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Mostrando entradas de octubre, 2008

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos).
"¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle.
Y fue feliz al menos una noche.

El viajero del tiempo

Lo había leído hacía muchos años en una novela; "Caballo de Troya", se llamaba. Desde ese momento, la posibilidad de los viajes en el tiempo marcó su vida. De un lado, se dedicó con ahínco a los estudios de física. Y por el otro, devoraba cuanto libro de historia se le ponía por delante.
Poco a poco fue quemando etapas en la carrera académica, hasta que logró entrar en la Agencia Espacial Europea gracias, precisamente, a sus trabajos sobre la discontinuidad del tiempo.

– ¿Eres tú ese al que llaman el Nazareno?
– Sí, lo soy.
– ¿Y eres el verdadero Mesías?
– Si, aunque mis armas son las palabras y mi trono el amor.
– ¿Y así piensas vencer a los romanos?
– Por supuesto. Yo sólo soy un hombre, pero las palabras pueden pasar de un hombre a otro, y pueden sobrevivir al paso del tiempo.
– ¿Un hombre dices? ¿No eres acaso tú hijo de Dios?
– Tanto como el resto de los que van conmigo.

Su decepción se hizo evidente. En el fondo esperaba algo menos prosaico, algo más espectacular. Se despidió de…

La sorpresa macabra

Baja del coche. Se acerca al borde de la carretera y salta el quitamiedos. No corre, aunque cree que su vida depende de la prisa que se de.
Hace un par de horas estaba aún contemplando su reloj, pendiente de la hora de salida, pensando en el fin de semana. Sin embargo, unos segundos antes de salir, cuando ya estaba el ordenador apagado sonó el teléfono. La voz amenazante le dijo lo que tenía que hacer si no quería morir. Nada más colgar una bala atravesó el cristal de su ventana y fue a incrustarse en el retrato de su novia.
En el trayecto ha ido pensando cómo se ha podido meterse en este problema, o quién le está haciendo esto. Está asustado, tanto que no ha sido capaz de huir, de salirse de la autovía y desaparecer.
Ahí está, caminando en dirección sur apretando el paso para cumplir el horario. acercándose a la casa. En la puerta tiene el corazón en un puño: el picaporte se mueve sin problemas y la hoja se mueve dando paso a la oscuridad. En ese instante, se cree muerto.
¡Felicidades! …

El cuadro

Entre los marcos de la pared éste llamaba la atención por su sencillez. Ni dorados, ni repujados, ni filigranas de ebanista como los demás; apenas una delgada línea de madera que rodeaba el cuadro más extraño que jamás había visto.
Una pradera verde, redondeada, con la hierba mecida la brisa que se adivina suave, con el brillo que aporta la lluvia recién caída. No hay árboles, ni macizos de flores, sólo la hierba. El cielo, de un azul griego, tiene la profundidad del mar y los jirones de nubes bien podrían ser los penachos de espuma de olas tendidas.
– Ese cuadro se queda en la casa, lo compró mi padre en un mercadillo de Ibiza hace muchos años, aunque no tiene ningún valor.
– Ajá. –Le digo, con un aire que pretende sonar indiferente. –Creo que me quedaré la casa, aunque necesita un profundo arreglo y seguramente las instalaciones serán viejas. Tendríamos que negociar mejor el precio.
– Por supuesto, por supuesto. Vayamos a la cocina, que hay más luz y hablemos, estoy segura de que podemo…

El último comienzo

Le he visto soltar una lágrima. Y no ha hecho falta que me dijera el diagnóstico. Desde que miró por segunda vez la imagen en el panel de luz lo supo. Y luego lo supe yo, al verlo reflejado en la gota de sal que resbalaba hacia el suelo.
No me decía te estás muriendo, me decía adiós. No entendí el plazo, daba igual, era corto.
Ahora estoy aquí sentado, ante la primera página de esa novela que he comenzado a escribir cada año. Aunque hoy no es como las otras veces. Esta es la última vez que comienzo: "Le vio soltar una lágrima."

La presa

El 4x4 se arrastraba por la pista, entre las dunas amarillas. El motor había llegado todo lo lejos de lo que era capaz. Un ronquido seco fue su último aliento; se paró sin tiempo para apartarlo del camino.
El conductor quitó sus manos del volante y se dejó vencer por el cansancio de tantas horas atendiendo las trampas del camino. El calor era intenso, y el sudor bañaba todo su cuerpo.
Al caer la noche, el hombre del coche decidió salir y comenzar a andar por la pista.
En algún lugar, cada vez más cercano, sus cazadores estarían siguiéndole el rastro. Tarde o temprano le alcanzarían, a no ser que antes lograra llegar a algún poblado o le venciera el desierto.

El hombre marca

Le conocí cuando las marcas eran su religión: las buscaba, las atesoraba en cualquier forma que éstas presentaran, preferiblemente en ropa y zapatos. Pero tal pasión por ellas le generaba grandes gastos y, poco a poco, fue limando los ahorros familiares y hasta las rentas que le proporcionaba su trabajo en un banco.
Entonces llegó la crisis, y con ella los cierres de comercios y los recortes de personal, incluso en el propio banco. De pronto se vio en la calle, sin dinero y, lo que es peor, sin capacidad para seguir aumentando su adorado tesoro. La venta de sus mejores piezas terminó financiando la comida y la luz del día a día, trastornando su entorno y su cabeza a la vez.
Hoy le he vuelto a ver paseando por el Retiro, vestido de marca, haciendo de hombre anuncio y siendo otra vez feliz.

El rey deseado

Muchos de los suyos le vieron lanzarse a la carga con la furia de los jóvenes suicidas. Su fabuloso caballo blanco, inconfundible en el campo de batalla, se perdió entre las filas enemigas. Iban con él algunos de sus mejores caballeros, todos en pos de su rey y de su Dios.
Sin embargo, pocos lo vieron prisionero, y ninguno de ellos sobrevivió para poder contarlo. Él si pudo contemplar cómo su ejército sucumbía. También pudo ver morir a su enemigo y recbió de éste, a modo de reconocimiento por su valor, la libertad.
Sebastián de Portugal no quiso volver con vida después de aquel fracaso y dejó pasar los días que le restaban contando historias de cruzados cristianos en los zocos del Magreb, mientras que en su tierra los juglares cantaban la última batalla del rey Deseado y soñaban con su resurrección.

No sé si soy

No sé si soy la persona que digo que soy. Leí este trabalenguas en el perfil de un usuario de Bitácoras.com. De primeras no le presté atención al sentido, pero la cacofonía forzada de la expresión me sirvió para recordarla.
Luego, de noche, que es cuando suelen volver a uno los pensamientos que impiden el sueño, caí en el significado de la expresión. Y me dí cuenta de que, en parte, esa afirmación la podría decir como suya cualquiera. Al menos, yo si que podría decirla sintiéndola mía.
A veces mi impostura termina por devorar mi verdadera personalidad, trasluciendo un ser que no es enteramente yo. Alguien que me protege de los demás, de mis miedos sobre los pensamientos que provoco en los otros, y que sólo aparentemente se parece a mi. Así que, afirmo, no sé si soy la persona que digo que soy.

La primera decepción

No había dejado nada al azar. Cada uno de sus movimientos los había estado ensayando durante meses: cada palabra, cada entonación, incluso, cada caída de ojos. Por eso consideró que había estado perfecto, que la ejecución había sido irreprochable y que el fracaso no podía ser una opción.
Y, sin embargo, ella dijo que no, fríamente, sin apenas pensarlo. Luego, posiblemente conmovida por el enorme dolor que se adivinaba en sus ojos, le aclaró que sus padres consideraban que era aún demasiado joven. Y luego se fue.
Allí quedó él, con el corazón destrozado por primera vez en sus 14 años de vida, repitiendo mentalmente todo lo que había pasado en busca del momento exacto en el que metió la pata: nadie puede rechazar una invitación al cine tan bien estudiada.