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La alergia mentirosa

Esperaba su turno de palabra. Los demás iban contando los hechos, cada uno añadiendo matices propios, de forma que daba la impresión de que se trataba de un mismo dibujo, coloreado por distintas personas. Algún relato tenía tonalidades más frías, más asépticas: eran narraciones en tercera persona y en un pretérito perfecto que denotaba un conocimiento muy circunstancial del caso. Aquellos que se habían visto involucrados de forma más directa, dotaban a sus descripciones de mucho más brío, de unas tintadas tendentes al rojo fuego. En ellas había pasión, había dolor y había mucho desprecio hacia él.
Su defensa era sencilla, pero robusta. Él no había estado allí. Había pasado la noche en una timba mensual con un grupo de amigos y no se había ausentado de la mesa más que para ir al servicio.
El fiscal comenzó el interrogatorio. Y entonces sintió como su pecho se bloqueaba, un violento ataque de tos le sacudía hasta producirle arcadas y un sudor copioso empapaba su estudiada indumentaria. Una reacción alérgica ante un elemento desconocido, dedujeron después los médicos de la prisión, pero sólo él sabía que desde su niñez había sido incapaz de mentir.

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