba un rato mirándola. Era preciosa y, de vez en cuando, se apartaba el pelo del rostro con un movimiento coordinado de cabeza y mano que dejaba al descubierto una oreja perfecta. Aquella mujer le atraía y no quería dejarla escapar. Sin embargo, Luis Fernádez siempre fue demasiado tímido. Y hablarle a una mujer era una cosa tan complicada que requeriría un buen rato de planeamiento y ensayos.

"Hola, te estaba mirando y me has parecido una obra de Rubens". Tal vez demasiado directo, y muy intelectual, ella podría tomarlo por un pusilánime.
"Me llamo Luis, y daría el brazo derecho por saber tu nombre". Algo violento, ella podría pensar que no estaba en sus cabales.
"Hola, perdona, llevo rato observándote y, sinceramente, me he enamorado de ti". Muy comprometido, podría asustarla pensando en un compromiso a largo plazo.

Ensayó algunas fórmulas más y cuando creía que no sería capaz ni siquiera de acercarse, se armó de valor, se presentó frente a ella con los …

Me voy

La tele sonaba en el salón, lejana, tal y como le gustaba escucharla. Por el pasillo avanzaban las noticias del mundo: a alguien, en Bagdag, le habían intentado matar con una bomba, dejando tras de sí un reguero de sangre. Nada distinto a lo del resto de los días.
Sin embargo, era un día distinto. Él le había dicho "me voy". Se lo dijo ya en la puerta, con la maleta en la mano, sin tiempo ni espacio para impedírselo. Cumplía 50 años y el mejor regalo que se le había ocurrido a Enrique era plantarla.
"¿Cual era el colmo de un jardinero? Tener una hija que se llame Hortensia y que el novio la deje plantada". Fue lo primero que pensó. Y mientras en el salón alguien ponía en duda las nuevas medidas del gobierno contra la crisis, ella dejó escapar una sonrisa.