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La novia enferma

La noche antes pensaba que el alma acabaría saliéndosele por la boca, a base de vomitar. Aquella mañana siguió el tormento, pero todos lo achacaron a los nervios de la boda. Al altar apenas pudo llegar por su propio pie y no fue capaz de encontrar la energía para decir un sí que fuera audible por el sacerdote.
Antes del convite le inyectaron una mezcla de tranquilizantes y su estómago pareció asentarse un poco. Sin embargo, la noche de bodas fue una repetición de la víspera, y su recién estrenado marido pensó que sería culpa de las emociones del día.
Al día siguiente embarcaron en un crucero por el Mediterráneo y los vómitos le acompañaron a bordo. El médico del barco pensó que se debía al movimiento y la despachó con un par de comprimidos para el mareo.
Al cabo de una semana comenzaron a sospechar un embarazo, pero las pruebas no daban resultados favorables. Sólo su abuela, desde la soledad de la atestada residencia de ancianos, emitía el diagnóstico correcto, aunque nadie la tomaba ya en serio: "Mi niña es alérgica al matrimonio".

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