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El púgil

Había bajado la guardia, y los directos del contrario llegaron a su cara sin reducir un ápice su potencia. El primero le hizo levantar la cabeza y el segundo enganchó de pleno el mentón, mandándolo a la lona. Oyó al árbitro contar: uno, dos, tres, cuatro. "Si le oigo es que no me he dormido", pensó e intentó ponerse en pie.
Lo logró cuando la cuenta llegaba a nueve, pero el árbitró levantó la mano del otro púgil como vencedor. En realidad no se tenía en pié. La mirada perdida y el paso inseguro persuadieron al árbitro de la conveniencia de parar la pelea.
Pero aquella derrota fue la última en el ring y la primera que le infringió la vida. A media que descargaba su furia en los puños y éstos en el viejo árbitro, iba alimentando su odio con las imágenes de derrota que le habían perseguido desde entonces. Cuando terminó de repasar su biografía le espetó al amasijo de sangre:
– A ver si te puedes levantar. Uno, dos, tres, cuatro...

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