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La Iglesia futura

El Profeta decía que una hoja en blanco era como una mujer sin útero, que más valía un hombre que supiera escribir los signos sagrados que un hombre dueño de muchas tierras.
Él nos enseñó que destruir el conocimiento, aunque éste sea erróneo, es el peor de los pecados, por eso las antiguas bibliotecas se convirtieron en los primeros templos de nuestra Iglesia. El profeta quería que la antigua magia de las palabras fuera revelada al pueblo, por eso fundó las escuelas de las letras, en las que cientos de jóvenes se iniciaron en el sacerdocio de los libros.
Hoy, 200 años después de su muerte, nuestra Iglesia es la más extendida, nuestros iniciados conocen los secretos de las medicinas, de la electricidad y de la propia historia, esa peligrosa disciplina que tanto mal hizo a la humanidad. Nuestros templos son poderosos y muchos hombres acaudalados se han sumado a nuestras filas para lograr tener acceso a nuestros conocimientos, haciéndonos aún más poderosos.
¡Loados sean los libros antiguos que nos revelaron la Verdad!

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