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Mostrando entradas de agosto, 2008

¿Abducido?

He vuelto a tener el mismo sueño. Estoy tumbado en una sala similar a un quirófano. Alguien a mi alrededor se mueve con premura. Noto, o presiento, que me están analizando. Hace frío y la luz es blanca, muy blanca, intensamente blanca. No se oye nada más que un leve zumbido: tal vez un roce; tal vez el rumor lejano de una máquina.
No tengo miedo, aunque no concibo nada que me produzca más pánico que esto: en un lugar extraño, cubierto sólo de luz, que no te permite esconderte, ciego e inmóvil: a merced de cualquiera.
He tenido otra vez el mismo sueño, por lo que me levanto con una sensación extraña, y cansado, muy cansado... Así que tendré que doblar la dosis de café antes de regresar al trabajo, en el tanatorio municipal.

Dios Azar

– No hay sitio para dios en el Universo. Somos fruto del más puro azar, de una cadena de grandes e improbables casualidades. Por eso, haberte conocido, haber compartido tu cama y recibido tus besos, son para mí tesoros imperdibles. No me dejas, aunque me abandones. En mis brazos quedará siempre recuerdode tu cuerpo. Y la casualidad que nos juntó será desde ahora mi Dios y mi esperanza.

El amante doble

A veces Ana hacía de Laura. Otras, Laura hacía de Ana. Su perfecta similitud daba pié a su juego favorito, en el que engañaban a sus padres, a sus profesores, a sus amistades. Cuando Ana comenzó a salir con Alberto, tal y como habían hecho antes otras muchas veces, se dieron el cambiazo. A esas alturas su compenetración era perfecta, de forma que resultaba prácticamente imposible saber quien era cada una. Pero sucedió algo que no estaba previsto: ambas hermanas se enamoraron del joven e, incapaces de renunciar ninguna de ellas, acordaron continuar con el engaño hasta que fuera posible.
Con el paso de los meses el asunto se fue complicando, de forma que ambas sufrían celos de la otra, esmerándose por permanecer cuanto más tiempo mejor con él. Una noche, el enfrentamiento entre ellas llegó a las manos y, así, acabó su madre conociendo el problema. Alberto le había pedido a Laura que vivieran juntos y ella había aceptado. En esas condiciones ya no era posible demorar por más tiempo el des…

El accidente

Mira hacia atrás. Al otro lado del pasillo le espera su cuerpo vacío, muerto. En realidad, aunque no quiere creerlo, piensa que aún es posible el milagro, que ese cuerpo que le piden reconocer no es el suyo: que esta desgracia no es la suya.
Quiere creer que no subió al avión, que se quedó atascado en Buenos Aires, o en Santa Cruz, y que aún no ha podido llamarla. O, en el peor de los casos, también posible que esté entre los heridos y que no hayan podido identificarlo.
Los latidos acelerados de su corazón ahuecan los sonidos, por lo que no entiende las palabras que le dice el policía mientras levanta la sábana. No es él. Está segura.
De regreso a la sala de los familiares llora. No sabe si de alegría, porque es posible que siga vivo, o de tristeza, pues su terrible espera deberá continuar.

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Nota del autor: Mi más sentido pésame a los familares de los muertos en el accidente de Barajas.

El extraño caso del profesor Feliú

Todo en él parecía normal. Sus ojos, profundos, inteligentes, vivos y brillantes seguían a las enfermeras por el quirófano, mientras sus manos se movían de memoria en las entrañas del paciente.
Todo parecía normal: un caso más, seguramente un milagro más de Feliú, el Dios de la cirujía. De fondo sonaba casi como un susurro el Carmina Burana, con el respirador funcionando al compás de la música.
Parecía una operación normal, una de tantas de las que se realizaban al día en el enorme hospital universitario. Todo dentro de lo previsto, clavando incluso los minutos de intervención.
Sin embargo, a la puerta del quirófano, dos hombres de gabardina gris esperaban para llevarse esposado al Doctor Feliú, el Dios de la cirujía, que durante años había estado practicando en casa con prostitutas y mendigos a los que luego dejaba flotando, huecos, en las aguas del río que atravesaba la ciudad.

La princesa de cuento de hadas

La princesa del cuento de hadas miró a su Príncipe Azul. Era, como mandan los cánones, guapo, alto, de ojos profundamente azules. Sólo una voz un poco aflautada parecía desentonar con el estupendo conjunto.
El príncipe vivía en el palacio familiar, rodeado de lujos y de sirvientes. La suya sería una vida llena de paz y de seguridad a su lado. Pero la princesa del cuento de hadas siempre había soñado con la libertad del mar, con navegar por el mundo a bordo de un barco corsario, con doblegar las olas del Caribe, con ser libre.
Pero, como mandan los cánones, la princesa hundió los ojos en el suelo y con voz tímida y aterciopelada dijo "si quiero".
Y él fue feliz y comieron perdices.

Especialización

Cada adaptación tiene un precio. Pasa en el mundo animal, todo el mundo lo sabe. Pero también pasa en las relaciones humanas.
Me dijeron: "Especialízate. La especialización es la clave del éxito". Me gasté un dineral en cursos, másteres y seminarios, durante muchos años. Logré ser una autoridad dentro de mi terreno en la empresa. Me hice indispensable.
Pero toda especialización supone un coste. Si las condiciones cambian, lo que antes eran ventajas pueden convertirse en inconvenientes.
"No eres lo suficientemente versátil. No hablas de nada más que de eso". Me dijo. Y luego se fue.

no es nada personal

Apagó el monitor. Sóno un leve click y vió como toda su vida durante los últimos 12 años, 7 meses y 4 días se desvanecía de la pantalla con un dramático fundido en negro. La mesa, blanca, estaba tan vacía que casi sintió vertigo.

No es nada personal, le dijeron. Quizás, cuando la cosa cambie, te volveremos a llamar, le dijeron. Te echaremos de menos, le dijeron.

Y ahí estaba. Solo entre las miradas atónitas, la vergüenza del alivio por no ser uno el elegido y las frases de ánimo susurradas. Los miró, uno a uno. Y sintió, en algún lugar indeterminado a camino entre el pecho y las vísceras, una enorme sensación de alivio.

El personaje

El niño no dejaba de mirarle y de decir de forma autómata: "Es Mickey, es Mickey". Los ojos del crío reflejaban incredulidad, emoción y, sobre todo, alegría. Como siempre, se paró junto al pequeño y posó para la fotografía que luego ocuparía un lugar de privilegio en el álbum familiar.
Mientras se formaba una improvisada cola con decenas de niños igualmente emocionados, Jackes, el hombre dentro del personaje, seguía dándole vueltas a su problema.
Cuando llegara a casa le diría a Josefine que la suya no sería una historia de final feliz, que los finales Disney sólo se producían dentro del parque.

No me arrepiento de nada

Su mirada se paró en la mitad de la pantalla. Sus ojos fríos lograron lacerar mis pupilas. Entonces lo dijo: "No me arrepiento de nada".
Sonrió y su rostro por un momento tomó la ridícula forma de una Ternera.
En el sillón de mi casa imaginé la angustia de las viudas, de los hijos sin padre y de los padres sin hijos que el animal había sembrado en sus años de sangre y fuego. Y supe de seguro que, tarde o temprano, alguien le alcanzaría y gritaría delante de una cámara de televisión "no me arrepiento de nada".