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Mostrando entradas de 2008

El último cuento del año

Sentado en la cocina, urgando en los recuerdos de hace un año, intento reproducir el momento en el que cruzamos nuestras miradas por última vez: era 31 de diciembre y teníamos a su familia invitada a cenar.
Lo nuestro hacía tiempo que no marchaba bien, y entre las cacerolas y las sartenes con las que preparamos el menú, fuimos haciéndonos los reproches que cada uno de nosotros había acumulado con esmero desde el mismo momento en el que nos conocimos. El brindis por el futuro lo hicimos con los ojos enrojecidos y antes de marchar a la cama le dije adiós.
Por la mañana, a modo de despedida en la almohada había dejado una nota breve que aún guardo en mi cartera: "Ya no nos queda más que decirnos. Feliz año".
Me parece que nuestros ojos se cruzaron un instante último, cuando ella salía del cuarto de baño y yo entraba. Recuerdo que pensé que estaba muy atractiva con aquel camisón.

Cuento antes de Navidad

Noche Buena. En medio del ajetreo, mientras un señor cada día más viejo aparece en la tele, observo a todos moverse entrando y saliendo de la cocina. Las voces se mezclan en una algarabía incomprensible y los niños corretean nerviosos alrededor.
Es Noche Buena y nuevamente asisto a las mismas escenas de siempre: un niño choca contra la mesa y rompe una jarra. Por una décima de segundo se escucha sólo el silencio.
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El músico

El violonchelo primero le cautivó por sus formas sensuales y su tamaño. Luego, su sonido terminó por arrastrarle hacia un aprendizaje obsesivo. Veneraba cada nota que se había escrito para su instrumento y dedicaba con pasión horas y horas a practicar cada concierto, cada interpretación, cada movimiento.
Solía viajar con un par de ellos, aunque en su casa era fácil encontrar uno o dos en cada habitación. Todos tenían nombres distintos, pero siempre de mujer. Solía hablarles. Incluso comentaba que cada uno tenía un carácter distinto, y según éste así les trataba.
El que más le gustaba no era precisamente el mejor. Lo llamaba Ágata y era lascivo y caprichoso. Lo mismo era capaz de hacer sonar notas cargadas de sentimiento, apasionadas e intensas que se dejaba contaminar por reverberaciones disonantes.
Pero cuando estaba de buenas, lograba eclipsar con él al resto de la orquesta. Esas noches especiales le premiaba con un lugar en su cama. Y Ágata se dejaba acariciar emitiendo leves gemidos …

Ojos

En un momento de la fiesta, sus ojos azules se cruzaron por delante de sus ojos verdes. A lo largo de toda la tarde volvió a buscarlos una y otra vez. Y siempre los encontró mirándole. A él le parecieron del color del cielo. Y a ella, los de él, le recordaban el color del mar en un día de tormenta.
Al regresar a casa, con los ojos azules metidos en lo más profundo de su mirada verde, tuvo que borrárselos con agua fría para evitar que los ojos marrones de Gloria leyeran en ellos la ilusión recobrada.

La muerte de Torquemada

La mañana es fría en Ávila, preludio de un invierno que se acerca desde el Norte. Alguien llama insistentemente a la puerta. El monje encargado de la entrada recibe un mensaje escrito. Mientras avanza por los pasillos del palacio no puede evitar leer el contenido del mensaje: se persigna y sigue su camino a la carrera.
A los pocos minutos está franqueando el paso al desconocido, un ser de elevada estatura que viste algo anticuado y se mueve con demasiada parsimonia a su espalda. Fray Tomás está esperándolo sentado en una simple silla de enea.
– ¿Decís que tenéis noticias del futuro? ¿Acaso sois brujo, o simplemente estúpido?
– Ni lo uno, ni lo otro, señor. Digamos que soy un viajero que hoy, 15 de septiembre de 1498, os viene a anunciar dos sucesos de importancia mayúscula. Sabed que el papa de Roma, a principios del siglo XXI pedirá perdón por los excesos de vuestra Inquisición.
– Comprended que a mis años no me sorprenda en exceso por nada, los reos han revelado cosas mucho más increíbl…

El psicomago

El viejo actor la miró a los ojos, y la chica bajó los suyos a la espera de la respuesta a su problema:
– Lo que te sucede a vos es que piensas que eres menos que tu hermano por ser mujer. Debes revalorizarte. Vete a una joyería, compra tres monedas de oro y mañana, después de ducharte, te las metes en la vagina, y las llevas ahí todo el día. Cada vez que te sientas inferior por no disponer de pene, piensa en lo que llevas dentro, ¿puede un pene ser más valioso que tu tesoro escondido? Seguro que no.
– Pero es que... No sé, me parece absurdo.
– Tu otro problema es que no crees, no mereces ser curada.

El amante bulímico

Es un hombre extraño, pero sus abrazos y sus besos son ya para mí una parte irrenunciable de la vida. En cada una de sus caricias me siento morir y renacer de nuevo. Ningún otro de mis otros amantes había logrado hacerme sentir así: tan afortunada de ser mujer.
Sin embargo, es un hombre extraño. Se vacía en cada encuentro, como si le fuera la vida en ello, como si cada vez fuera la última. Con él, a veces me siento como la mujer del último deseo. Como si diera mi amor a un hombre que no va a volver a ver un nuevo amanecer.
Le veo esforzarse tanto... Es como una especie de bulimia. Siempre está dispuesto a hacerme el amor, como si después de cada orgasmo vomitara su cansancio, para poder seguir comiendo mi cuerpo y mi alma poco a poco, beso a beso.

Entrando

Llevaba un rato mirándola. Era preciosa y, de vez en cuando, se apartaba el pelo del rostro con un movimiento coordinado de cabeza y mano que dejaba al descubierto una oreja perfecta. Aquella mujer le atraía y no quería dejarla escapar. Sin embargo, Luis Fernádez siempre fue demasiado tímido. Y hablarle a una mujer era una cosa tan complicada que requeriría un buen rato de planeamiento y ensayos.

"Hola, te estaba mirando y me has parecido una obra de Rubens". Tal vez demasiado directo, y muy intelectual, ella podría tomarlo por un pusilánime.
"Me llamo Luis, y daría el brazo derecho por saber tu nombre". Algo violento, ella podría pensar que no estaba en sus cabales.
"Hola, perdona, llevo rato observándote y, sinceramente, me he enamorado de ti". Muy comprometido, podría asustarla pensando en un compromiso a largo plazo.

Ensayó algunas fórmulas más y cuando creía que no sería capaz ni siquiera de acercarse, se armó de valor, se presentó frente a ella con los …

Me voy

La tele sonaba en el salón, lejana, tal y como le gustaba escucharla. Por el pasillo avanzaban las noticias del mundo: a alguien, en Bagdag, le habían intentado matar con una bomba, dejando tras de sí un reguero de sangre. Nada distinto a lo del resto de los días.
Sin embargo, era un día distinto. Él le había dicho "me voy". Se lo dijo ya en la puerta, con la maleta en la mano, sin tiempo ni espacio para impedírselo. Cumplía 50 años y el mejor regalo que se le había ocurrido a Enrique era plantarla.
"¿Cual era el colmo de un jardinero? Tener una hija que se llame Hortensia y que el novio la deje plantada". Fue lo primero que pensó. Y mientras en el salón alguien ponía en duda las nuevas medidas del gobierno contra la crisis, ella dejó escapar una sonrisa.

Avaricia

Sólo recuerdo algunas briznas, apenas unos jirones de realidad, que poco a poco se me van borrando por culpa de la enfermedad. Debía ser en torno a 1949 o 1950. La mayoría de los jóvenes del pueblo habían emigrado a L'ospitalet y en las calles apenas se veían niños. Yo estaba pensando en marcharme también, aunque mi objetivo era Argentina, dónde ya tenía a un primo que nos escribía maravillas sobre ese país.
Pero antes de irme debía conseguir el dinero para poder pagar el caro y largo viaje. Por aquel entonces yo no tenía nada que vender, tan sólo mi trabajo y mi palabra de hombre. Con ese capital mi única opción era Juan el rico, un viejo usurero que se había hecho rico durante la guerra. No quiso darme el dinero por adelantado, decía que no tenía gente en Argentina, pero que si me iba a Cataluña, la cosa no tendría problema. Sólo una cosa, por tanto, podía yo ofrecerle: una noche con María, mi novia de entonces.
Yo no quise aceptar, pero ella me convenció de que era un precio muy …

El vaso medio lleno, o medio vacio

Nunca he sabido decidirme sobre este particular, nuca. Ante el vaso relleno hasta la mitad, nunca he podido decir si estaba medio lleno o medio vacío. Ya sé que parece una tontería más de las muchas que digo al cabo del día, pero el asunto es mucho más profundo y profuso de lo que parece.
Este asunto es un reflejo de mis inseguridades, de mi falta patológica de criterios propios, de capacidad para tomar decisiones. De esto se deriva que no sea capaz de decidirme por una camisa verde esperanza o verde mar, de decidirme entre un coche deportivo o un monovolumen familiar. Es también la razón que hay detrás de mis malos resultados en todas las pruebas que me han puesto en forma de test.
En última instancia es esta indecisión la que me ha impedido a estas alturas de mi vida tener una pareja estable, pues siempre que me he tenido que enfrentar al compromiso me han asaltado las dudas:
– ¿Me quieres? ¿Quieres que nos casemos?
A estas preguntas sólo se me ocurre responder "pero el vaso, ¿está…

El médico filósofo

Cayó como una piedra. Habían pasado ya varias horas desde la última vez que vomitó y todo parecía haber vuelto a la normalidad. Hasta que perdió el conocimiento. En algún lugar de aquella carretera que era a medias una gran autovía (por la anchura) y una calle (con gente cruzando, coches parados en cualquier parte y cambios de dirección atravesando la mediana), debía haber un ambulatorio de urgencia. Decía el guía que había varios a lo largo de la vía.
Las habitaciones pintadas de blanco necesitaban todas una reforma urgente, las cortinas negreaban, las mantas llevaban meses sin cruzarse con el agua y el personal parecía estar incrustado en la indolencia, como la mugre de las paredes.
Afortunadamente, todos se pusieron en movimiento en cuanto entramos. A duras penas nos enteramos que el médico no estaba, pero que habían ido a buscarlo. Notamos que todos hablaban de él con cierta ceremonia, y hasta emoción. Lo entendimos al verle. Era un hombre inmenso, que vestía un chándal crema, adorn…

El nubarrón

¿Sabes esos días que te levantas con aire de tormenta? ¿Esos días en los que los sonidos usualmente dulces y hasta deseados suenan como desagradables truenos dentro de tu mente? ¿Esos días en los que las estridentes voces de los niños provocan una punzada de intenso dolor en la sien? Pues hoy tengo uno de esos días. Así que sabrás disculparme. No he sido yo el ha ha soltado la mano, ha sido culpa del nubarrón.

Noche pétrea

Había pasado las últimas cuatro horas acurrucado entre un par de arbustos. El sol había caído rápidamente sobre las ruinas de Petra, y con la luz también habían desaparecido los miles de turistas que hasta ese momento mancillaban aquel territorio sagrado.
Supuso que la vigilancia se relajaría un tanto, y que el número de policías se reduciría. No obstante debía andar con cuidado.
Pasó frente a la tumba del Corintio, y subió por la suave pendiente. Sabía que en una de las pequeñas tumbas de la montaña se encontraba enterrado el ídolo sagrado. Un sacerdote nabateo lo había escondido allí antes de que las tropas romanas entraran en la ciudad. Y dejó noticia de ello en una tablilla que llegó a sus manos a través del tiempo, de Egipto y de un coleccionista de antigüedades libio.
Tal y cómo lo había supuesto la figurilla era de la misma piedra esculpida del valle. El tesoro estaba al fin entre sus manos. Pasó la mayor parte del resto de la noche oculto en una fosa tallada en el suelo, observan…

Wadi Rum

Parece que Gaudí hubiera diseñado las formas caprichosas con las que el viento y la arena han dibujado la faz de las montañas. La veo caminar por la arena, buscando esas piedras que según el guía usaban las mujeres tuareg para decorar sus rostros. El resto de los turistas miran con miedo y curiosidad la posible guarida de una serpiente.
Nadie me ve. Nadie me mira. Al otro lado de la duna se prolonga el mar de arena y los mazizos de roca se elevan como abruptas islas volcánicas. Comienzo a andar hacia el Este.
Nadie me dice nada.

Dos puntos

No le había prestado demasiado atención al premio. En el fondo pensaba que no tenía ninguna posibilidad de ganar, y en ningún caso esperaba atraer la atención de nadie. Llevaba ya más de 250 cuentos escritos y apenas había recibido visitas en todo ese tiempo. Sin embargo, para su sorpresa, comenzaron a aumentar los accesos a su web de relatos minimalistas y su obra apareció entre las más votadas del concurso (logró 2 puntos).
"¿Y si ganase?" Pensó. Y luego soñó que ganaba, que su rostro aparecía en las páginas del diario, que sus hijos le miraban con orgullo y que su suegra dejaba de ningunearle.
Y fue feliz al menos una noche.

El viajero del tiempo

Lo había leído hacía muchos años en una novela; "Caballo de Troya", se llamaba. Desde ese momento, la posibilidad de los viajes en el tiempo marcó su vida. De un lado, se dedicó con ahínco a los estudios de física. Y por el otro, devoraba cuanto libro de historia se le ponía por delante.
Poco a poco fue quemando etapas en la carrera académica, hasta que logró entrar en la Agencia Espacial Europea gracias, precisamente, a sus trabajos sobre la discontinuidad del tiempo.

– ¿Eres tú ese al que llaman el Nazareno?
– Sí, lo soy.
– ¿Y eres el verdadero Mesías?
– Si, aunque mis armas son las palabras y mi trono el amor.
– ¿Y así piensas vencer a los romanos?
– Por supuesto. Yo sólo soy un hombre, pero las palabras pueden pasar de un hombre a otro, y pueden sobrevivir al paso del tiempo.
– ¿Un hombre dices? ¿No eres acaso tú hijo de Dios?
– Tanto como el resto de los que van conmigo.

Su decepción se hizo evidente. En el fondo esperaba algo menos prosaico, algo más espectacular. Se despidió de…

La sorpresa macabra

Baja del coche. Se acerca al borde de la carretera y salta el quitamiedos. No corre, aunque cree que su vida depende de la prisa que se de.
Hace un par de horas estaba aún contemplando su reloj, pendiente de la hora de salida, pensando en el fin de semana. Sin embargo, unos segundos antes de salir, cuando ya estaba el ordenador apagado sonó el teléfono. La voz amenazante le dijo lo que tenía que hacer si no quería morir. Nada más colgar una bala atravesó el cristal de su ventana y fue a incrustarse en el retrato de su novia.
En el trayecto ha ido pensando cómo se ha podido meterse en este problema, o quién le está haciendo esto. Está asustado, tanto que no ha sido capaz de huir, de salirse de la autovía y desaparecer.
Ahí está, caminando en dirección sur apretando el paso para cumplir el horario. acercándose a la casa. En la puerta tiene el corazón en un puño: el picaporte se mueve sin problemas y la hoja se mueve dando paso a la oscuridad. En ese instante, se cree muerto.
¡Felicidades! …

El cuadro

Entre los marcos de la pared éste llamaba la atención por su sencillez. Ni dorados, ni repujados, ni filigranas de ebanista como los demás; apenas una delgada línea de madera que rodeaba el cuadro más extraño que jamás había visto.
Una pradera verde, redondeada, con la hierba mecida la brisa que se adivina suave, con el brillo que aporta la lluvia recién caída. No hay árboles, ni macizos de flores, sólo la hierba. El cielo, de un azul griego, tiene la profundidad del mar y los jirones de nubes bien podrían ser los penachos de espuma de olas tendidas.
– Ese cuadro se queda en la casa, lo compró mi padre en un mercadillo de Ibiza hace muchos años, aunque no tiene ningún valor.
– Ajá. –Le digo, con un aire que pretende sonar indiferente. –Creo que me quedaré la casa, aunque necesita un profundo arreglo y seguramente las instalaciones serán viejas. Tendríamos que negociar mejor el precio.
– Por supuesto, por supuesto. Vayamos a la cocina, que hay más luz y hablemos, estoy segura de que podemo…

El último comienzo

Le he visto soltar una lágrima. Y no ha hecho falta que me dijera el diagnóstico. Desde que miró por segunda vez la imagen en el panel de luz lo supo. Y luego lo supe yo, al verlo reflejado en la gota de sal que resbalaba hacia el suelo.
No me decía te estás muriendo, me decía adiós. No entendí el plazo, daba igual, era corto.
Ahora estoy aquí sentado, ante la primera página de esa novela que he comenzado a escribir cada año. Aunque hoy no es como las otras veces. Esta es la última vez que comienzo: "Le vio soltar una lágrima."

La presa

El 4x4 se arrastraba por la pista, entre las dunas amarillas. El motor había llegado todo lo lejos de lo que era capaz. Un ronquido seco fue su último aliento; se paró sin tiempo para apartarlo del camino.
El conductor quitó sus manos del volante y se dejó vencer por el cansancio de tantas horas atendiendo las trampas del camino. El calor era intenso, y el sudor bañaba todo su cuerpo.
Al caer la noche, el hombre del coche decidió salir y comenzar a andar por la pista.
En algún lugar, cada vez más cercano, sus cazadores estarían siguiéndole el rastro. Tarde o temprano le alcanzarían, a no ser que antes lograra llegar a algún poblado o le venciera el desierto.

El hombre marca

Le conocí cuando las marcas eran su religión: las buscaba, las atesoraba en cualquier forma que éstas presentaran, preferiblemente en ropa y zapatos. Pero tal pasión por ellas le generaba grandes gastos y, poco a poco, fue limando los ahorros familiares y hasta las rentas que le proporcionaba su trabajo en un banco.
Entonces llegó la crisis, y con ella los cierres de comercios y los recortes de personal, incluso en el propio banco. De pronto se vio en la calle, sin dinero y, lo que es peor, sin capacidad para seguir aumentando su adorado tesoro. La venta de sus mejores piezas terminó financiando la comida y la luz del día a día, trastornando su entorno y su cabeza a la vez.
Hoy le he vuelto a ver paseando por el Retiro, vestido de marca, haciendo de hombre anuncio y siendo otra vez feliz.

El rey deseado

Muchos de los suyos le vieron lanzarse a la carga con la furia de los jóvenes suicidas. Su fabuloso caballo blanco, inconfundible en el campo de batalla, se perdió entre las filas enemigas. Iban con él algunos de sus mejores caballeros, todos en pos de su rey y de su Dios.
Sin embargo, pocos lo vieron prisionero, y ninguno de ellos sobrevivió para poder contarlo. Él si pudo contemplar cómo su ejército sucumbía. También pudo ver morir a su enemigo y recbió de éste, a modo de reconocimiento por su valor, la libertad.
Sebastián de Portugal no quiso volver con vida después de aquel fracaso y dejó pasar los días que le restaban contando historias de cruzados cristianos en los zocos del Magreb, mientras que en su tierra los juglares cantaban la última batalla del rey Deseado y soñaban con su resurrección.

No sé si soy

No sé si soy la persona que digo que soy. Leí este trabalenguas en el perfil de un usuario de Bitácoras.com. De primeras no le presté atención al sentido, pero la cacofonía forzada de la expresión me sirvió para recordarla.
Luego, de noche, que es cuando suelen volver a uno los pensamientos que impiden el sueño, caí en el significado de la expresión. Y me dí cuenta de que, en parte, esa afirmación la podría decir como suya cualquiera. Al menos, yo si que podría decirla sintiéndola mía.
A veces mi impostura termina por devorar mi verdadera personalidad, trasluciendo un ser que no es enteramente yo. Alguien que me protege de los demás, de mis miedos sobre los pensamientos que provoco en los otros, y que sólo aparentemente se parece a mi. Así que, afirmo, no sé si soy la persona que digo que soy.

La primera decepción

No había dejado nada al azar. Cada uno de sus movimientos los había estado ensayando durante meses: cada palabra, cada entonación, incluso, cada caída de ojos. Por eso consideró que había estado perfecto, que la ejecución había sido irreprochable y que el fracaso no podía ser una opción.
Y, sin embargo, ella dijo que no, fríamente, sin apenas pensarlo. Luego, posiblemente conmovida por el enorme dolor que se adivinaba en sus ojos, le aclaró que sus padres consideraban que era aún demasiado joven. Y luego se fue.
Allí quedó él, con el corazón destrozado por primera vez en sus 14 años de vida, repitiendo mentalmente todo lo que había pasado en busca del momento exacto en el que metió la pata: nadie puede rechazar una invitación al cine tan bien estudiada.

La improbable paloma de la paz

– Arriba, en lo alto del tejado. ¡Allí! –Su mano diminuta señalaba hacia la paloma que acababa de iniciar el vuelo.– Esa es la paloma de la paz.
– Claro hijo, esa y millones más...
– Papá no te rías. La hemos visto en un cuadro en el colegio, y era como esa.
– La del cuadro tiene una ramita de olivo en el pico. Ésta no.
– Pero eso es porque se le ha caído.
– Vaaaale, para ti la peseta.
– Se le debió caer cuando le dispararon. ¿No ves que tiene una mancha roja en el pecho?

Alzheimer

En el último momento no me atreví: clavado en el sofá, con las manos posadas sobre el teclado, con el índice a punto de pulsar en "aceptar".
Tuve que viajar en el tiempo, 20 años atrás. Tuve que ver de nuevo el deterioro de mi padre, olvidándose poco a poco de todos, para acabar también olvidándose de sí mismo. Recordé el alivio con el que conocí su muerte y la búsqueda de este servicio. Sencillo, barato y eficaz. Una especie de hermandad en torno a la muerte digna. Ellos se encargan de eliminarte, sin dolor, sin aviso, sin pérdida de pólizas de seguros. Sólo hay que ser un poco previsor. Yo lo fui, el recuerdo era demasiado cercano y doloroso.
Tuve que viajar en el tiempo y recordar para encontrar la energía con la que mover el dedo.

¿Abducido?

He vuelto a tener el mismo sueño. Estoy tumbado en una sala similar a un quirófano. Alguien a mi alrededor se mueve con premura. Noto, o presiento, que me están analizando. Hace frío y la luz es blanca, muy blanca, intensamente blanca. No se oye nada más que un leve zumbido: tal vez un roce; tal vez el rumor lejano de una máquina.
No tengo miedo, aunque no concibo nada que me produzca más pánico que esto: en un lugar extraño, cubierto sólo de luz, que no te permite esconderte, ciego e inmóvil: a merced de cualquiera.
He tenido otra vez el mismo sueño, por lo que me levanto con una sensación extraña, y cansado, muy cansado... Así que tendré que doblar la dosis de café antes de regresar al trabajo, en el tanatorio municipal.

Dios Azar

– No hay sitio para dios en el Universo. Somos fruto del más puro azar, de una cadena de grandes e improbables casualidades. Por eso, haberte conocido, haber compartido tu cama y recibido tus besos, son para mí tesoros imperdibles. No me dejas, aunque me abandones. En mis brazos quedará siempre recuerdode tu cuerpo. Y la casualidad que nos juntó será desde ahora mi Dios y mi esperanza.

El amante doble

A veces Ana hacía de Laura. Otras, Laura hacía de Ana. Su perfecta similitud daba pié a su juego favorito, en el que engañaban a sus padres, a sus profesores, a sus amistades. Cuando Ana comenzó a salir con Alberto, tal y como habían hecho antes otras muchas veces, se dieron el cambiazo. A esas alturas su compenetración era perfecta, de forma que resultaba prácticamente imposible saber quien era cada una. Pero sucedió algo que no estaba previsto: ambas hermanas se enamoraron del joven e, incapaces de renunciar ninguna de ellas, acordaron continuar con el engaño hasta que fuera posible.
Con el paso de los meses el asunto se fue complicando, de forma que ambas sufrían celos de la otra, esmerándose por permanecer cuanto más tiempo mejor con él. Una noche, el enfrentamiento entre ellas llegó a las manos y, así, acabó su madre conociendo el problema. Alberto le había pedido a Laura que vivieran juntos y ella había aceptado. En esas condiciones ya no era posible demorar por más tiempo el des…

El accidente

Mira hacia atrás. Al otro lado del pasillo le espera su cuerpo vacío, muerto. En realidad, aunque no quiere creerlo, piensa que aún es posible el milagro, que ese cuerpo que le piden reconocer no es el suyo: que esta desgracia no es la suya.
Quiere creer que no subió al avión, que se quedó atascado en Buenos Aires, o en Santa Cruz, y que aún no ha podido llamarla. O, en el peor de los casos, también posible que esté entre los heridos y que no hayan podido identificarlo.
Los latidos acelerados de su corazón ahuecan los sonidos, por lo que no entiende las palabras que le dice el policía mientras levanta la sábana. No es él. Está segura.
De regreso a la sala de los familiares llora. No sabe si de alegría, porque es posible que siga vivo, o de tristeza, pues su terrible espera deberá continuar.

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Nota del autor: Mi más sentido pésame a los familares de los muertos en el accidente de Barajas.

El extraño caso del profesor Feliú

Todo en él parecía normal. Sus ojos, profundos, inteligentes, vivos y brillantes seguían a las enfermeras por el quirófano, mientras sus manos se movían de memoria en las entrañas del paciente.
Todo parecía normal: un caso más, seguramente un milagro más de Feliú, el Dios de la cirujía. De fondo sonaba casi como un susurro el Carmina Burana, con el respirador funcionando al compás de la música.
Parecía una operación normal, una de tantas de las que se realizaban al día en el enorme hospital universitario. Todo dentro de lo previsto, clavando incluso los minutos de intervención.
Sin embargo, a la puerta del quirófano, dos hombres de gabardina gris esperaban para llevarse esposado al Doctor Feliú, el Dios de la cirujía, que durante años había estado practicando en casa con prostitutas y mendigos a los que luego dejaba flotando, huecos, en las aguas del río que atravesaba la ciudad.

La princesa de cuento de hadas

La princesa del cuento de hadas miró a su Príncipe Azul. Era, como mandan los cánones, guapo, alto, de ojos profundamente azules. Sólo una voz un poco aflautada parecía desentonar con el estupendo conjunto.
El príncipe vivía en el palacio familiar, rodeado de lujos y de sirvientes. La suya sería una vida llena de paz y de seguridad a su lado. Pero la princesa del cuento de hadas siempre había soñado con la libertad del mar, con navegar por el mundo a bordo de un barco corsario, con doblegar las olas del Caribe, con ser libre.
Pero, como mandan los cánones, la princesa hundió los ojos en el suelo y con voz tímida y aterciopelada dijo "si quiero".
Y él fue feliz y comieron perdices.

Especialización

Cada adaptación tiene un precio. Pasa en el mundo animal, todo el mundo lo sabe. Pero también pasa en las relaciones humanas.
Me dijeron: "Especialízate. La especialización es la clave del éxito". Me gasté un dineral en cursos, másteres y seminarios, durante muchos años. Logré ser una autoridad dentro de mi terreno en la empresa. Me hice indispensable.
Pero toda especialización supone un coste. Si las condiciones cambian, lo que antes eran ventajas pueden convertirse en inconvenientes.
"No eres lo suficientemente versátil. No hablas de nada más que de eso". Me dijo. Y luego se fue.

no es nada personal

Apagó el monitor. Sóno un leve click y vió como toda su vida durante los últimos 12 años, 7 meses y 4 días se desvanecía de la pantalla con un dramático fundido en negro. La mesa, blanca, estaba tan vacía que casi sintió vertigo.

No es nada personal, le dijeron. Quizás, cuando la cosa cambie, te volveremos a llamar, le dijeron. Te echaremos de menos, le dijeron.

Y ahí estaba. Solo entre las miradas atónitas, la vergüenza del alivio por no ser uno el elegido y las frases de ánimo susurradas. Los miró, uno a uno. Y sintió, en algún lugar indeterminado a camino entre el pecho y las vísceras, una enorme sensación de alivio.

El personaje

El niño no dejaba de mirarle y de decir de forma autómata: "Es Mickey, es Mickey". Los ojos del crío reflejaban incredulidad, emoción y, sobre todo, alegría. Como siempre, se paró junto al pequeño y posó para la fotografía que luego ocuparía un lugar de privilegio en el álbum familiar.
Mientras se formaba una improvisada cola con decenas de niños igualmente emocionados, Jackes, el hombre dentro del personaje, seguía dándole vueltas a su problema.
Cuando llegara a casa le diría a Josefine que la suya no sería una historia de final feliz, que los finales Disney sólo se producían dentro del parque.

No me arrepiento de nada

Su mirada se paró en la mitad de la pantalla. Sus ojos fríos lograron lacerar mis pupilas. Entonces lo dijo: "No me arrepiento de nada".
Sonrió y su rostro por un momento tomó la ridícula forma de una Ternera.
En el sillón de mi casa imaginé la angustia de las viudas, de los hijos sin padre y de los padres sin hijos que el animal había sembrado en sus años de sangre y fuego. Y supe de seguro que, tarde o temprano, alguien le alcanzaría y gritaría delante de una cámara de televisión "no me arrepiento de nada".

Demonios privados

"Hazlo. Hazlo", susurra a gritos la voz que suena en mi cabeza. Veo sus ojos llorosos pidiendo clemencia.
Pero no puedo soltar mi presa alrededor de su cuello. Me pide perdón, me dice que lo siente. Que no lo volverá a hacer en su vida.
"De eso estoy seguro", le digo. Tal y como me han sugerido las voces. Y ella llora aún más intensamente.
– Luis, déjala. Por Dios. No te busques la ruina. – Me dice Alberto. Mi amigo Alberto. Le disparo en una pierna y se calla.
Y el disparo provoca que ella se orine encima. La humillación completa. Ahora ya sabe como me sentí.
"Dispárale, dispárale", susurran a voces mis demonios privados.

Silencio

No escucho nada. No oigo.
Tampoco emito el más mínimo ruido. Sólo silencio.
Si lo que tienes que decir no es más bello que el silencio, calla. Eso me decían en el colegio. Eso aprendí. Y eso hago.
Mantengo firme mi propósito de irme sin dejar la más mínima huella: borrarme de este mundo que no me tiene en cuenta, que no quiere mirarme. Ni escucharme.

Un polvo enconado

– ¿Cómo dice?
– Lo que ha oído. Usted está de mal humor, cree que su mujer no le quiere. Piensa que su vida se escapa entre los dedos y que ni puede hacer nada por evitarlo, ni se ve capaz de aprovecharla. Se lo puedo decir de forma más técnica, pero yo creo que lo que tiene usted es lo que yo llamo un "polvo enconao".
– Es posible, pero no uno, ya deben ser cientos. En cualquier caso, ¿qué puedo hacer?
– Tiene usted, en principio, un par de opciones. Puede poner las cartas sobre la mesa y hablar con su esposa. Puede usted decirle cómo se siente. Esto pude ser la solución, o el inicio de una crisis en su matrimonio.
– Ya... ¿Y la otra opción?
– ¿Ha oído usted hablar del bromuro?

Cortar amarras

Ha cortado las amarras. No las ha soltado. Quiere dejar claro que no piensa volver. Esos dos pedazos de cuerda guardarán memoria de su marcha.
A la salida del puerto, uno de los marineros le saluda. Devuelve el gesto con la mano y pone proa al sur. Iza la mayor, despliega el foque y programa el piloto automático. Entonces baja a la cabina y recoge el cuaderno de bitácora. Pone en el equipo de música La Boheme y vuelve a cubierta. Abre el libro y escribe:
"5 de julio de 2008, 17:20 horas. He cortado las amarras. No las he soltado. Quiero que esos dos cabos rotos guarden memoria de mi marcha."

Volar no tiene secretos

Es simple. La cuestión es no mirar. La cuestión es saltar sin dudas. Aferrarse a la argolla y tirar de ella cuando hayan pasado 15 segundos. Pero, ¿y si en el último momento decido no tirar? ¿Y si la sensación de ingravidez me nubla la razón y se me olvida contar?
El resto de saltadores mira al suelo del avión. Todos sudan de nerviosismo y ya nadie hace chistes como en el momento del despegue.
El monitor ha gritado que todos arriba. Nos ponemos en el orden ensayado y comenzamos a saltar.
Volar es fácil, la cuestión es no mirar. Cierro los ojos y pongo mi mente en blanco. ¿Habrán pasado ya los quince segundos?

Una línea más

Cruza la ciudad sin levantar los ojos del suelo. Se diría que va leyendo un texto secreto, escrito con una tinta visible solo a sus ojos. Pero en realidad huye, escapa. Se aleja de un destino prefigurado por otros. Quiere pasar desapercibido, olvidarse de esa B ignominiosa con la que le marcaron justo unas horas después de nacer.
Atraviesa la ciudad, queriendo dejar atrás el resto de su vida. Pero junto a él, por encima y por debajo de él, miles de kilómetros de fibra óptica trasladan a todos y cada uno de los terminales del país su ficha. No es el primer Tipo B que se revela. Ni será el último.

Un mundo de previsiones

– ¿Cómo lo calificamos entonces?
– Tiene una elevada probabilidad de no pasar de los 40, pero será guapo e inteligente, lo que hará que sus ingresos sean elevados.
– Si consigue evitar que nadie se entere.
– Está la Ley.
– Pero tú y yo sabemos que la Ley no se cumple, y que lo más probable es que esté condenado. Será una novia precavida, o un jefe curioso, hasta una Universidad que quiera conocer la probabilidad de rentabilizar su inversión de conocimientos.
– ¿Entonces?
– Baja esperanza de vida, baja generación de ingresos: Tipo B.
– A veces me pregunto si lo que hacemos es justo.
– ¿Sería más justo que la sociedad gastara millones en educarle, en promocionar su imagen, para que luego se muera y entierre con él todo ese dinero?
– Pero, ¿Y si no se muere? A veces pasa.
– A veces, pero muy pocas.

Macabro

La escena es atroz. Hay sangre casi por todas partes. El olor es nauseabundo. La muerte se huele desde lejos. Pero el cuerpo no aparece.
Los agentes han estado buscando por toda la casa, lo único que han encontrado es un par de gatos orondos que han salido huyendo en cuando abrieron la puerta.
Ha pensado en la posibilidad de los gatos, pero tampoco están los huesos. No está claro, nada claro lo que ha sucedido en esta casa.
No se han forzado ni puertas ni ventanas. Nada parece haberse roto, ni siquiera hay pelos de gato por las colchas.
El olor es atroz.

El silencio y la huida

Ni una sola palabra desde hace meses. Apenas un par de gruñidos, más lánguidos que feroces. Y luego el silencio.
La luz de la habitación tilila, cercana ya a fundirse, mientras ella espera en el pasillo a escuchar la respiración profunda de su marido, señal inequívoca de que el libro de siempre ha resbalado de sus manos.
Piensa en lo que echará de menos en adelante este pequeño ritual de espera, agazapada tras la puerta de la habitación, huyendo de la conversación terrible, que pone de manifiesto algo que ambos saben hace años: ya no se aman.
Avanza hacia la cama sin hacer ruido y, en lugar de acostarse como siempre, saca de debajo de la cama la maleta que hizo la semana anterior.
En la calle espera el taxi.

Ostracismo

No podía creerlo. Aquellos que apenas un año antes aclamaban su nombre y lo paseaban en brazos por las calles de la polis, hoy acuchillaban las letras de su nombre en las tablillas de arcilla.
La asamblea de ciudadanos había marcado su destino. Otros ya habían sufrido el mismo castigo antes que él, pero a diferencia de ellos, él se sabía ya al borde de sus días y el ostracismo era una sentencia a morir fuera de Atenas. El peor final para alguien que soñaba con la gloria eterna en la memoria de sus iguales.

Intermedios

Construyó una alhambra de ensoñaciones en las que él siempre aparecía a lomos de un caballo blanco. A veces al volante de un mercedes. Siempre con el cabello mecido por el viento, siempre en el momento justo, siempre luciendo una magnífica sonrisa profidén.
Tal vez por eso, cada vez que le pedía perdón y le rogaba que no lo abandonase, ella echaba mano de sus sueños y volvía a su lado, inmune a los gritos y las palizas que no eran más que intermedios en su futuro perfecto.

Y comprendí que nada se comprende

Te vi, como en una ensoñación calurosa de verano, lanzarte desnuda a la piscina. Todos los hombres te miraron con el deseo inscrito en las pupilas, pero yo no quise cubrirte.
En ese momento no supe si te amaba o si te odiaba, y comprendí que nada se comprende.


(Gracias, Luis García Montero)

Sueño con Alicia

Me acaricia con la punta de la lengua. Un escalofrío agradable y cálido recorre toda mi espalda. Su cabello me resbala sobre el pecho, como una mano echa de millones de aterciopelados dedos, mientras su boca va buscando mi sexo.

Entonces soy consciente de que duermo.
Sólo en sueños podría estar con Alicia así. Y me despierto entristecido. Acudo al trabajo de mal humor, con el desánimo incrustado entre los ojos. Hasta que la veo de nuevo.
Su sonrisa me da fuerzas para esperar hasta la noche. Lástima que quien le pasa el brazo por la cintura no sea yo y que el retrato esté en la mesa de Fernández y no en la mía.

Amor total

No quiero dejarla sola. Acabo de besar el hueso y entonces me dejo arrastrar hacia la salida. En la puerta un policía vomita sobre los rosales que tanto le gustaban a ella, y la gente aparta sus ojos de mi con repugnancia.
¿Cual es mi pecado? Quererla sin mesura. Quererla hasta más allá de la muerte. Quererla mía para siempre. ¿Que me costará explicar que no la he matado? ¿Que me llamarán caníbal? Me da igual. Ahora ella está dentro de mi, yo soy ella, ella soy yo: el amor sublime, el amor total.

El salto

Lo más difícil era colocarse justo al otro lado de la bandarilla, con el vacío —en todos los sentidos— bajo sus pies. Lo sabía bien porque no era la primera vez que lo intentaba, aunque sólo su familia más cercana lo sabía.

"Tan sólo un paso y se acabará toda esta angustia" pensó. "Sólo un pequeño impulso". 50 o 60 metros más abajo el riachuelo fluía torpemente por un cauce que parecía a punto de quebrarse.

Se sintió sólo. Mucho. Esta vez había amenazado con hacerlo, pero en el fondo nadie lo consideraba capaz ¿Por qué hacerlo? ¿Acaso no había fracasado la primera vez?

Respiró profundamente y, luchando con su propio cuerpo, saltó. Y, por unos instantes, todo pareció estar justo en el lugar que le pertenecía por naturaleza.

El tirón de la cuerda lo devolvió al mundo. Luego vinieron los aplausos de los curiosos y los árboles como manchas moviéndose a su alrededor.

No todos los días hace uno puenting.

Cae el luto

La he visto sonreir. Su mirada se ha posado sobre la disparatada pareja que hacía equilibrios sobre una castigada moto, entre el aún más disparatado tráfico de la ciudad. Ambos demasiado gordos para estar sanos, demasiado viejos para ser jóvenes y demasiado feos para ser dignos de atención.
Y, sin embargo, a pesar de todo eso y contra todo pronóstico ellos parecían felices, esquivando coches, inclinando sus cuerpos al unísono y venciendo a la gravedad cada vez que hacían una ese entre las hileras de vehículos.
Ha sonreido. Y eso significa que el luto al fin ha comenzado a caer de su corazón, que dentro de poco volverá a ser mi momento. Y, en esta ocasión, no pienso renunciar a ella.

La canción del insomne

A veces me despierto en mitad de la noche envuelto en sudor. La culpa es de una pesadilla recurrente en la que un ratón Mickey malvado me persigue con un pico en la mano. Su intención, siempre la misma, es clavármelo en mitad de la cabeza. Siempre lo consigue, por más que intento despertarme. Siempre también, cuando lo hace, me viene a los ojos un viejo cartel que durante días aterrorizó mis noches infantiles: un calvo con la cabeza de un pico incrustada en el cráneo.
Una de esas noches de pesadilla me pareció oir unas voces lejanas, que subían y bajaban de tono, como en una discusión. No les presté atención. Posteriormente, en una reunión de la comunidad de propietarios del edificio, alguien se quejó del cantante noctámbulo. Y hace una semana, en medio de una noche terrible vigilando la fiebre de Álvaro, abrí la ventana y le oí.
Cantaba sin demasiado oído, sin acompañamiento musical, pero con un ímpetu impropio de la hora. Cantaba sin pausa. Hasta el amanecer. Y siempre canciones de de…

Muchedumbres existe

Muchedumbres no se encuentra en ningún sitio, pero existe. O existió. Nació de la mente de un mediocre escritor, como trasunto personal de Macondo. Incluso, en su primera versión se encontraba en una Sudamérica imaginada, entre la sierra y la selva. Más tarde la trasladó a España, convirtiéndola en una ciudad más cercana, aunque todos sus vecinos viajaron con ella hasta su nuevol espacio.
Muchedumbres, ya digo, se encontraba en los recovecos de la mente de un escritor frustrado.
Tuve conocimiento de estos detalles hace apenas una semana y hoy, como entretenimiento, he tecleado el nombre en Google Earth. De pronto, el vuelo de la cámara se ha detenido sobre una estribación de la Sierra de Gádor, en su vertiente norte, allí dónde la trasladó su inventor. En la pantalla no se veían casas, ni siquiera caminos que pasaran cerca y no hay registrado ningún paraje o negocio que contenga la palabra muchadumbres.
¿Cómo ha podido un error informático (pues no encuentro otra razón) dar lugar a esta …

Mi nombre no tiene letras

Me llamo Álvaro. Eso dicen mis papeles. Y mis padres. Y mis amigos.
Pero yo creo que no soy nadie, apenas un instante en el transcurso del tiempo, un accidente intrascendente en la historia del Universo. Mi nombre, como yo, no es importante.
He querido borrar sus letras, dejarlo completamente en blanco, pero en el registro civil no me lo han permitido. Es Estado debe poder nombrar a sus ciudadanos, me ha dicho el funcionario.
No obstante, ahora firmo sólo con una cruz, dejando muy claro que no es una letra.
Tan sólo volveré a añadirlas si hago algo que me permita dejar de ser un minúsculo elemento en el infinito devenir de la energía.

El viejo y los papeles

El hombre debía realizar un enorme esfuerzo para mover sus piernas. Por cada paso que el anciano lograba coordinar, pasaban a su lado docenas de transeúntes.
Desde su ventana, al oficinista le parece que anda a cámara lenta, como en un anuncio de perfumes de los que se ven en navidades, pero sin efectos de cámara. El oficinista imagina que su pensamiento es un buen argumento para una historia, o para un anuncio de perfumes de los que se ven en televisión.
Entonces el viejo lanza al suelo unos papeles y el oficinista que hasta ese momento le miraba con aprecio, hasta con compasión, tuerce el gesto contrariado y vuelve su mirada a la hoja de cálculo que le espera con una fórmula a medio escribir.

Dios es mujer

– ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Vaya! ¿No hay más cosas que tirar? ¿Habéis estado guardándolas hasta estar seguros de poder baldarme?
Baja por la escalera y cuando llega al portal aún le resuenan en los oídos las palabras de su jefa, por la mañana. Unas palabras que le han estado martilleando desde que las oyó: "Desengáñate, tú no vales para esto".
Su mujer le acaba de dejar claro que en casa sólo sirve para tirar la basura y sus hijas adolescentes no le hacen ningún caso, ya que apenas las ve. Para colmo, el pedal del contenedor no funciona y tiene las dos manos ocupadas con bolsas: una de orgánicos, dos de envases y otra más de vidrios. Comienza a llover.
– ¡Me cago en Dios! ¿Es que hoy es el día universal del puteo a Jorge?
Los contenedores de cristal y envases están a un par de manzanas de distancia y comienza a estar calado. Prueba con el recipiente azul para papel. Se abre perfectamente. Mete dentro todas las bolsas, con un cierto sentimiento de culpabilidad.
Pero a esas horas y bajo …

Veo, no miro

No tengo tiempo. Mirar lo requiere. Así que sólo veo. Veo personas que avanzan con la mirada perdida, tal vez perdidos ellos también. Veo coches semivacíos que se agolpan y casi se empujan en los semáforos. Veo calles que se entrecruzan y se interrumpen súbitamente.
No tengo tiempo para mirar. Si mirara intentaría seguir a las personas de mirada perdida, sólo para comprobar si realmente están perdidas o sólo lo parecen. Si mirara me preguntaría por qué los coches se agolpan en calles que se entrecruzan y que sólo por casualidad desembocan junto al mar.

El encanto de mentir

No se trata de una necesidad, es algo así como un entretenimiento. Hay gente que se divierte jugando al fútbol, o peor, viéndolo por la tele. Yo prefiero mentir.
Antes era más difícil, había que ser muy bueno para poder quedarte con el personal, ya que aparte de tener imaginación para tejer la mentira, tenías que ser capaz de interpretar la situación sin que se te notara, sin que se te llegara a escapar la risa. Y luego había que tener memoria para recordar qué y a quién le habías contado las patrañas. Y eso sin contar con el descreimiento de la sociedad, que cada vez te lo ponía más complicado.
Pero, paradójicamente, ahora es mucho más fácil. Sólo tengo que conectar mi ordenador, abrir el messenger y comenzar a chatear. Nombres falsos, vidas inventadas, experiencias imposibles. Y todo cuela. Supongo que será por el poder de la palabra escrita, aunque también puede ser que, en realidad, todos hayan descubierto el secreto encanto de mentir.

El poder

– El poder es la explosión de una supernova. Primero, se comprime, se encierra en si mismo, pero inmediatamente comienza a crecer, engullendo otras estrellas y cualquier planeta que se encuentre a su paso. Así es el poder. Por eso no es bueno que nadie lo ostente por demasiado tiempo. Aunque podemos plantear excepciones. En ocasiones, los proyectos ambiciosos, los proyectos que tienen gran repercursión en el futuro presentan largos períodos de maduración. Los retos a los que nos enfrentamos son enormes. Son gigantes que requieren de muchos años para poder ser vencidos. Por eso, y solo por eso, les pido que voten hoy por la modificación constitucional, en contra de limitar los mandatos.

Las huellas, las estrellas

Entrecerró los ojos y volvió a mirar al cielo. Los puntos blancos se hicieron más nítidos y pudo comprobar que algunos tenían un contorno similar a la huella del mamut. Desde siempre le habían llamado la atención aquellas luces de lo alto, y que la mayor parte de las noches podía ver desde la boca de la cueva. Sin embargo, desde que fue aceptado como un cazador más del clan, tuvo que esconder su afición demasiado infantil, y apenas encontraba ocasiones para escudriñarlas.
Tenían hambre, cada vez era más difícil encontrar manadas. Los grandes animales que servían para alimentar durante muchos días y que proporcionaban huesos y colmillos para las herramientas, parecían más escasos que nunca. Habían aprendido a esconderse o habían huido de la tierra, y aquellos círculos blancos del cielo nocturno eran el rastro que habían dejado al pasar.

Nefertiti

Ella quiso ser él, quiso tener su poder. Y él, enamorado y ciego, fue un instrumento en sus manos. Por ella construyó la nueva capital. Por ella, Atón sustituyó al viejo Amón en el panteón oficial del reino. Por ella, la familia real fue asimilada a la divina. Por ella se erigieron templos y su nombre apareció en las estelas junto al del faraón.
Pero, mientras Akenatón soñaba con disfrutar de su amor, ella trataba con los sacerdotes de Amón la vuelta de los antiguos dioses, a cambio de ser ella misma la única reina, el único rey.
Así que mientras el viejo faraón moría con el corazón destrozado, Smenjare subía al trono, olvidando que una vez se llamó Nefertiti.

Ángel Ogro

Ángel Ogro no hace honor a su apellido. Detrás de esa palabra atroz se esconde un personaje pequeño, un hombre atrapado en el cuerpo de un niño de 12 años. Su voz, que uno podría esperarse aflautada, sin embargo, suena con una gravedad similar a la de un tenor de ópera.
Ángel tampoco hace honor a su nombre, ya que en ocasiones se comporta como un pequeño déspota, atento a los descuidos de los empleados para poder mortificarlos con sus broncas y regañinas.
Ángel Ogro es mi jefe. Y le odio.

Transvisualización

La primera vez que me pasó pensé que había sido un sueño: al principio me sucedía siempre en momentos anteriores o posteriores al sueño. Luego, con la adolescencia, comenzó a ocurrirme más a menudo y, poco a poco, llegué a ser capaz de controlarlo.
Veo a través de otros. En ocasiones mis ojos son los de otros, como si yo fuera ellos. Por ejemplo, mi hermano había sido siempre un mujeriego afortunado. Pues bien, la primera vez que vi a una mujer desnuda fue a través de sus ojos, en primera persona. Sólo tengo que concentrarme en la persona por la que quiero mirar y listo. Ellos apenas notan una punzada en la frente, casi nada.
Ahora no me pierdo ningún momento histórico, intento estar allí. Así, estuve en la entrada de las tropas norteamericanas en Bagdag, en las contrarrelojes de Indurain en el Tour o subido en el Renault de Fernando Alonso. Aunque el momento más sublime que he vivido fue el gol de Maradona ante Inglaterra, en el que incluso contribuí, ya que el Pelusa pensaba dar el pa…

La caverna de Platón

Siempre me pareció un nombre impropio para un bar, pero si yo hubiera tenido que montar uno, posiblemente lo hubiera hecho a su imagen y semejanza. El nombre, a priori, no tenía nada que ver con lo que uno se encontraba dentro. Aunque eso era a priori. Sólo cuando el dueño te tomaba confianza era cuando le encontrabas sentido al letrero de la entrada.
Hoy es uno de esos días en los que viene bien un buen consejo. La presión en el trabajo es tal que me encuentro entre la espada y la pared, y entonces es le pido a Pedro que haga salir de la cueva a Platón.
Platón me mira directamente a los ojos, yo diría que incluso me husmea directamente a los ojos, y entonces pregunto. Le cuento mi dilema: no sé si plantarme o rendirme y abandonar la empresa. Por un momento deja de mirarme, le da un mordisco a la rebanada de pan que tiene a su alcance y entonces habla.
Como siempre, hago lo que dice y funciona.
A estas alturas ya no me sorprende que Platón sea un ratón, lo que me intriga de verdad es que …

La alergia mentirosa

Esperaba su turno de palabra. Los demás iban contando los hechos, cada uno añadiendo matices propios, de forma que daba la impresión de que se trataba de un mismo dibujo, coloreado por distintas personas. Algún relato tenía tonalidades más frías, más asépticas: eran narraciones en tercera persona y en un pretérito perfecto que denotaba un conocimiento muy circunstancial del caso. Aquellos que se habían visto involucrados de forma más directa, dotaban a sus descripciones de mucho más brío, de unas tintadas tendentes al rojo fuego. En ellas había pasión, había dolor y había mucho desprecio hacia él.
Su defensa era sencilla, pero robusta. Él no había estado allí. Había pasado la noche en una timba mensual con un grupo de amigos y no se había ausentado de la mesa más que para ir al servicio.
El fiscal comenzó el interrogatorio. Y entonces sintió como su pecho se bloqueaba, un violento ataque de tos le sacudía hasta producirle arcadas y un sudor copioso empapaba su estudiada indumentaria. Un…

El maestro

"El origen del mal y el origen del hombre son la misma cosa".
El anciano dijo esto y luego se alejó con una sonrisa de autosuficiencia marcada en los labios. El joven aprendiz, anonadado nuevamente por las palabras del maestro, tomó nota de la sentencia y se retiró a su celda para desmenuzarla y empaparse de ella hasta la hora de la siguiente oración.
Antes del último servicio lo volvió a encontrar en la biblioteca, y entonces le dijo que si el mal y el hombre habían nacido a la vez, el hombre era, en realidad el propio ángel caído, lo que implicaba un error en las escrituras, o que la sentencia era falsa.
"El origen del mal, del bien y del hombre son la misma cosa". Fue la respuesta del viejo.
El aprendiz no pudo dormir aquella noche, y antes de la primera hora ya estaba esperando al sabio a la puerta de su raquítico aposento. Esta vez ni siquiera hizo falta que el chico abriera la boca. "Haz lo que tengas que hacer".
Aquella misma tarde el viejo fue acusado …

El aparcamiento

Tengo 83 años y aún soy capaz de trenzar mis propios pensamientos. No obstante, necesito servirme de un andador y algo de ayuda para recordar la medicación: tantas pastillas que ya no sé para que son. Pero mis manos todavía alcanzan para escribir, no tan rápido como antes, pero puede que un poco más lúcido.

Estoy encerrado en este aparcamiento al que me han traído mis hijos. La excusa fue que no era bueno que viviera solo a mi edad, que ellos estarían más tranquilos sabiéndome bien cuidado. Sin embargo, la realidad es que así no precisan venir a verme de vez en cuando para saber si estoy vivo, les consta que si muero serán avisados de inmediato.

Así que aquí estoy, viendo a seres que deambulan por los pasillos sin saber ni quiénes son, ni a dónde van, aparcados por sus familiares a la espera de una llamada que les libere por fin de la pesada carga de sentirse culpables.

El mirador

El bálsamo atroz del olvido aún queda muy lejos. Estoy seguro de que llegará, que los recuerdos se irán convirtiendo en harapos de la memoria, el retales raídos por las polillas del tiempo. Pero han de pasar los años, al menos algunos más.
Porque cada vez que cierro los ojos mi mente retorna al mirador. La silueta de la roca que emerge del fondo poco profundo, el azul del mar que la abraza. Como un barco pétreo que embarrancara hace milenios, su rastro desdibujado puede contemplarse desde arriba sólo en días especiales en los que la mar se para y parece que apenas es más que una lámina de plástico casi transparente.
Cierro los ojos y escucho el canto de las sirenas, que es el vaivén de las olas insuflando vida a la mortecina negrura del basalto. Cierro los ojos y estoy otra vez allí, lejos del tiempo, lejos del mundo, lejos de mi.

Despedidas

No era la primera vez que acudía a un acto como aquel. Pero si era la primera vez que asistía como protagonista. Como cabía esperar de su lagrimal sensible, no tardaron en aflorar pequeñas perlas salinas de sus ojos, situación que se repartiría varias veces a lo largo de la comida.
Mientras su mirada recorría los rostros de los presentes pensó en lo peculiar del comportamiento humano, que nos hace convertir en buenos y entrañables a los que nos dejan, más aún si el abandono es definitivo.
Entonces pensó que no estaría mal una vida repleta de encuentros y despedidas para siempre. Todo el mundo tendría un buen recuerdo de todo el mundo. Pero todo aquello se le olvidó cuando recibió la camiseta, ilustrada con lo que había sido uno de sus mayores problemas, pero también aciertos. Entonces se dio cuenta de que es necesario tiempo para que la gente se conozca y para que haya algo positivo que añorar.

(Dedicado a mis compañeros de la Cámara, de los que hoy me siento huérfano).

Sin pecado concebida (II)

– Ave María Purísima.
– Sin pecado concebida.
– Padre Damián, Dios sabe que lo he intentado, pero la imagen me persigue y me azora. No soy capaz de borrarla de mi mente.
– Esto y lo hemos hablado, ¿ha pedido usted ser relevado de esta función?
– Si, pero el obispado no me hace caso. Claro que yo no he dicho la razón. Me da mucha vergüenza...
– Pero hijo, es que se expone usted adrede...
– No sabe usted lo que es escucharla. Oir los detalles de su relación. Entonces me las imagino, jutas, desnudas. No lo puedo controlar. No sabe usted lo que es eso....
– Sí que lo se hijo, sí que lo sé.

Sin pecado concebida

– Ave María Purísima.
– Sin pecado concebida. Dime hija, ¿de qué te confiesas?
– De lo de siempre, padre: lujuria.
– Pero hija, ¿otra vez?
– Es que no lo puedo evitar, el hábito me pone. Y yo... Intento retenerme, pero finalmente mi mente se rebela contra el deseo de acallar mis ansias. Y...
– Me pones en una situación muy complicada. No puedo negarte que yo mismo he tenido... tentaciones. Pero siempre antepongo mi amor a Dios.
– Padre, es que le quiero tanto...
– Ya te he dicho que no puede ser. Además de ser mujeres, las dos sois religiosas. Reza cien Ave Marías y ten a mano siempre algo de hielo.

El coleccionista de cuentos

Un 14 de marzo comenzó su locura. Quería poseer la mayor colección de cuentos jamás escrita por un mismo autor. Se puso el límite diario de quince líneas y se atrevió a soñar con tenerlas en la mayor biblioteca de la historia a disposición de cualquier lector que quisiera poner sus ojos sobre ellos.
Algunos le quisieron hacer ver lo imposible de tal empeño, otros le señalaron la incapacidad de cualquiera para siquiera pensar en escribir cada día un relato distinto, por corto que fuera.
Pasó un año completo y su sueño no había llegado a desarrollarse por completo, incluso su objetivo de escritura diaria no había sido alcanzado, pero su necesidad de escribir, de narrar historias para quien quisiera leerlas le condujo a seguir en su empeño: lograr la mayor colección de relatos de la historia...

Jirones de roca

El mar rompe una y otra vez contra las rocas del acantilado, arrancándose jirones de espuma en cada acometida. La piedra, altiva, hace frente a las acometidas que se repiten una tras otra, desde siempre; y que seguirán produciéndose hasta siempre, en un proceso eterno.
Pero la roca, poco a poco, va siendo vencida por el agua, que a veces suave y acariciante, a veces enérgica y salvaje, hiere su alma pétrea.
Y mientras la roca se desmorona paulatinamente, sus lágrimas de arena aspiran a ser mecidas por las mismas olas que las han creado.

La grulla de Akashi

"Su maldición era, a sus ojos, peor que la inmortalidad. Por algún pecado ominoso para los dioses que no recordaba haber cometido tenía clara conciencia y recuerdo de cada una de sus vidas pasadas. Así, aquella marisma que ahora atravesaba a caballo la había recorrido siendo grulla quinientos años atrás.
"Sus reencarnaciones le habían llevado al cuerpo de un cultivador de arroz, había sido un perro abandonado en las calles de Edo, había volado con las alas de la grulla, había muerto en alguna de las guerras feudales y había recibido los ardorosos versos del príncipe resplandeciente siendo una dama de la corte imperial.
"En 1944 estaba ya cansado de recordar. Así que optó por acortar su vida, pensando que a lo mejor su siguiente reencarnación sería en forma de animal forma bajo la cual los recuerdos eran mucho menos dolorosos. Por eso, cuando se dejó caer gritando banzai conrtra el acrazado americano estaba, realmente, liberándose."
– Promete la idea Hinata, pero me p…

Libertad sin cargos

Nuevamente estaba en la calle. Nuevamente paseaba su chulería por las tabernas del puerto. Bebía y reía. No paraba de decir que nada ni nadie podía pararlo. Y no sólo se lo espetaba a las putas asustadas y a los parroquianos acostumbrados a sus bravuconadas, sino que también se lo soltaba a los municipales que tantas veces lo habían llevado preso.
Las palizas y los pequeños hurtos, comenzaron a venirle pequeños. Así que quiso probarse con algo de más fuste, algo que adornara definitivamente su fama de pendenciero. Así que la funesta nochebuena de 1925 salió de su casa con la faca decidida a hundirse en alguien. La mayoría de los locales estaban cerrados y en los pocos que estaban abiertos apenas quedaba nadie capaz de mantener una riña. Siguió rodando por los alrededores del puerto hasta el amanecer, momento en el que sus pasos fueron a dar con los de La Bella, una conocida cupletista. Sin mediar palabra avanzó hacia ella y la apuñaló tres veces.
Sentado junto al garrote vil no comprend…

La primavera esquiva

Antes esperaba con ansia los primeros síntomas. Espiaba el cielo en busca de las primeras golondrinas, oteaba el monte para identificar las primeras manchas de amarillo, y hasta observaba el comportamiento de las personas a la espera de descubrir los desvaríos inducidos por la primavera.
Ahora no me siento capaz. Es cierto que cada vez la primavera es más esquiva, pues el mutante clima parece que nos la quiera hurtar. Pero esa no es la razón, sólo es la excusa. La razón quedó hace un par de meses oculta bajo una sábana culpable, murmurando las consabidas palabras: "no es lo que parece".
Posiblemente le hubiera perdonado todo menos esa flagrante falta de imaginación,.Aunque puede que esto también sea una escusa, como la primavera esquiva.

Olor a oscuridad

La casa huele a oscuridad de años. Nada más abrir la puerta comienzo a vislumbrar la tristeza que se encierra entre estas cuatro paredes. A medida que libero las ventanas el aire fresco y la luz van desalojando los aromas rancios y me doy cuenta de que apenas quedan muebles.
Entonces comprendo que sus últimos años han sido un lento viaje a la locura, adobado con la venta de sus viejos muebles. Y todo para mantener en secreto la vergüenza de su mal vivir.
El polvo se acumula en las paredes de las habitaciones cerradas, algunas por más de una década, y comienzo a pensar en las posibilidades inmobiliarias que ofrece un piso así. Pero, de inmediato, me arrepiento de un pensamiento tan poco apropiado al luto. Llego por fin al que fue su dormitorio y observo su último refugio. En una esquina, sobre lo que fue una mesita de noche, se acumulan estampillas de santos y restos de velas. Aunque, entre los santos, veo la foto de mi primera comunión y entonces no puedo dejar de sentir una enorme tr…

El poema japonés

Aquellos 4 versos del siglo IX le habían costado un mundo. Estaban escritos con una caligrafía confusa, acelerada, muy lejana de la preciosista que caracterizaba el apogeo del período Heian. Además, la referencia inicial al cedro le hizo creer que se trataría de versos de amor cortesano, al estilo de los de La novela de Genji, o de contenido religioso.
Sin embargo, a medida que las palabras cruzaban los siglos hasta el presente, fue emergiendo del delicado papel algo totalmente inesperado. Ante sus ojos, una mujer (supuso que era una mujer) lloraba bajo el sagrado cedro la muerte de su flor más amada, cortada por ella misma, llenando sus mangas con el rocío rojo de su anochecer.

Terremoto

El tejado se vino encima sin aviso previo. Apenas habían pasado un par de segundos desde que el suelo comenzó a temblar.
No le dio tiempo ha seguir las instrucciones que tantas veces había leído y que tanto se repetían en un lugar propenso a los terremotos como aquel. Pero no supo reconocer con la suficiente anticipación qué estaba pasando. Debajo de la mesa, o bajo el hueco de la escalera, o en el dintel de la puerta, decía la teoría; debajo de los escombros dictó la realidad.
Durante las horas que siguieron se entretuvo intentando oír voces. Al principio, eran bastantes los que gritaban o lloraban, pero según pasaba el tiempo el silencio se fue adueñando de todo, hasta que sólo pudo escuchar su propia respiración cada vez más agitada.
Tras el silencio vinieron la sed y el hambre; y el miedo en medio y encima de todo.
Cuando la luz por fin regresó a sus pupilas, y una mano entró por un agujero quiso creer que nunca más volvería a estar solo.

El desfiladero de las pesadillas

Una caída de 3.000 metros y apenas unos pocos rasguños. Los árboles amortiguaron el brutal golpe y la suerte, esquiva casi siempre, hizo el resto. Los médicos asombrados, no podían dar crédito a lo que veían reflejado en la pantalla del escáner. El hombre del milagro, le llamaron.
El Hombre del Milagro acaparó espacio en los informativos, visitó algunos platós y, en el momento álgido de su popularidad comenzó a recibir cartas de personas que le pedían milagros. Nunca pensó que eso fuera posible, pero una generosa oferta de dinero le persuadió de intentarlo. Y, ante su sorpresa, la mujer de la silla de ruedas se levantó y anduvo.
De la noche a la mañana se transformó en el Hombre de los Milagros y su casa se convirtió en un lugar de peregrinación y el almacén de los miles de regalos de todo tipo que los fieles agradecidos le hacían.
Pero por las noches, el Hombre de los Milagros soñaba una y otra vez que caía por el mismo desfiladero que el día de su accidente. Cada noche volvía a sentir…

La sinfonía del Apocalipsis

Había comenzado su peregrinación dos semanas antes y aún no había salido de los dominios de su rey. Le daba miedo la inmensidad de la distancia, mucho más que los peligros del camino, enormes, en una Europa incendiada por las tropas de Napoleón.
A lo largo de las jornadas previas había estado tomando notas de los paisajes y de las gentes que se encontraba. También esbozó en sus cuadernos de notas la pobreza, el frío, el hambre y la desesperación.
Su destino era la tumba del apóstol, en España, pero apenas llegó a Viena decidió que no podía seguir; su alma sufría a cada paso. Y allí, en aquella ciudad, pasó el resto de su vida dando forma de partitura a los males de la humanidad. Una gigantesca sinfonía dedicada a los cuatro jinetes del Apocalipsis, tan terrible, tan descriptiva, que a su muerte, los próceres de la Iglesia decidieron reducirla a cenizas para proteger a la humanidad.

Ratas a la espalda

No era un sueño, no podía serlo. Los bocados dolían demasiado. Atado de pies y manos, cubierto de sudor y asfixiado por su propio olor corporal, intentaba no pensar en las ratas que se alimentaban sobre su espalda. En el fondo deseaba que alguno de esos repugnantes seres le inoculara un virus que le permitiera huir. Cualquier cosa era mejor que seguir atrapado en esa cárcel.
Hacía un año o así, no estaba seguro, vio a unos europeos con camisetas de Amnistía Internacional pasar por el patio. Quiso gritarles, quiso hacerse ver. Pero no pudo. Luego pasó muchos meses pensando en que aquellos hombres lo sacarían de allí. Pero no ocurrió nada. Sólo las ratas.

42"

"Se acabó" pensó y cerró los ojos. Ni túneles, ni luces al final, ni familiares… no encontró nada en lo que creyó el otro lado. Nada.

Así que esperó. Y agudizó el oído. Y se sorprendió al sentirse plenamente consciente de su cuerpo. Esto, definitivamente, nada tenía que ver con la transcendencia.

Esperó un poco más. Nada. O quizás sí, un leve zumbido en algún lugar. Más intenso. Más.

Y luz. Luz a raudales, entrándole a través de los párpados, luz sonora en sus oídos y olor a luz viva en sus fosas nasales. Luego voces, su pulso, una fuerte presión en el brazo, "un, dos, tres, arriba… con cuidado", y el aire.

"Pues no, esta vez tampoco se acabó" y sintió nostalgia de los 42 segundos en los que todo quedó en calma.

El misterio

Tras años y años de investigaciones. Tras varios matrimonios agotados y un par de hijos resentidos por su desapego. Tras una historia de autismo social, apenas roto por los noviazgos llenos de pasión. Tras una enfermedad penosa, dolorosa y triste. Tras todo eso, finalmente, había resuelto el misterio.
El mecanismo de transmisión de la tristeza. El por qué la humanidad había podido luchar contra todas sus plagas y vencerlas, excepto la tristeza que seguía año tras año cobrándose un alto tributo en vidas que se negaban a seguir viviendo.
Unos hilos, invisibles por finos y flexibles, se tendían entre todos y cada uno de los seres que se cruzaban. Esos hilos, que entraban en contacto unos con otros, a veces se rompían, en ocasiones por el roce, otras veces por la distancia excesiva. Y el dolor producido por la rotura se traducía en tristeza.
Cuando, poco después, fue capaz de diseñar un filtro para visualizar esos hilos y entonces, descubrió asombrado, que de él ya no salía ni llegaba ningun…

Una sonrisa roja

Le está mirando. Sabe que no es inteligente, pero no puede dejar de mirarla. Sus ojos la buscan una y otra vez. Y, mientras, sigue recibiendo puñetazos.
Debería intentar devolver alguno de los golpes. Tal vez, con un poco de suerte, bastase un solo puñetazo, pero no puede dejar de mirarla. No acertaría al objetivo.
Su conciencia le está gritando, le pide que se defienda, que ataque. Pero sigue mirando y recibiendo. Los ojos de ella demuestran cierto pánico, miran pero no quieren ver.
Y, entonces, todo termina. Su conciencia ha tirado la toalla y el árbitro ha dado la victoria al otro boxeador.
Ella, ajena a todo, vuelve la cara con asco cuando el le dedica una sonrisa roja de sangre.

De manzanas y peras

La política acababa de decir aquellas palabras por las que sin duda sería recordada para siempre. Eso del matrimonio homosexual era tan antinatural como su cruzáramos peras con manzanas.
Ana miró a Berta de reojo y apretó un poco más su mano. "¿Quieres ser mi manzana para siempre?", le dijo.

El envés

Mario era el hombre con más suerte del mundo. Era capaz de acertar una lotería primitiva cada tres o cuatro años. Era capaz de hacer saltar la banca de un casino jugando a la ruleta y ganando tres de cada cinco tiradas.
Pero tanta suerte no mermaba su desgracia. Su madre dijo una vez que aquel hijo era el centro del sistema solar, y que la suerte era su compañera de juegos. En los últimos tiempos él solía añadir que además de compañera, la suerte era una amante celosa.
El envés de tanta fortuna, de tanto dinero, de tanto lujo gratuito a su alrededor era la soledad. Y no porque fuera poco sociable, o porque rehuyera a los demás. Simplemente, su buena suerte se debía a la desgracia del resto. El infortunio se apoderaba de cualquiera que se le acercara, ya fuera por interés o por amor. Y, por amor, decidió huir del amor.
Por eso, esta noche, mientras la mujer del vestido rojo a lo estrella de cine le despluma, Mario es verdaderamente feliz por primera vez en mucho tiempo.

La misma suerte

– Mira que te diga. Es una sensación especial. No te lo puedo explicar con palabras. Es como si tuvieras conciencia de que, de pronto, eres el centro de todo el Universo.
– No, no me mires así. Fue de pronto, con el segundo golpe de suerte. En ese momento me dije que mi destino era ganar. Siempre.
– Vale, te ríes ahora, pero probemos algo muy sencillo. Juguemos a los chinos 10 partidas, o mejor aún, tiremos una moneda al aire, diez veces. Te apuesto lo que quieras a que saldrá diez veces cara.
– ¿Que no es posible? Ya te he dicho que soy el centro del Universo, y que nunca pierdo. Tira la moneda y veremos...
–¿Lo ves? No soy un hombre de suerte, soy la misma suerte.

El mariachi perdido

El mariachi arrastraba sus cansados pies por las húmedas calles de un Madrid lluvioso. Buscaba algún bar en el que dejar caer sus canciones a cambio de unas monedas, o de una caña, o de lo que fuera.
El traje, descosido por varias junturas, sucio y hasta raído parecía hecho para alguian un par de tallas más grande, aunque juraba y perjuraba que era suyo, y que hasta no hace demasiado le quedaba estrecho. Un día dejó su soleado Cancún persiguiendo a una turista española que se llevó de souvenir su corazón. Pensó que sería sencillo. Pero al abandonar Barajas ya no fue capaz de volverla a encontrar, así que paseaba las calles de la ciudad, cantando sus corridos para turistas y enseñando a todo aquel que se dejara una foto en la que una mujer rodeaba con sus brazos al mariachi que fue antes de perderse.

Un final feliz

En los últimos tiempos su cara ya no salía mucho en la televisión. El pequeño ya no decía que su padre era famoso y hacía un par de meses que su editor no le llamaba para darle la brasa. Comenzaba a nuevamente a ser nadie, y se daba cuenta.
La crisis, su crisis, había comenzado cuando su padre le comentó algo tan obvio como inadvertido. "Tus personajes tienen tendencia a suicidarse". "Es más literaria la tragedia que la comedia", improvisó a modo de excusa. Pero lo cierto es que desde entonces andaba buscando un final feliz para su historia.
Y a fuerza de no encontrarlo, sus pensamientos comenzaban a rondar la idea de una incapacidad genética para el optimismo. Así que poco a poco fue afianzándose el plan de acabar como lo haría cualquiera de sus personajes.

Cuentos como puños

La mía es, con mucho, la venganza más larga de la historia. Y la más secreta, hasta hoy. Durante los últimos 20 años he estado publicando en la prensa local un cuento diario. Nunca más de 15 líneas; siempre hurgando en los deseos y pasiones humanas, las fuentes universales de la literatura.
Cada uno de esos cuentos ha sido, en realidad, un puñetazo en el rostro de mi enemigo, que ha tenido que asistir día tras día a la disección de su alma a través de mis 15 líneas. Cada uno de ellos ha sido una bofetada. Nadie más que él posee las claves para interpretarlo, pero es suficiente. Me basta con saber que sus laceraciones invisibles son dolorosas.
Y lo sé porque su mirada, al principio altiva y distante, se ha ido volviendo con los años huidiza y suplicante.

Alejandro

Los hombres estaban ya agotados. Habían luchado más allá de los límites de un guerrero normal. Habían llegado más lejos que ningún otro griego y habían logrado ser los reyes del mundo. Pero Alejandro quería más, quería seguir avanzando hacia el Este, camino de un nuevo mar desconocido.
Sus generales pensaban que estaba loco, que sus ansias de poder le estaban devorando la razón. Pero él no pensaba en la gloria, ni en las riquezas que se encontraban más allá del Indo. Su verdadero afán era alcanzar la otra orilla para descubrir en qué punto se acababa el mundo.

Mejor no morir

Morir o vivir. Ese es el dilema al que muy de vez en cuando nos tenemos que enfrentar, aunque en mi profesión es casi un problema diario. Porque cada día te afeitas ante el espejo con la sensación de que esa podría ser la última vez.
Cada persona sospechosa que se aproxima supone una descarga adicional de adrenalina, y cada día se cruzan en tu camino decenas de personas sospechosas, lo que supone que durante unos segundos cada vez, tu cerebro obligue al resto del cuerpo a estar en completa situación de alerta.
Por eso, cuando alcanzo a tener vacaciones no puedo conformarme con estar tumbado en la arena, o con pasear por la montaña. Necesito esa dosis diaria de adrenalina y me someto a riesgos disparatados de manera consciente: paracaidismo, puenting, supervivencia...
Y por eso también, no alcanzo a entender cómo a la hora de la verdad, el miedo me paralizó y cómo me limité a ver las balas asesinas dando alcance a mi protegido. Absolutamente paralizado, absolutamente decidido a no morir.

Orgasmo

No había nada más que su cuerpo. Paseaba acariciantes las manos por su espalda, desde las nalgas hasta el cuello y besaba alternativamente sus pezones. Ella, sentada sobre sus piernas, le devolvía las caricias con palabras: te quiero, te quiero…
Al poco los te quiero se acompasaron al ritmo de las acometidas y entonces él prestó atención a la crispación de su columna vertebral. Ella le apresó los hombros para facilitar sus movimientos y cuando llegó al orgasmo convirtió la presa en un abrazo suave, casi lánguido.
– Ámame siempre – dijo junto a su oído.
Y esas palabras, esas dos palabras más el beso que las acompañó produjeron en él el estallido de placer que durante meses se había negado a aparecer.

Sandra la felina

Sandra paseaba por la playa, jugando con los regueros de espuma con los que le regalaba el mar en sus suaves idas y venidas a la orilla. Manejaba con soltura las ancestrales artes de la seducción y lograba que los ojos de todos convergieran en ella. Los hombres, admirados con su belleza y caminar felino, y las mujeres por el instinto de competición.
Sandra era incapaz de pasar desapercibida en ningún sitio, su naturaleza y su carácter eran incompatibles con la discreción. De ello daban fé su armario y su larga colección de conquistas.
Pero, paradójicamente, ninguna de esas conquistas era la que ella deseaba de verdad. Sólo un hombre era inmune a sus encantos y él era precisamente el objeto de sus deseos.
Para su desgracia, Manuel, su querido amigo Manuel prefería los misterios de la fé a los de sus brazos y por más que ella le contara confesiones arrasadoras en busca de un atisbo de celos, nunca logró nada más que un perdón genérico a sus pecados.
Tal vez por eso fue la única de la ciudad…

El púgil

Había bajado la guardia, y los directos del contrario llegaron a su cara sin reducir un ápice su potencia. El primero le hizo levantar la cabeza y el segundo enganchó de pleno el mentón, mandándolo a la lona. Oyó al árbitro contar: uno, dos, tres, cuatro. "Si le oigo es que no me he dormido", pensó e intentó ponerse en pie.
Lo logró cuando la cuenta llegaba a nueve, pero el árbitró levantó la mano del otro púgil como vencedor. En realidad no se tenía en pié. La mirada perdida y el paso inseguro persuadieron al árbitro de la conveniencia de parar la pelea.
Pero aquella derrota fue la última en el ring y la primera que le infringió la vida. A media que descargaba su furia en los puños y éstos en el viejo árbitro, iba alimentando su odio con las imágenes de derrota que le habían perseguido desde entonces. Cuando terminó de repasar su biografía le espetó al amasijo de sangre:
– A ver si te puedes levantar. Uno, dos, tres, cuatro...

Heracles llora

El rayo cayó justo a su lado. La honda expansiva de la explosión le desequilibró, tirándole al suelo. Se incorporó rápidamente y elevó los brazos al cielo. Con el rostro plagado de lágrimas gritaba al cielo, mientras las gotas de lluvia limpiaba la sangre de sus manos, la sangre de sus hijos.
– ¿Por qué? ¿Soy tu hijo o soy un juguete de tu capricho? Dime padre qué soy para ti.
La tormenta comenzó a alejarse y Heracles quedó arrodillado, incapaz de moverse, paralizado por la culpa de haber matado a sus hijos, maldiciendo a su padre y su destino.

Otro caso perdido

Lo supo nada más mirar a la enfermera. En sus ojos leyó la pena distante, esa que cada cual siente cuando alguien conoce la muerte de otro alguien al que se desconoce, o al que apenas se conoce.
Sin embargo en los ojos del médico no pudo leer más que la dura coraza de la costumbre. ¿A cuántas personas les habrá dicho que van a morir? Pensó.
Luego preguntó: ¿Cuánto me queda?
El médico le siguió mostrando la faz pétrea, ni siquiera le desarmaba la sinceridad de alguien que se reconoce perdido. "No sabría decirle, tal vez un par de meses, seis a o sumo... Lo siento."
Eso último lo añadió de compromiso.Ni lo sentía ni lo dejaba de sentir. Sólo era otro caso perdido más.

Palabras que son ruidos

Los ecos cercanos de aquellas hazañas habían llenado su infancia de aventuras lejanas. Cada carta que llegaba a casa era el preludio de un relato emocionante y emocionado. Las palabras que su madre iba leyendo siempre sonaban llenas de emociones y se referían a mundos lejanos y luminosos.
Cada carta era una nueva puerta a la imaginación y un nexo de unión con ese padre que apenas conocía más que por unas ajadas fotos, pero al que amaba profundamente gracias a sus fabulosos relatos.
Pero un día, aquellos sonidos frondosos se transformaron en ruidos, estruendos atronadores inventados por su madre para ocultar la realidad. Su padre no viajaba por el mundo viviendo aventuras. Ni siquiera escribía cartas. Pasaba los días contemplando el paso de las nubes desde una oscura celda marroquí, fumándose el dinero que le mandaba su mujer envuelto en los recuerdos de una memoria cada vez más confusa.

El ocaso del líder

A mitad de camino de ninguna parte, empapados hasta los huesos y cansados de vagar sin rumbo en una jungla eterna, los hombres se fueron parando uno a uno. Ya no había escapatoria, el tiempo y el ejército se les estaban echando encima.
El líder, quien les había conducido hasta aquel callejón sin salida, quien les había arrastrado de victoria en victoria semanas antes, ahora se mostraba dubitativo; no sabía qué hacer y, lo que era peor, se le notaba.
Desde detrás de la poblada barba, les miraban unos ojos huidizos, que decían quiero rendirme, mientras que de su boca salían palabras de esperanza, de ánimo y de rabia. Más por pena que por convencimiento algunos se levantaron y comenzaron a andar de nuevo.
Pero todos quedaron paralizados cuando a sus espaldas oyeron los tiros de los fusiles oficiales y supieron que ya estaban muertos.
El líder lanzó entonces una orden de ataque, pero sólo él acudió a cumplirla.

El mentiroso compulsivo

Arrugado como su perro, así se veía a través del espejo. Ese mentiroso compulsivo que era su otro yo había estado intentando ocultar el paso del tiempo. Pero el acartonamiento de la piel, la caída de los pliegues y las bolsas bajos los ojos ya no se podían cincelar con las escusas de siempre: falta de sueño, cansancio ocasional o demasiadas juergas. Sobre todo porque hacía tiempo que ya no había juergas, ni trabajo ni razones para no dormir.
Una vez más, retiró el rostro de ese maldito chivato y le preguntó a su otro yo, que le dijo que estuviera tranquilo, que eso apenas eran unas arrugas de expresión. Él, como siempre, le creyó. Y salió a pasear el perro como todas las mañanas desde que se jubiló.

La otra boda

Estaban nerviosos. Se miraban tímidamente, como la primera vez que cruzaron sus ojos, y ambos se sentían culpables de tener miedo. Su decisión era firme: se amaban, querían compartir sus vidas, incluso pensaban tener hijos algún día.
Mientras oían las palabras del oficiante, una oleada de miedo les invadía, rebosando la inseguridad a través del temblor de las manos de ella o del ligero tic nervioso en los párpados de él.
El notario les pasó la escritura para su firma, primero a ella. Tuvo que buscar el valor nuevamente en los ojos de él: treinta años y euribor más 0,5.

Frío o calor

Hace calor. Es curioso. Veo a la gente pasar a mi lado cargada con largos abrigos, mientras que yo sudo a pesar de que he ido soltando prendas por el camino.Muchos se giran para seguir mirándome mientras me alejo de sus frías vidas. Imagino sus pensamientos reprobadores cuando cruzo mis ojos con los suyos. Tengo calor, no estoy loco. Al menos creo que no lo estoy.

Ellos sienten frío porque están huecos, porque sus vidas tienen las paredes vacías, porque sus historias son calcomanías mal transferidas, porque sus recuerdos no pueden igualarse a los que alguna vez soñaron tener.
Mi vida, sin embargo, ha estado siempre regida por una fortuna bastarda, que me ha arrojado una y otra vez contra el rompeolas del fracaso, pero que a cambio me ha obligado a sentirme vivo a cada instante, a cada bocanada de tiempo que he vivido.

Hace calor. Sudo.

Negro sobre negro

El bourbon apenas puede ya adormecer el dolor de los moratones. Me han dado bien esos cabrones, y según pasan los minutos siento más y más los golpes. Apenas he tenido opción, aunque es posible que uno de ellos ahora esté meando sangre. Malditos.
Está visto que lo mio no tiene remedio. Siempre casos de medio pelo, siempre adorables señoras que quieren desplumar a sus futuros ex-esposos. O si no, maridos convencidos de ser portadores de una cornamenta de récord del mundo. Siempre en las cloacas del amor...
Para una vez que me ofrecen algo decente, uno de esos casos aparentemente sencillos y de alto contenido mediático, uno de esos casos que impulsan la carrera de un detective; para una vez que me sonríe la suerte, termino en un callejón sin salida con los huesos molidos y un aviso serio.
"La chica no quiere ser encontrada, no sigas hurgando en su vida o lo lamentarás".
Y luego los palos.
Mierda, como queman estas cuatro rosas en el gaznate. Me he quedado sin caso, sin portadas, si…

El adiós

No sé cómo pasó de lo tedioso de su trabajo a contarme uno de sus traumas infantiles. ¿Por qué siempre me contaba sus perturbaciones en el preciso instante en que decidía no escucharlo? Seguramente para poder afirmar luego que yo nunca lo escucho. Estoy decidida a demostrar que eso no es cierto. Lo que sucede es que él siempre quiere contarme sus lamentos en el momento exacto en el que decido no oírlo.

Todo eso lo he estado pensando mientras miro sus labios moverse lentamente. Observo que no muestra sus dientes al hablar, algo que debe costarle un gran esfuerzo dada su descomunal dentadura. Sus ojos no me miran, se dirigen hacia sus manos que juegan con la cucharita sucia del café. Es tan torpe que va a mancharse esa camisa blanca en un lugar bien visible. Lo hace. Pienso: "Es un torpe". Me cansa, me aburre. Decido quitarle esa maldita cuchara de las manos porque me desconcentra. Oigo música, metales que chocan entre sí, cubiertos que cortan y pinchan sobre porcelana blanca.…

Un poquito más

Sólo quería aguantar un poco más, lo justo para despedirse de ella.
Estaba en la cama y en su rostro parecía reflejarse una inmensa calma. Su largo pelo blanco le caía por encima de los hombros y sus labios, agrietados y pálidos conservaban a pesar del tiempo y el dolor el mismo tacto suave que 70 años atrás lo embriagó por primera vez.

Ella abrió los ojos muy lentamente y lo miró como si observase a través de su alma, escudriñando la inquietud que percibía en el leve temblor de sus manos. Y ambos hablaron sin palabras. De los hijos, de los nietos, de la dicha y las desgracias.

Luego ella cerró los ojos para siempre y el decidió que ya era hora, que ya estaba todo hecho.

Noticia.

Epitafio

"Acuérdate de comprar un gallo para Asclepio" dijo con la media sonrisa entre los labios que tantas veces había dibujado su rostro en la plaza pública, mientras desarmaba uno a uno todos los argumentos de sus contendientes dialécticos.

Y fue sólo entonces, tras su última ironía, cuando el ingenio y la soberbia del que se llamó a sí mismo "ignorante" dejó paso al rostro de un anciano desencantado y profundamente sólo, cuando comprendió la grandeza de un hombre capaz de ser fiel a sí mismo hasta las ultimas consecuencias.

"No fue la cicuta, viejo amigo
La que acabó extinguiendo tu llama.
Fueron los hombres libres,
a los que tú, con tu sabiduría, distes alas."
Tan sólo estas cuatro líneas mal talladas sobre el frío mármol de la plaza, dejaron constancia del hombre que caminó entre sus iguales buscando más allá de las respuestas, las preguntas adecuadas.

Perdóname padre, porque he fracasado

No tuve conocimiento de la existencia de los manuscritos hasta el año 1982, lo recuerdo porque ese mismo año celebramos en España el Mundial de fútbol, aunque realmente debería decir que recuerdo el año del mundial gracias a los manuscritos. Estos provenían de una excavación realizada en el entorno de las cuevas de Qumrán, en el Mar Muerto, donde en 1947 se encontraron los famosos manuscritos esenios.
Sin embargo, los que me ocuparon desde entonces la mayor parte de mi tiempo, tenían un origen posterior a la mayoría de los esenios. Las dataciones encargadas por muy universidad nos ofrecieron un rango aproximado de entre el año 10 y el 50 después de Cristo. Estaban escritos en hebreo y firmados por un tal Samuel, hijo de Pedro.
Desde el primer momento supimos que teníamos en nuestras manos el primer Evangelio de la historia, pero lo que no pudimos entender es porqué una obra como esa acabó enterrada en el desierto, cerca de ninguna parte. Al menos hasta que llegamos a la frase en cuestió…

El primer deseo del año

La mañana amaneció fría, aunque despejada. Por la ancha avenida que se abría paso hasta el mar apenas se notaba una ligera brisa. Parecía imposible que la previsión metereológica de alerta amarilla por fuertes vientos se hiciera realidad.
Después de unos días de descanso se acercaba de nuevo a la oficina, el lugar del que iba y venía tantas veces al cabo de los doce meses. Pero aquella mañana, acaso por el frío intenso que sentía en las orejas, se dijo a si mismo que ese sería el último dos de enero en el que atravesaría aquella puerta. Haría todo lo posible por lograr cambiar de empleo en aquel nuevo año que comenzaba.

Pero aquella misma mañana, cuando sonó el timbre avisando de la finalización de la jornada, y volvió a salir a la calle, lluviosa y azotada por un fuerte viento, se dijo a sí mismo, que si no encontraba ese nuevo empleo, pediría el próximo día 2 de enero de vacaciones.