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La atalaya

Las velas se recortaban en el horizonte. No había duda, se trataba de la escuadra inglesa: esos perros que mandaba Nelson.
Jiménez avisó del hallazgo a los oficiales. Desde su atalaya estaba acostumbrado a esta escena. Ahora, los oficiales departirían con el capitán antes de que cada uno ocupase su puesto de combate. Era aún casi un niño, pero estaba ya tan ducho en estas lides que presumía de adivinar el final de la batalla solo por la forma en la que el capitán fruncía el ceño antes de entrar en combate.
Pero esta mañana no hizo falta verle la cara. Jiménez supo que todo estaba perdido cuando el capitán abrazó al segundo. Nunca antes había visto tal muestra de estima entre esos hombres, por lo que solo podía deberse a una despedida definitiva.

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