Ir al contenido principal

El triunfador

Adolfo Hernández siempre había sido el mejor deportista de la promoción. Con él, nuestros equipos escolares de baloncesto, voley y fútbol habían llegado al menos hasta las finales regionales. Cuando se trataba de hacer los equipos, nunca le dejábamos ser uno de los capitanes, para que así fuera la moneda la que decidiera quién se lo quedaba. Era un ganador que llevaba sus victorias más allá de las canchas, triunfando también en el patio del colegio de monjas al que íbamos a pescar los de los salesianos los viernes al salir de clase.
Por eso me extrañó verle allí, de controlador del tráfico en la frontera. Maqueado con un traje pasado de moda, esperaba a las orondas señoras que ocultaban bajo las faldas los cartones de tabaco venidos de Gibraltar. Se había convertido en un simple traficante, o lo que era peor en el mandado de algún traficante de mucha menor valía.
Al poco de estar mirándolo, Adolfo se percató de la vigilancia y se dirigió con paso firme hacia mi. De pronto recordé su fuerza de antaño, el miedo que todos teníamos a sus puños, y me asusté. Pero, a dos pasos de mi, una sonrisa alumbró su cara y me soltó su conocida muletilla:
– ¡Coño, Fernández! ¿Como vas? Yo aquí, triunfando.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño y el recuerdo

El recuerdo botaba en el umbral del patio. El niño se acercó a él con decisión y de una patada lo embarcó en el terrado. Allí quedó olvidado por veintitrés años, hasta que un viento de Levante especialmente intenso lo volvió a traer al suelo. Y el niño, ya hombre, sintió de golpe una laceración en el alma. Quiso volver a olvidar, pero fue imposible porque ninguna patada lograba ya que aquel recuerdo abandonase el patio de su memoria.

20x20x20

Entras en la sala a oscuras. El proyector dispara su haz cegador contra una pantalla blanca en la pared continua a la puerta. No puedes verles, pero sabes que todos te están mirando. Lanzas tu presentación a la pantalla y comienzas el discurso. El diagnóstico es sencillo, pero seguro que has descolocado a alguien con el tema de los nuevos perfiles de clientes. Las diapositivas van cambiando solas: te ha costado ensayar durante todo el fin de semana, pero das por seguro que ha merecido la pena. Imaginas sus caras sorprendidas, incluso alguna un poco fastidiada. Llegas a las conclusiones y preguntas: “¿alguna pregunta?”. Nadie responde; como siempre. Luego llegará un correo de algún valiente que se atreverá a puntualizar algo. Una chorrada menor, seguro. Hoy te has lucido, has cumplido la regla de los 3x20 a rajatabla: 20 minutos, 20 diapositivas y no más de 20 palabras por diapo. Apagas el proyector y buscas a tientas el interruptor de la luz. Entonces te percatas. no hay nadie, y en l…

Soñar con la Atlantida

Toda su vida había sido una espiral de sucesos que se alejaban para luego acercarse al tema central de su Universo: la Atlántida. Desde que escuchó el primer cuento sobre ella, narrado por su abuelo, supo que irremediablemente estaba atrapado por su búsqueda. Lo leyó todo, desde la descripción idealizada de Platón, hasta las versiones más disparatadas de los grupos herméticos.

Había visitado todas las posibles Atlántidas de la Tierra y había coleccionado cuanto documental, libro o folleto turístico que se había cruzado en su camino. Lo sabía todo sobre esa nación, lo posible y lo imposible y, aún así, la seguía buscando porque soñaba con ella todas las noches.

Contaba con sesenta años cuando, de la mano de su nieto, descubrió las posibilidades de Internet. Y, entre todos los recursos que descubrió, hubo uno que le hechizó de forma especial, el Google Earth. Desde que lo descargó a su ordenador se pasaba las horas analizando cada centímetro cuadrado del mapa virtual del mundo, intentando…