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El último sueño

El insomnio tiene a veces consecuencias del todo insospechadas. Es el caso de Fernando Espina, que anduvo durante años de médico en médico, contándoles sus noches desveladas y el único sueño que adornaba los raros espacios de tiempo en los que lograba cerrar los ojos. Le trataron a base de pastillas, con hipnosis y probando mil y una formas de llevarlo hasta el agotamiento físico. Finalmente, desencantado de la ciencia comenzó a visitar charlatanes, curanderos y sanadores de distintos pelajes, casi con el mismo éxito que con los hijos de la razón.
Cuando yo le conocí, no hace más de un mes, tuvo ocasión de narrarme todos estos avatares y también la solución definitiva a su problema, que vino de la mano de un sacerdote vudú de origen brasileño cuyo teléfono le ofrecieron unos inmigrantes subsaharianos a la salida del metro.
Llegó a la destartalada consulta (me comentó que ni siquiera merecía dicho nombre) y contó por enésima vez su historia, sueño incluido. El viejo mago se interesó inmediatamente por el sueño. Le pidió que lo repitiera y luego permaneció unos segundos meditando. "El sueño es el problema. Tienes miedo de terminarlo y por eso no eres capaz de dormir", dijo.
Le recetó algunas hierbas y quedó comprometido a un encantamiento el primer día de luna llena, pero ya no hacía falta. Espina salió curado de la consulta.
Esa noche se empeñó en terminar el sueño, cosa que no logró hasta el cuarto intento, pero luego siguió durmiendo por espacio de dos días y ya nunca más volvió a tener problemas para dormir.

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