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El pirata

De un salto se colocó sobre la regala del barco abordado. Los hombres que había a su alrededor, pronto convertidos en carne sin aliento, le conocían y le temían hasta el punto de no ser capaces de reaccionar: se daban por muertos antes de comenzar a luchar. Su leyenda de crueldad y sadismo crecía por el Caribe mucho más deprisa de lo que lo hacían sus presas.
Tan sólo tres años antes vegetaba en su tierra natal, Vera, capeando los temporales del destino con la herencia de sus padres. Pero una razia de corsarios berberiscos le había convertido, primero, en un esclavo y, después en un hombre sin Dios.
Algunos de sus hombres y la mayoría de sus enemigos pensaban que había pactado con el Diablo, sólo así se explicaban sus continuos éxitos en tan concurridas y peligrosas aguas. Lo único cierto es que su espada atravesaba pechos, rebanaba gargantas y cortaba manos con la velocidad del rayo, sembrando un rastro de sangre a su alrededor.

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