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Mostrando entradas de enero, 2008

El mariachi perdido

El mariachi arrastraba sus cansados pies por las húmedas calles de un Madrid lluvioso. Buscaba algún bar en el que dejar caer sus canciones a cambio de unas monedas, o de una caña, o de lo que fuera.
El traje, descosido por varias junturas, sucio y hasta raído parecía hecho para alguian un par de tallas más grande, aunque juraba y perjuraba que era suyo, y que hasta no hace demasiado le quedaba estrecho. Un día dejó su soleado Cancún persiguiendo a una turista española que se llevó de souvenir su corazón. Pensó que sería sencillo. Pero al abandonar Barajas ya no fue capaz de volverla a encontrar, así que paseaba las calles de la ciudad, cantando sus corridos para turistas y enseñando a todo aquel que se dejara una foto en la que una mujer rodeaba con sus brazos al mariachi que fue antes de perderse.

Un final feliz

En los últimos tiempos su cara ya no salía mucho en la televisión. El pequeño ya no decía que su padre era famoso y hacía un par de meses que su editor no le llamaba para darle la brasa. Comenzaba a nuevamente a ser nadie, y se daba cuenta.
La crisis, su crisis, había comenzado cuando su padre le comentó algo tan obvio como inadvertido. "Tus personajes tienen tendencia a suicidarse". "Es más literaria la tragedia que la comedia", improvisó a modo de excusa. Pero lo cierto es que desde entonces andaba buscando un final feliz para su historia.
Y a fuerza de no encontrarlo, sus pensamientos comenzaban a rondar la idea de una incapacidad genética para el optimismo. Así que poco a poco fue afianzándose el plan de acabar como lo haría cualquiera de sus personajes.

Cuentos como puños

La mía es, con mucho, la venganza más larga de la historia. Y la más secreta, hasta hoy. Durante los últimos 20 años he estado publicando en la prensa local un cuento diario. Nunca más de 15 líneas; siempre hurgando en los deseos y pasiones humanas, las fuentes universales de la literatura.
Cada uno de esos cuentos ha sido, en realidad, un puñetazo en el rostro de mi enemigo, que ha tenido que asistir día tras día a la disección de su alma a través de mis 15 líneas. Cada uno de ellos ha sido una bofetada. Nadie más que él posee las claves para interpretarlo, pero es suficiente. Me basta con saber que sus laceraciones invisibles son dolorosas.
Y lo sé porque su mirada, al principio altiva y distante, se ha ido volviendo con los años huidiza y suplicante.

Alejandro

Los hombres estaban ya agotados. Habían luchado más allá de los límites de un guerrero normal. Habían llegado más lejos que ningún otro griego y habían logrado ser los reyes del mundo. Pero Alejandro quería más, quería seguir avanzando hacia el Este, camino de un nuevo mar desconocido.
Sus generales pensaban que estaba loco, que sus ansias de poder le estaban devorando la razón. Pero él no pensaba en la gloria, ni en las riquezas que se encontraban más allá del Indo. Su verdadero afán era alcanzar la otra orilla para descubrir en qué punto se acababa el mundo.

Mejor no morir

Morir o vivir. Ese es el dilema al que muy de vez en cuando nos tenemos que enfrentar, aunque en mi profesión es casi un problema diario. Porque cada día te afeitas ante el espejo con la sensación de que esa podría ser la última vez.
Cada persona sospechosa que se aproxima supone una descarga adicional de adrenalina, y cada día se cruzan en tu camino decenas de personas sospechosas, lo que supone que durante unos segundos cada vez, tu cerebro obligue al resto del cuerpo a estar en completa situación de alerta.
Por eso, cuando alcanzo a tener vacaciones no puedo conformarme con estar tumbado en la arena, o con pasear por la montaña. Necesito esa dosis diaria de adrenalina y me someto a riesgos disparatados de manera consciente: paracaidismo, puenting, supervivencia...
Y por eso también, no alcanzo a entender cómo a la hora de la verdad, el miedo me paralizó y cómo me limité a ver las balas asesinas dando alcance a mi protegido. Absolutamente paralizado, absolutamente decidido a no morir.

Orgasmo

No había nada más que su cuerpo. Paseaba acariciantes las manos por su espalda, desde las nalgas hasta el cuello y besaba alternativamente sus pezones. Ella, sentada sobre sus piernas, le devolvía las caricias con palabras: te quiero, te quiero…
Al poco los te quiero se acompasaron al ritmo de las acometidas y entonces él prestó atención a la crispación de su columna vertebral. Ella le apresó los hombros para facilitar sus movimientos y cuando llegó al orgasmo convirtió la presa en un abrazo suave, casi lánguido.
– Ámame siempre – dijo junto a su oído.
Y esas palabras, esas dos palabras más el beso que las acompañó produjeron en él el estallido de placer que durante meses se había negado a aparecer.

Sandra la felina

Sandra paseaba por la playa, jugando con los regueros de espuma con los que le regalaba el mar en sus suaves idas y venidas a la orilla. Manejaba con soltura las ancestrales artes de la seducción y lograba que los ojos de todos convergieran en ella. Los hombres, admirados con su belleza y caminar felino, y las mujeres por el instinto de competición.
Sandra era incapaz de pasar desapercibida en ningún sitio, su naturaleza y su carácter eran incompatibles con la discreción. De ello daban fé su armario y su larga colección de conquistas.
Pero, paradójicamente, ninguna de esas conquistas era la que ella deseaba de verdad. Sólo un hombre era inmune a sus encantos y él era precisamente el objeto de sus deseos.
Para su desgracia, Manuel, su querido amigo Manuel prefería los misterios de la fé a los de sus brazos y por más que ella le contara confesiones arrasadoras en busca de un atisbo de celos, nunca logró nada más que un perdón genérico a sus pecados.
Tal vez por eso fue la única de la ciudad…

El púgil

Había bajado la guardia, y los directos del contrario llegaron a su cara sin reducir un ápice su potencia. El primero le hizo levantar la cabeza y el segundo enganchó de pleno el mentón, mandándolo a la lona. Oyó al árbitro contar: uno, dos, tres, cuatro. "Si le oigo es que no me he dormido", pensó e intentó ponerse en pie.
Lo logró cuando la cuenta llegaba a nueve, pero el árbitró levantó la mano del otro púgil como vencedor. En realidad no se tenía en pié. La mirada perdida y el paso inseguro persuadieron al árbitro de la conveniencia de parar la pelea.
Pero aquella derrota fue la última en el ring y la primera que le infringió la vida. A media que descargaba su furia en los puños y éstos en el viejo árbitro, iba alimentando su odio con las imágenes de derrota que le habían perseguido desde entonces. Cuando terminó de repasar su biografía le espetó al amasijo de sangre:
– A ver si te puedes levantar. Uno, dos, tres, cuatro...

Heracles llora

El rayo cayó justo a su lado. La honda expansiva de la explosión le desequilibró, tirándole al suelo. Se incorporó rápidamente y elevó los brazos al cielo. Con el rostro plagado de lágrimas gritaba al cielo, mientras las gotas de lluvia limpiaba la sangre de sus manos, la sangre de sus hijos.
– ¿Por qué? ¿Soy tu hijo o soy un juguete de tu capricho? Dime padre qué soy para ti.
La tormenta comenzó a alejarse y Heracles quedó arrodillado, incapaz de moverse, paralizado por la culpa de haber matado a sus hijos, maldiciendo a su padre y su destino.

Otro caso perdido

Lo supo nada más mirar a la enfermera. En sus ojos leyó la pena distante, esa que cada cual siente cuando alguien conoce la muerte de otro alguien al que se desconoce, o al que apenas se conoce.
Sin embargo en los ojos del médico no pudo leer más que la dura coraza de la costumbre. ¿A cuántas personas les habrá dicho que van a morir? Pensó.
Luego preguntó: ¿Cuánto me queda?
El médico le siguió mostrando la faz pétrea, ni siquiera le desarmaba la sinceridad de alguien que se reconoce perdido. "No sabría decirle, tal vez un par de meses, seis a o sumo... Lo siento."
Eso último lo añadió de compromiso.Ni lo sentía ni lo dejaba de sentir. Sólo era otro caso perdido más.

Palabras que son ruidos

Los ecos cercanos de aquellas hazañas habían llenado su infancia de aventuras lejanas. Cada carta que llegaba a casa era el preludio de un relato emocionante y emocionado. Las palabras que su madre iba leyendo siempre sonaban llenas de emociones y se referían a mundos lejanos y luminosos.
Cada carta era una nueva puerta a la imaginación y un nexo de unión con ese padre que apenas conocía más que por unas ajadas fotos, pero al que amaba profundamente gracias a sus fabulosos relatos.
Pero un día, aquellos sonidos frondosos se transformaron en ruidos, estruendos atronadores inventados por su madre para ocultar la realidad. Su padre no viajaba por el mundo viviendo aventuras. Ni siquiera escribía cartas. Pasaba los días contemplando el paso de las nubes desde una oscura celda marroquí, fumándose el dinero que le mandaba su mujer envuelto en los recuerdos de una memoria cada vez más confusa.

El ocaso del líder

A mitad de camino de ninguna parte, empapados hasta los huesos y cansados de vagar sin rumbo en una jungla eterna, los hombres se fueron parando uno a uno. Ya no había escapatoria, el tiempo y el ejército se les estaban echando encima.
El líder, quien les había conducido hasta aquel callejón sin salida, quien les había arrastrado de victoria en victoria semanas antes, ahora se mostraba dubitativo; no sabía qué hacer y, lo que era peor, se le notaba.
Desde detrás de la poblada barba, les miraban unos ojos huidizos, que decían quiero rendirme, mientras que de su boca salían palabras de esperanza, de ánimo y de rabia. Más por pena que por convencimiento algunos se levantaron y comenzaron a andar de nuevo.
Pero todos quedaron paralizados cuando a sus espaldas oyeron los tiros de los fusiles oficiales y supieron que ya estaban muertos.
El líder lanzó entonces una orden de ataque, pero sólo él acudió a cumplirla.

El mentiroso compulsivo

Arrugado como su perro, así se veía a través del espejo. Ese mentiroso compulsivo que era su otro yo había estado intentando ocultar el paso del tiempo. Pero el acartonamiento de la piel, la caída de los pliegues y las bolsas bajos los ojos ya no se podían cincelar con las escusas de siempre: falta de sueño, cansancio ocasional o demasiadas juergas. Sobre todo porque hacía tiempo que ya no había juergas, ni trabajo ni razones para no dormir.
Una vez más, retiró el rostro de ese maldito chivato y le preguntó a su otro yo, que le dijo que estuviera tranquilo, que eso apenas eran unas arrugas de expresión. Él, como siempre, le creyó. Y salió a pasear el perro como todas las mañanas desde que se jubiló.

La otra boda

Estaban nerviosos. Se miraban tímidamente, como la primera vez que cruzaron sus ojos, y ambos se sentían culpables de tener miedo. Su decisión era firme: se amaban, querían compartir sus vidas, incluso pensaban tener hijos algún día.
Mientras oían las palabras del oficiante, una oleada de miedo les invadía, rebosando la inseguridad a través del temblor de las manos de ella o del ligero tic nervioso en los párpados de él.
El notario les pasó la escritura para su firma, primero a ella. Tuvo que buscar el valor nuevamente en los ojos de él: treinta años y euribor más 0,5.

Frío o calor

Hace calor. Es curioso. Veo a la gente pasar a mi lado cargada con largos abrigos, mientras que yo sudo a pesar de que he ido soltando prendas por el camino.Muchos se giran para seguir mirándome mientras me alejo de sus frías vidas. Imagino sus pensamientos reprobadores cuando cruzo mis ojos con los suyos. Tengo calor, no estoy loco. Al menos creo que no lo estoy.

Ellos sienten frío porque están huecos, porque sus vidas tienen las paredes vacías, porque sus historias son calcomanías mal transferidas, porque sus recuerdos no pueden igualarse a los que alguna vez soñaron tener.
Mi vida, sin embargo, ha estado siempre regida por una fortuna bastarda, que me ha arrojado una y otra vez contra el rompeolas del fracaso, pero que a cambio me ha obligado a sentirme vivo a cada instante, a cada bocanada de tiempo que he vivido.

Hace calor. Sudo.

Negro sobre negro

El bourbon apenas puede ya adormecer el dolor de los moratones. Me han dado bien esos cabrones, y según pasan los minutos siento más y más los golpes. Apenas he tenido opción, aunque es posible que uno de ellos ahora esté meando sangre. Malditos.
Está visto que lo mio no tiene remedio. Siempre casos de medio pelo, siempre adorables señoras que quieren desplumar a sus futuros ex-esposos. O si no, maridos convencidos de ser portadores de una cornamenta de récord del mundo. Siempre en las cloacas del amor...
Para una vez que me ofrecen algo decente, uno de esos casos aparentemente sencillos y de alto contenido mediático, uno de esos casos que impulsan la carrera de un detective; para una vez que me sonríe la suerte, termino en un callejón sin salida con los huesos molidos y un aviso serio.
"La chica no quiere ser encontrada, no sigas hurgando en su vida o lo lamentarás".
Y luego los palos.
Mierda, como queman estas cuatro rosas en el gaznate. Me he quedado sin caso, sin portadas, si…

El adiós

No sé cómo pasó de lo tedioso de su trabajo a contarme uno de sus traumas infantiles. ¿Por qué siempre me contaba sus perturbaciones en el preciso instante en que decidía no escucharlo? Seguramente para poder afirmar luego que yo nunca lo escucho. Estoy decidida a demostrar que eso no es cierto. Lo que sucede es que él siempre quiere contarme sus lamentos en el momento exacto en el que decido no oírlo.

Todo eso lo he estado pensando mientras miro sus labios moverse lentamente. Observo que no muestra sus dientes al hablar, algo que debe costarle un gran esfuerzo dada su descomunal dentadura. Sus ojos no me miran, se dirigen hacia sus manos que juegan con la cucharita sucia del café. Es tan torpe que va a mancharse esa camisa blanca en un lugar bien visible. Lo hace. Pienso: "Es un torpe". Me cansa, me aburre. Decido quitarle esa maldita cuchara de las manos porque me desconcentra. Oigo música, metales que chocan entre sí, cubiertos que cortan y pinchan sobre porcelana blanca.…

Un poquito más

Sólo quería aguantar un poco más, lo justo para despedirse de ella.
Estaba en la cama y en su rostro parecía reflejarse una inmensa calma. Su largo pelo blanco le caía por encima de los hombros y sus labios, agrietados y pálidos conservaban a pesar del tiempo y el dolor el mismo tacto suave que 70 años atrás lo embriagó por primera vez.

Ella abrió los ojos muy lentamente y lo miró como si observase a través de su alma, escudriñando la inquietud que percibía en el leve temblor de sus manos. Y ambos hablaron sin palabras. De los hijos, de los nietos, de la dicha y las desgracias.

Luego ella cerró los ojos para siempre y el decidió que ya era hora, que ya estaba todo hecho.

Noticia.

Epitafio

"Acuérdate de comprar un gallo para Asclepio" dijo con la media sonrisa entre los labios que tantas veces había dibujado su rostro en la plaza pública, mientras desarmaba uno a uno todos los argumentos de sus contendientes dialécticos.

Y fue sólo entonces, tras su última ironía, cuando el ingenio y la soberbia del que se llamó a sí mismo "ignorante" dejó paso al rostro de un anciano desencantado y profundamente sólo, cuando comprendió la grandeza de un hombre capaz de ser fiel a sí mismo hasta las ultimas consecuencias.

"No fue la cicuta, viejo amigo
La que acabó extinguiendo tu llama.
Fueron los hombres libres,
a los que tú, con tu sabiduría, distes alas."
Tan sólo estas cuatro líneas mal talladas sobre el frío mármol de la plaza, dejaron constancia del hombre que caminó entre sus iguales buscando más allá de las respuestas, las preguntas adecuadas.

Perdóname padre, porque he fracasado

No tuve conocimiento de la existencia de los manuscritos hasta el año 1982, lo recuerdo porque ese mismo año celebramos en España el Mundial de fútbol, aunque realmente debería decir que recuerdo el año del mundial gracias a los manuscritos. Estos provenían de una excavación realizada en el entorno de las cuevas de Qumrán, en el Mar Muerto, donde en 1947 se encontraron los famosos manuscritos esenios.
Sin embargo, los que me ocuparon desde entonces la mayor parte de mi tiempo, tenían un origen posterior a la mayoría de los esenios. Las dataciones encargadas por muy universidad nos ofrecieron un rango aproximado de entre el año 10 y el 50 después de Cristo. Estaban escritos en hebreo y firmados por un tal Samuel, hijo de Pedro.
Desde el primer momento supimos que teníamos en nuestras manos el primer Evangelio de la historia, pero lo que no pudimos entender es porqué una obra como esa acabó enterrada en el desierto, cerca de ninguna parte. Al menos hasta que llegamos a la frase en cuestió…

El primer deseo del año

La mañana amaneció fría, aunque despejada. Por la ancha avenida que se abría paso hasta el mar apenas se notaba una ligera brisa. Parecía imposible que la previsión metereológica de alerta amarilla por fuertes vientos se hiciera realidad.
Después de unos días de descanso se acercaba de nuevo a la oficina, el lugar del que iba y venía tantas veces al cabo de los doce meses. Pero aquella mañana, acaso por el frío intenso que sentía en las orejas, se dijo a si mismo que ese sería el último dos de enero en el que atravesaría aquella puerta. Haría todo lo posible por lograr cambiar de empleo en aquel nuevo año que comenzaba.

Pero aquella misma mañana, cuando sonó el timbre avisando de la finalización de la jornada, y volvió a salir a la calle, lluviosa y azotada por un fuerte viento, se dijo a sí mismo, que si no encontraba ese nuevo empleo, pediría el próximo día 2 de enero de vacaciones.