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El cuadro

Entre los marcos de la pared éste llamaba la atención por su sencillez. Ni dorados, ni repujados, ni filigranas de ebanista como los demás; apenas una delgada línea de madera que rodeaba el cuadro más extraño que jamás había visto.
Una pradera verde, redondeada, con la hierba mecida la brisa que se adivina suave, con el brillo que aporta la lluvia recién caída. No hay árboles, ni macizos de flores, sólo la hierba. El cielo, de un azul griego, tiene la profundidad del mar y los jirones de nubes bien podrían ser los penachos de espuma de olas tendidas.
– Ese cuadro se queda en la casa, lo compró mi padre en un mercadillo de Ibiza hace muchos años, aunque no tiene ningún valor.
– Ajá. –Le digo, con un aire que pretende sonar indiferente. –Creo que me quedaré la casa, aunque necesita un profundo arreglo y seguramente las instalaciones serán viejas. Tendríamos que negociar mejor el precio.
– Por supuesto, por supuesto. Vayamos a la cocina, que hay más luz y hablemos, estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo.
Le sigo por largos pasillos, pero mis ojos se han quedado jugando entre las olas de ese cielo y mis manos sueñan con dar la vuelta al cuadro, la mejor vista de toda la casa.

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